Fue el héroe de la noche. Recibido entre vítores por un público sabedor de su pedigrí, el exembajador Bolton subió al estrado del Centro de Exposiciones Villepente, junto al aeropuerto parisino Charles de Gaulle, y deleitó a los enardecidos asistentes con un discurso breve y explosivo. No lo tenía fácil: le habían precedido eminencias del calibre del exalcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, el antiguo líder del Congreso y candidato republicano a la presidencia, Newt Gingrich, el ex fiscal general Michael Mukasey, el exdirector del FBI Louis Freeh, el excandidato demócrata a la Vicepresidencia, Joe Lieberman, o el mismísimo jeque saudí Turki bin Faisal. Corría el mes de julio de 2017, fecha escogida por los ­­militantes del oscuro grupo de oposición en el exilio iraní Mujahedeen Khalq (MEK), los Muyahidines del Pueblo, para la convención anual en la que desempolvan los tambores de guerra. “Lo he dicho durante los diez años que llevo viniendo a estas reuniones”, arrancó Bolton, prorrumpiendo bajo su inmaculado bigote de Asterix pasado por Vichy en agudo y penetrante tono nasal, con la dicción arrastrada de quien se crió en la frontera entre el norte y el sur de los EE.UU. “La política declarada del Gobierno estadounidense debería ser siempre el derrocamiento del régimen de los mulás en Teherán. Los objetivos y el comportamiento del régimen no van a cambiar, y por tanto la única solución pasa por cambiar al régimen mismo”.

Bolton se detuvo, saboreando el júbilo de los asistentes. Les unían décadas de estrecha relación, bien engrasada por los cientos de miles de dólares que el exembajador había cobrado del colectivo organizador del acto. Después de que el grupo armado MEK colaborase con la instigación de la Revolución Iraní de 1979, entre otras cosas matando a civiles estadounidenses en Teherán, el grupo perdió una lucha intestina de poder con la facción islamista del líder revolucionario, el Ayatolá Jomeini. Obligados a huir de Irán en 1981, los miembros del MEK pusieron en marcha un gobierno en el exilio en Francia y establecieron una base militar en Iraq, nutrida de armas por Saddam Hussein, a su vez enemigo acérrimo del gobierno iraní. Nunca dejaron de ser un grupúsculo disidente sin apenas influencia en Irán, y con tintes de secta, que obliga a sus miembros casados a divorciarse y hacer votos perpetuos de celibato. En los últimos años, sin embargo, el grupo ha dedicado millones de dólares (que han ido a parar, entre otros, al bolsillo de Bolton) a lavar su imagen y presentarse como un grupo político moderado y pacífico, dispuesto a tomar el poder en Irán de la mano de una intervención militar occidental. En 2012, mucho después de que Bolton, Giuliani y compañía regalasen a sus miembros frecuentes y habituales discursos, por la módica suma de entre 10.000 y 50.000 dólares cada uno, el MEK logró que el Departamento de Estado le borrase de la lista de grupos terroristas extranjeros, completando así (de enemigo público a aliado del Tío Sam) el camino opuesto al de Al Qaeda.

“El cambio de circunstancias políticas en Estados Unidos, y creo que en gran parte de Europa, es muy importante”, pronunció Bolton, in crescendo, en referencia a la elección de Trump y la creciente beligerancia de gobiernos como el francés para con Irán y sus aliados. “Por primera vez en los más de ocho años que llevo viniendo a este evento, puedo decir que tenemos un presidente de los Estados Unidos que se opone completa y totalmente al régimen de Teherán. Y el cambio de su revisión de la estrategia debe determinar que la revolución del Ayatolá Jomeini no llegue a su cuarenta cumpleaños”, fecha que coincidiría con el 11 de febrero de 2019. “Hay una oposición viable al gobierno de los Ayatolás, y esa oposición está sentada en esta sala”. Bolton, para entonces en comunión mística con un público exaltado, concluyó con una premonición calenturienta: “Antes de 2019, los que estamos aquí… ¡Celebraremos la victoria en Teherán”!

