“Es un negocio triste, pero tienes que hacerlo porque si alguien muere, debe tener dónde ser enterrado”, dice Besweri Msumbu, uno de los vendedores de ataúdes de la calle Bombo, a pocos metros del Hospital Mulago, el mayor de Uganda.

Medio centenar de féretros, la mayoría cubiertos por un plástico para protegerlos de las lluvias torrenciales de la época húmeda de Uganda, se exponen en una acera como si fuera uno más de los puestos informales de fruta y verdura que hay en la capital, Kampala.

Un ataúd normal, de madera barnizada y con pocos más retoques que una cruz, cuesta 300.000 chelines ugandeses, unos 65 euros.

“A los ricos se los vendemos más caros”, explica a Efe el vendedor Msumbu. Son los que llevan contrachapado blanco o de otro color brillante, retoques dorados y un interior más “cómodo”. Pueden llegar a cobrar dos millones y medio de chelines, unos 550 euros.

Msumbu se quedó sin trabajo como jardinero hace cinco años, y decidió comenzar una nueva aventura en el negocio funerario.

Nadie en su familia se dedicaba a hacer ataúdes, ni siquiera a la carpintería, pero él vio una oportunidad y una vía de salida para seguir sosteniendo a sus tres hijos.

“No tiene impuestos”, dice como razón básica y esencial por la se adentró en la industria funeraria, pues no debe pagar al Gobierno nada de lo que factura con los 15 o 20 ataúdes que vende cada semana.

Vender féretros es uno más de los negocios informales del país africano, donde se calcula que el 50 % del producto interior bruto (PIB) procede de esta economía no regulada, según datos de 2014 de la entidad estadística nacional.

En la concurrida calle Bombo, donde el tráfico no da tregua, llevan 20 años vendiendo ataúdes, rodeados de armazones de camas, y a sólo una manzana de Mulago, uno de los hospitales públicos más grandes del este de África

Situado en una de las colinas que salpican Kampala, ese centro alberga 1.500 camas y en sus instalaciones nacen en torno a cien niños al día en un país donde mueren 38 bebés menores de un año por cada mil.

Además, el hospital es una referencia nacional en el tratamiento de algunas de las enfermedades que más matan en el mundo, como la tuberculosis o el sida, todo un “filón” de mercado al que vendedores como Msumbu han sabido responder.

Con el temple de un fabricante que conoce su producto a la perfección, el artesano enseña a Efe un ataúd de poco más de medio metro. “Es para bebés de uno o dos meses”, matiza, impasible.

“Cuando el clima es malo, los más pequeños se mueren más”, explica Msumbu y, preguntado por qué, contesta que “los niños nacen enfermos y sufren más las enfermedades”, sin haber estudiado Medicina pero con años de experiencia ante el hospital.

Los féretros los hacen a unos pasos de los puntos de venta, pero esta vez lejos de los ojos de los viandantes, en unos tendidos con postes de madera, paredes de ladrillo y precarios techos para cubrirse del agua.

Allí, una decena de hombres corta listones de varios tamaños de madera de mvule, un árbol africano tropical que está amenazado por la destrucción de su hábitat natural.

A un lado de este improvisado taller hacen los armazones de las camas, con delicados diseños y tallados; al otro, cortan tablas para los ataúdes.

Habe, que barniza los ataúdes ya armados para su venta al público, hace tan solo unas semanas trabajaba cortando listones y, tras reunir un poco de dinero, lo ha aportado al capital del negocio y ahora Msumbu y él son socios.

Msumbu paga unos 50.000 chelines (unos 11 euros) tras negociar por los listones que sirven para armar un ataúd, y lo manda a montar a otra carpintería improvisada a unos pocos metros más de distancia.

Cada proceso de fabricación tiene su espacio, y cada espacio tiene su especialización: o camas o ataúdes.

Las telas que recubren el interior del féretro las mandan coser a las señoras que tienen pequeños talleres de costura en los alrededores con máquinas de coser a pedal. Es lo más barato de todo el proceso.

Una furgoneta funeraria blanca y roja llega al puesto, y cinco hombres cargan un féretro con recubrimiento granate y detalles dorados para encaminarse a la morgue del hospital donde se encuentra el difunto de turno.

Es un negocio triste, como admiten estos empresarios de la muerte, pero alguien lo tiene que hacer.