A Bolton le quedan ocho meses para cumplir su profecía. Y, desde el lunes 9 de abril, fecha en que entró en vigor su nombramiento como asesor de seguridad nacional del presidente de los Estados Unidos, está en la mejor disposición imaginable para hacerla realidad.

“Donald Trump bien podría haberle declarado la guerra a Irán”, señala en un comunicado Trita Parsi, la presidenta del Consejo Nacional Iraní-Estadounidense”, un grupo sin ánimo de lucro para mejorar el entendimiento entre ambos pueblos. “Queda claro que Trump está organizando un Gabinete de Guerra. Bolton es un desquiciado defensor de la Tercera Guerra Mundial y ha pedido explícitamente que se bombardeara a Irán durante los últimos diez años. Representa ahora mismo la mayor amenaza para la seguridad de EE.UU.”, continúa Parsi sobre el asesor de seguridad nacional. “Estamos ante un momento muy peligroso para nuestro país y una bofetada a los seguidores de Trump que creyeron que rompería con las guerras y ocupaciones militares desastrosas del pasado”.

El nombramiento de Bolton llega a escasas cinco semanas de la fecha de revisión del acuerdo de no proliferación nuclear alcanzado entre EE.UU. e Irán en 2015. Todo hace indicar que Trump volará por los aires aquel pacto, como hiciera con el Acuerdo Climático de París, imponiendo de nuevo sanciones económicas sobre Irán y labrando el camino de una nueva guerra, esta una de las más ansiadas por los sabuesos del militarismo, con su flamante asesor Bolton a la cabeza.

El cargo de asesor de seguridad nacional puede resultar de nombre inocuo, pero su influencia es formidable. Instalado en la oficina contigua a la del presidente, participa en todas la reuniones del Consejo de Seguridad Nacional y habitualmente preside las juntas del mismo con el secretario de Estado y el secretario de Defensa. El asesor coordina, revisa y presenta la información que recibe el presidente regularmente sobre asuntos de investigación y los informes que recibe el comandante en jefe del aparato militar del Estado. En momentos de crisis, el asesor opera desde la ‘situation room’, informando puntualmente al presidente y consultando con él las decisiones clave.

Tras la estela de Colin Powell

El puesto sirve, además, para hacer cantera: allí realizó sus pinitos en el Ejecutivo el condecoradísimo general Colin Powell, que mintió como nadie a las Naciones Unidas (cuando Bolton era embajador en dicha institución) sobre la presencia de armas químicas en Iraq, y tuvo además la delicadeza de mandar retirar antes la reproducción del Guernicade Picasso del salón donde pronunció su discurso, no se fuera a decir… O qué decir de Henry Kissinger, ilustre criminal de guerra, que se estrenó como asesor de seguridad nacional antes de completar sus mejores jugadas en los campos de Vietnam, Chile o Timor Oriental y recibir luego el premio nobel de la Paz. ¿Qué destino prepararán los dioses del complejo militar-industrial del Imperio para John Bolton después de haberle permitido colgar tan pingüe trofeo en su vitrina?

Entre John Bolton e Irán no hay nada personal. Es más, hubo un tiempo en el que el Ayatolá Jomeini a buen seguro se relamía ante la invectiva belicista del hombre del bigote perpetuamente blanco, adelantado a su tiempo. Y es que, si Kissinger apenas había hecho carrera cuando llegó al cargo de asesor de seguridad, Bolton adquirió notoriedad hace dos décadas como arquitecto precoz e incansable de la guerra de Iraq, dedicando palabras casi idénticas a Saddam Hussein a las que hoy dirige al régimen iraní.

Como en tantas cosas, Bolton fue un pionero promotor de la guerra de Iraq, y sigue siendo un recalcitrante en la justificación de la misma. Desde el siglo pasado Bolton pedía –demandaba— el derrocamiento de Saddam sin que mediara el casus belli del 11-S. Ya en 1998, tres años antes del regalo que supuso para los ‘neocon’ y su visión de la guerra contra el terrorismo como un elemento purificador de la sociedad estadounidense, el entonces analista del think tank conservador y procorporativo American Enterprise Institute firmó una carta que exigía a Bill Clinton que “sacara a Saddam Hussein y su régimen del poder”, lo que “requerirá un compendio de impulsos diplomáticos, políticos y militares”. Por si quedaba alguna duda, Bolton concedió una entrevista a The Washington Post, en la que reiteró que “sacar a Saddam del poder es la única alternativa”.

Casi un lustro después, ya con las Torres Gemelas hechas escombros y en plena campaña de venta de la guerra, Bolton demostró su intrépido espíritu para emprender guerras en las que luchan otros. (Ya lo había hecho con Vietnam, escribiendo en 1966, cuando era estudiante, un artículo de opinión para el periódico de la Universidad de Yale, que tituló “No a la Paz en Vietnam”, para luego eludir la llamada a filas, hazaña esta última que tuvo que justificar veinticinco años después diciendo que “daba por perdida la guerra”).

Esta vez, en abril de 2002, tocaba envolverse en la bandera y rociarse el pecho descubierto con perfume de pólvora lejos del soleado Miami: en un despacho de La Haya. Bolton, para entonces subsecretario de Estado, se enteró de que la Organización Para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ) preparaba una inspección sobre el terreno en Iraq para determinar si Saddam tenía –en efecto— armas de destrucción masiva. Bolton (como algún que otro camarada bigotudo) había repetido hasta la saciedad que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Sólo un mes antes, lo había dicho en una entrevista televisiva y en sede parlamentaria, donde añadió: “Me gustaría ver el cambio de régimen en Iraq. Me da igual que Saddam Hussein apruebe una ley que haga ilegal el uso de armas biológicas… Quiero ver el cambio de régimen”, insistía Bolton, ensayando su mantra eufemístico favorito.

Sabedor de que la inspección de la OPAQ podría descubrir el pastel de las mentiras que a la postre conducirían a la guerra, Bolton entró como un resorte, mostacho mediante, en la oficina del entonces director general de la OPAQ, José Bustani. “Tienes 24 horas para dimitir”, espetó al diplomático brasileño, que acababa de ser reelegido para el cargo. “Si no lo haces, tendrás que atenerte a las consecuencias”. Bustani se negó a dimitir. Lo echaron a las pocas semanas. Una década después, la OPAQ, como Kissinger, ganó el Premio Nobel de la Paz. Bolton, por su parte, quizá decidido a opositar para uno, se muestra obstinado sobre la justificación de la guerra, e impenetrable ante la abrumadora evidencia de su fracaso: En 2009, declaraba en televisión que: “Derrocar a Saddam Hussein fue la decisión adecuada”. Hace unas semanas, presionado por un entrevistador acerca de las consecuencias geopolíticas de la guerra, respondía desafiante: “El derrocamiento de Saddam Hussein, esa acción militar, fue un éxito rotundo… La caída de Saddam no hizo más fuerte a Irán. Lo que hizo más fuerte a Irán, en último término, fue la retirada de las fuerzas estadounidenses en 2011”. Envido más.

En agradecimiento por los servicios prestados, Bolton, que ya había trabajado para Reagan y Bush padre, recibió del hijo una segunda encomienda. “Vengo de parte del equipo de Bush-Cheney”, había dicho a los encargados de un colegio electoral de Florida en noviembre de 2000. “Vengo a parar el recuento”. Si aquello le valió para aterrizar en el puesto de subsecretario de Estado para el control de armamento y pasarse, según alardeó él mismo, “seis años intentando borrar la parte del ‘control de armamento’ del cargo”, la férrea defensa de la guerra preventiva contra Saddam (en los despachos de La Haya y ante las cámaras de televisión), dio con sus huesos en las Naciones Unidas.

Bolton debió alegrarse casi tanto como cuando lo llamaron a filas durante la guerra de Vietnam. Aquí lo tienen, en sus propias palabras, definiendo la importancia de la institución, sin torcer el mostacho:

“Las Naciones Unidas no existen. Existe una comunidad internacional que de vez en cuando puede liderar el único poder real que queda en el mundo, que son los Estados Unidos”. O quizá mejor: “Los EE.UU. hacen que la ONU funcione cuando quiere que funcione, y cuando podemos hacer que otros sigan nuestro dictado… Y así es precisamente cómo deberían ser las cosas porque la única pregunta que debe importar a EE.UU. es, ‘¿qué conviene a nuestros intereses nacionales?’” O quizá prefieran: “Eliminar diez plantas de las 38 de la sede de la ONU no cambiaría nada en absoluto”. O tal vez les guste más la propuesta de reformar la organización con “un único miembro permanente del Consejo de Seguridad, que es el reflejo real de la distribución de poder en el mundo”.

Con tamañas credenciales, y la oposición explícita de 102 diplomáticos que firmaron una carta contra su nombramiento, la nominación de Bolton para el cargo de embajador ante la ONU no pasó siquiera el filtro de la mayoría republicana en un Congreso sediento de guerra tras el 11-S. (Bolton no tendrá que someterse a semejante humillación esta vez: el cargo de asesor de seguridad nacional es de libre designación, y no requiere la aprobación del Congreso). Ante la imposibilidad de aprobar su nombramiento, Bush Jr. tuvo que nombrarlo temporalmente durante el receso vacacional del Congreso. Bush terminaría lamentándolo, declarando en 2008 que: “No considero a Bolton de fiar”. Pero Bolton no tenía tiempo que perder.

Antes, durante y después de ocupar el cargo de embajador pirómano, siguió inflamando las vísceras del inflamable aparato militar estadounidense sin descanso. Cosmopolita como pocos, señaló también a la Libia de Gadafi (cuando este era aliado de Occidente), o a la Siria de Assad, reclamando el derrocamiento militar de ambos. En 2011, declaró convencido que “lo que más nos hubiera convenido habría sido derrocar al régimen sirio. El mejor momento para hacerlo probablemente hubiera sido justo después de eliminar a Saddam Hussein, cuando teníamos cientos de miles de tropas en la región”. Para Bolton, la Guerra de Iraq fracasó porque no llegó a Tercera Guerra Mundial.

Pero Bolton no discrimina geográfica ni ideológicamente: en 2002, le sopló a Judith Miller, la tonta útil que llenó las páginas de The New York Times de las mentiras que cimentaron la guerra de Iraq, que el gobierno cubano estaba desarrollando armas biológicas y sugirió la intervención en suelo cubano para –adivinen— derrocar al régimen y acabar así con la amenaza.

Su manual de vendeguerras para dummies apenas cuenta con un puñado de estrofas, que repite hasta la saciedad, como si de versículos del Corán se tratase: Los Estados Unidos no pueden esperar más; será demasiado tarde; la amenaza es inminente; la diplomacia ha fracasado; la comunidad internacional no actuará y Estados Unidos debe ejercer su supremacía y defenderse… En eso Bolton es más plano –y menos cínico— que sus colegas neocon, que a menudo revisten su discurso de la necesidad de exportar democracia, o valores liberales. Bolton es un hombre con una misión ideológica –la supremacía estadounidense a toda costa— que rezuma en su manera de ver el mundo del hipernacionalismo sin la “rémora” del aislacionismo que suele acompañarla.

Con tantos enemigos, uno podría preguntarse: ¿tiene amigos el corazoncito a barras y estrellas de Bolton? Por supuesto, empezando por la Tierra Prometida de Sion.

En julio de 2006, cuando Bolton todavía ocupaba el cargo de embajador en la ONU, Israel invadió Líbano. Había peligro de guerra, máxime entre dos países sin relaciones diplomáticas. El escenario para tratar de evitarla era la sede de las Naciones Unidas, a la orilla del East River neoyorquino. Los intermediarios de Líbano e Israel eran Francia y EE.UU., respectivamente. Corrió la voz de que la jefa de Bolton, la secretaria de Estado Condoleezza Rice, iba a apoyar una resolución francesa en el Consejo de Seguridad que buscaba detener la guerra. Bolton se apresuró a urdir una de sus tramas vaticanas. Llamó a su íntimo amigo Dan Gillerman, representante permanente israelí en la ONU. Eran las ocho de la tarde previa a la votación del Consejo de Seguridad, donde EE.UU. tiene derecho de veto. Según confirmó Gillerman en una reciente entrevista en Israel, Bolton le dijo: “Tengo que verte. Ni en tu despacho, ni en el mío. Voy a tu casa”. Una vez allí, Bolton traicionó la cadena de mando, desvelando las intenciones de su superiora, Condoleezza Rice, y quitándose por un momento la chaqueta del Tío Sam para servir de agente de una potencia extranjera. “Mira, ha habido un problema técnico y Condoleezza Rice se ha vendido a los franceses”. Desaforado, Bolton pidió a su homólogo que actuara lo antes posible: “Tienes que llamar a Olmert”, dijo en referencia al entonces primer ministro israelí, “y que este llame a George Bush para que intervenga”. “Son las tres de la mañana en Israel”, espetó Gillerman. “Da igual”, respondió categórico Bolton: “Tenemos que hacer esto”. Según revelan las memorias de Olmert, este recibió la llamada de su embajador de la ONU, y se apresuró a llamar a Bush.

La resolución francesa no prosperó. En aquella guerra, que duró un mes, murieron más de mil libaneses y 120 israelíes. Desde entonces, no se ha visto el bigote de John Bolton por el Muro de las Lamentaciones.

El nombramiento temporal de Bolton como embajador terminaba poco después del episodio en casa de su homólogo Gillerman. Para entonces, los demócratas contaban con votos suficientes para tumbar su nombramiento. Tras cinco años de desastrosa guerra, Bolton tenía las de perder. Pero el senador neoyorquino Chuck Schumer –hoy erigido en adalid de la estéril resistencia demócrata contra los desmanes de Trump– frenó su caída: “Un voto contra Bolton es un voto contra Israel”, dijo por teléfono, uno tras otro, a los congresistas demócratas que se disponían a votar en contra del embajador. Bolton salió confirmado en el cargo, por escasa mayoría.

Acusaciones contra Obama

Al salir del Gobierno, Bolton se echó al monte. Tocaba replegarse, y de paso engordar la cuenta corriente, tras el batacazo neocon que supuso la elección de un Barack Obama que hizo valer en su campaña de 2008 la oposición a la guerra de Iraq en un ambiente, para entonces, muy contrario a la intervención. Hábil como pocos, Bolton supo reciclarse como autoridad mediática, saltando entre las franjas de la derecha más lunática y conspiranoica y el mainstream respetable. Al tiempo que dirigía el grupo de difusión de noticias (a menudo falsas) y artículos islamófobos Gatestone Institute, bien financiado por millonarios como la familia Mercer, Bolton aparecía regularmente como articulista en las páginas de la prensa respetable. Mientras escribía el prólogo de un libro que acusaba a Obama de ser una quinta columna de la Yihad en EE.UU. y de querer implantar la Ley Islámica en el país, desfilaba casi a diario por las tertulias de la cadena FOX News, la más vista del país, y conservaba su atril en el American Enterprise Institute. Entretanto, quizá preparando su regreso a la primera línea política, Bolton formó un grupo de acción política (SuperPAC, de los que inyectan dinero en las campañas políticas estadounidenses, institucionalizando así la corrupción) que recaudaba millones para convertirlo en aire con el que insuflar las velas de los candidatos del ala más ultra de la derecha imperial estadounidense. Sólo en 2016, el John Bolton SuperPAC recaudó cinco millones, tres de ellos de la familia Mercer, que a su vez financiaba las actividades de la agencia de manipulación cibernética Cambridge Analytica, a la que Bolton contrató para influir en las elecciones, al tiempo que su SuperPAC espoleaba hasta el Senado a candidatos republicanos ultras en Nevada, New Hampshire y Carolina del Norte.

A estos foros, diversos y lucrativos todos, ha seguido llevando Bolton sin descanso su mensaje belicoso y supremacista sin complejos, no sin innovaciones. Hay que reconocer que –bigote demodé mediante— Bolton ha sabido evolucionar con el tiempo. Si en los sesenta alentaba la guerra contra Vietnam, y luego dedicó sus diatribas a Cuba, Libia, Iraq o Siria, hoy en día el foco de sus soflamas belicosas son enemigos vintagecomo el Irán de los ayatolás, cuya revolución va para cuarenta años, y la Rusia de Putin, treinta después de la caída del Muro y el fin de la Guerra Fría. Bolton considera a Rusia, junto a China, “la mayor amenaza del mundo”, y responsabiliza a Obama de la anexión de Crimea por “haber hincado la rodilla ante Moscú” con concesiones en forma de acuerdos de no proliferación nuclear, y de haber “envalentonado” a Putin al no intervenir militarmente tras la crisis de Georgia en 2008. Trump debería, según el Bolton tertuliano de hace unas semanas, “endurecer” su política contra Rusia y responder “de manera absolutamente desproporcionada” a sus agresiones.

Pueden descansar tranquilos quienes, desde el centro-izquierda liberal estadounidense, llevan dos años avivando de manera obsesiva el fuego del conflicto abierto entre ambas potencias nucleares. Trump –no sufran— ha nombrado asesor de seguridad nacional a un militante antirruso, capaz de desplegar el histérico nivel de retórica propia de la guerra fría que hoy inunda la prensa “progresista” estadounidense, que olvida convenientemente el papel de las élites demócratas (o de la angloamericana Cambridge Analytica) en el cataclismo de la elección de Trump.

Gasolina para Corea

El clasicismo en la elección de enemigos monstruosos de Bolton va más allá: de un tiempo a esta parte, sin dejar de lado su fijación con Irán, ha situado a otro país en el centro de su eje del mal: Corea del Norte. Es hacia el fuego de la Península de Corea, último vestigio de la Guerra Fría desde 1953, donde Bolton ha decidido lanzar cubos de gasolina incesantemente. Un par de semanas antes de que Trump hiciera de él su Kissinger particular, Bolton publicaba en The Wall Street Journal un artículo en el que reclamaba la intervención militar inmediata: “El director de la CIA, Mike Pompeo, dijo en enero que Pyongyang estaba a ‘pocos meses’ de poder hacer llegar cabezas nucleares a EE.UU. ¿A qué espera EE.UU. para eliminar esa amenaza?”, preguntaba Bolton. Acto seguido arremetía contra quienes rechazan la doctrina, bien aireada en Iraq, de la guerra preventiva, más aún contra una potencia nuclear: “Se equivocan. La amenaza es inminente. Es perfectamente legítimo que EE.UU. responda a la actual ‘necesidad’ que plantean las armas nucleares de Corea del Norte golpeando, bombardeándoles antes”.

El artículo resultó demasiado extremo incluso para los presentadores de la FOX, que al día siguiente incidían, con Bolton en antena, sobre el riesgo de que el ataque “preventivo” propuesto por Bolton pudiera provocar una reacción de Corea del Norte –un país que vio cómo 32.000 toneladas de napalm Made in America arrasaban a la cuarta parte de su población en los años 50–, que afectara a centenares de miles de habitantes de Seúl, a escasos cincuenta kilómetros de la frontera norte. Impaciente, ante la impertinencia de poner encima de la mesa la casi asegurada masacre de asiáticos, Bolton contestaba: “Déjame que te pregunte yo a ti algo: ¿qué te parecen los muertos estadounidenses?“. Con su última frase en antena se le incendiaron los ojos marrones tras las gafas de montura fina. “La única opción diplomática que nos queda es eliminar al régimen de Corea del Norte, haciendo que el Sur se apodere de ella”.

El nuevo fetiche –esta vez coreano– de Bolton, y su llegada a la Casa Blanca, coinciden con la previsible cumbre para la pacificación entre Pyongyang y Washington, que el presidente surcoreano, Moon Jae-in, se ha labrado desde su llegada al poder en mayo de 2017. Moon, hijo de refugiados norcoreanos y antiguo abogado proderechos humanos, ganó por aclamación las elecciones con un programa basado en la renovación democrática, la lucha contra la desigualdad, y el acercamiento con Corea del Norte y la pacificación de la península a través de la diplomacia y el comercio. La tarea era hercúlea: antes de asumir el cargo, el gobierno Trump aceleró el envío de un escudo antimisiles THAAD (eufemismo bajo el que se esconde un arma con capacidad ofensiva y de espionaje) a Corea del Sur. Moon, que había escrito en sus memorias en los noventa que “Corea debe aprender a decir ‘no’ a Estados Unidos”, quiso rechazar el envío como una injerencia en su soberanía, pero se impuso la fuerza de los hechos: hay casi 70.000 soldados estadounidenses presentes entre Corea, Japón y la isla de Guam. Siguieron meses de elevadísima tensión, con ensayos nucleares norcoreanos alternándose con la intensificación de ejercicios militares en los que las tropas estadounidenses simulan, sobre la frontera, la aniquilación de Corea del Norte, de la mano de sus obedientes homólogos surcoreanos. Pero Moon supo sujetar los impulsos bélicos, así como los excesos retóricos de Trump y el líder norcoreano Kim Jong Un, que se prometían a diario la destrucción mutua a golpe de tuit y comunicado oficial. La paciencia de Moon, y la ofensiva diplomática en torno a los Juegos Olímpicos de invierno abrió la puerta a la distensión: en marzo Trump aceptó una reunión con Kim Jong Un para discutir la pacificación. Mientras, Bolton observaba febril los acontecimientos: días antes de que Trump aceptase la oferta de la cumbre organizada por Moon, Bolton restaba credibilidad al brazo tendido del líder norcoreano. Lo hacía, cómo no, en FOX News: “Es una mera estratagema para ganar tiempo y desarrollar armas nucleares”, avisó. “Cualquier cumbre con Corea del Norte debería limitarse a dirimir dónde aterrizan los aviones de carga estadounidenses para llevarse las armas norcoreanas”.

El nombramiento de Bolton, que se estrena en el cargo con la revisión del acuerdo nuclear con Irán y la cumbre con Corea del Norte en el horizonte más cercano, llega en medio de una reorganización del equipo de política exterior en la Casa Blanca.

Salen el secretario de Estado Rex Tillerson y el anterior ocupante del puesto de Bolton, el general H.R. McMaster. Entran el colérico Bolton y Gina Haspel, que ocupará (vía aprobación parlamentaria) el lugar que deja libre al frente de la CIA Mike Pompeo, que pasa a ocupar el cargo de Tillerson. Haspel ya se había ganado el apodo de “Bloody Gina” (Gina la Sanguinaria) por sus dieciséis años como agente encubierta dentro del Servicio Nacional Clandestino de la CIA cuando Bush le encargó que dirigiera la primera prisión secreta de la guerra contra el terrorismo, en Tailandia. En aquella prisión, con el nombre en código de Ojo de Gato, se practicó sistemáticamente la tortura de detenidos, incluido el ahogamiento simulado, según destapó el Centro Europeo de Derechos Humanos y Constitucionales. La ONG berlinesa se hizo en 2005 con 92 vídeos de interrogatorios secretos, pese a que Haspel ordenó que se destruyeran las pruebas. Haspel pasó a dirigir el programa de rendición a la tortura de Bush, que algunas organizaciones pro derechos humanos llevaron a La Haya, con mención explícita para Bloody Gina el pasado noviembre.

Por su parte, Pompeo, que deja el asiento a Haspel para liderar la política exterior de Trump, cuenta en su currículum con méritos como apoyar la publicación de documentos de inteligencia que supuestamente reforzarían la tesis de Bolton sobre la presunta alianza entre Irán y Al Qaeda. Poco pareció importarle al hasta ahora encargado de leer en voz alta los informes de inteligencia (Trump no es capaz de leer nada que no sea un teleprompter o el smartphone desde el que tuitea) que Bin Laden y el líder supremo iraní estuvieran en bandos opuestos en la guerra sectaria que parte Oriente Medio o que Irán está luchando activamente contra grupos ligados a Al Qaeda en Siria. Es un razonamiento (la culpa por asociación no demostrada) parecido al que llevó a culpar a Iraq del 11-S, que produjo las funestas consecuencias en forma de guerra y el advenimiento de Isis. Juntos, Pompeo y Bolton parecen dispuestos a escribir una nueva página de aquel desastre. Si necesitan un buen programa de torturas para aderezar el espectáculo, ya saben dónde encontrar a Bloody Gina: en el despacho de la directora de la CIA.

Trump mueve banquillo y pone en liza al tridente Bolton-Haspel-Pompeo en uno de los momentos más bajos de una presidencia que nunca levantó cabeza: a escasos cuatro meses de las elecciones de mitad de mandato, con todas las encuestas en contra, atosigado por un sinfín de escándalos que en su entorno más íntimo y sin haber hecho apenas valer su supermayoría en el Congreso, ha decidido lanzar una guerra comercial contra China y desencadenar la policía migratoria para sembrar el pánico en los barrios de trabajadores inmigrantes. ¿Jugará también la carta de la guerra?

El infatigable senador Lindsay Graham, campeón militarista republicano y excandidato a la presidencia, parece convencido de que así será: “John Bolton es el tipo adecuado para el momento adecuado, con una manera de ver el mundo que creo que reforzará los instintos del Presidente a la hora de enfrentarse a nuestros enemigos”, dijo, también en Fox, al conocer el nombramiento.

El nombramiento del triunvirato Haspel-Pompeo-Bolton llega escasos días después del decimoquinto aniversario del lanzamiento de la guerra de Iraq. Más allá de la coincidencia, el concurso de ambas fechas refleja algo fundamental: la incapacidad de un país –o mejor, de sus élites— de asimilar y hacer catarsis tras una guerra que mandó a Oriente y a Occidente al hades de Guantánamo y el espionaje masivo de la NSA; de Abu Ghraib y el advenimiento del Estado Islámico. Los votantes estadounidenses rechazaron tres veces seguidas aquella guerra mentirosa y catastrófica: eligieron primero a Obama, cuya principal medalla era el voto en contra de aquella guerra, al contrario que los de sus contendientes (Clinton y McCain) en las primarias y las generales. Y lo hicieron, de aquella manera, al elegir en 2016 al único candidato republicano capaz de criticar abiertamente la guerra de Iraq, que fustigó a su contrincante demócrata por haber votado a favor de la intervención. Mientras John Bolton seguía circulando por las tertulias de máxima audiencia y las páginas editoriales de la prensa respetable, Gina Haspel hacía carrera en la CIA y George W. Bush se rehabilitaba en el imaginario liberal-progresista como un republicano compasivo, némesis de Trump.

Trump, que en campaña llamaba “guerra estúpida, estúpida” a la de Iraq, sitúa ahora a su arquitecto más burdo y recalcitrante como asesor de seguridad nacional, y a la torturadora en jefe al mando de la CIA, bien secundados por el incendiario islamófobo Pompeo. Primero una tragedia. Quince años después, una farsa.

Por Álvaro Guzmán Bastida para CTXT