Yo estaba en La Habana el jueves 19, cuando la Asamblea Nacional eligió como sucesor de Raúl Castro en la presidencia de Cuba a quien todos sabían que elegiría: Miguel Díaz-Canel. Pero a nadie le importó. Los cubanos ya no parecen dispuestos a experimentar la frustración que provoca una nueva esperanza amagada. Apenas un año antes habían comenzado a vivir su última desilusión, cuando tras la primavera luminosa y auspiciante que significó la invitación de amistad que Obama hizo a esta isla desvencijada, dio paso a la noche invernal de Donald Trump, quien volvió a cerrar la embajada norteamericana y a dificultar todo intercambio humano y comercial con sus habitantes, que ya se adivinaban ingresando al paraíso de la normalidad.
Aquel jueves cundía la sensación de que con un nuevo presidente no cambiaban en nada las cosas, y si bien en lo inmediato tenían razón esos habaneros desatentos, mirado con distancia y sin urgencia, al cabo de unos años podrían constatar que ese día había quedado inscrito en la historia como el último de un reinado de seis décadas.
El asunto es que la vida cotidiana de los cubanos funciona desde hace mucho fuera de los márgenes de la política. Mientras la televisión transmitía sin pausa los discursos del nuevo presidente y de Raúl, que ahora se proyectaba en el poder desde la dirección general del Partido Comunista, yo esperaba mi turno en una de las oficinas de Etecsa para comprar la tarjeta de 1 CUC que me permitiría conectarme al wifi del parque Lennon, harto más pequeño que el inmenso parque Lenin. Ahí, en la fila de Etecsa, ni uno solo hablaba del asunto, y eso que todos conversaban con todos.
Algo no muy distinto, aunque de consecuencias evidentemente menores, experimenté al llegar el día lunes a este país de autos modernos y cardenales cuestionados, y ver que en los programas políticos el tema de turno era la renuncia de Soledad Alvear a la Democracia Cristiana, alguna vez el partido más importante de Chile, el que mejor representó a la clase media y encarnó de manera más auténtica los valores católicos, comunitarios y conservadores de aquella nación provinciana que desapareció llevándose consigo a la vieja Democracia Cristiana.
En ambos casos, la desconexión entre la intensidad de la noticia política y la frecuencia callejera resultaba abismal, solo que mientras en Cuba la causa del desacople era el absoluto descreimiento de su población en cualquier idea de cambio, en Chile la desconexión estaba dada por todo lo contrario: un país que se ha transformado a tal velocidad, que ya ni recuerda lo que es el social cristianismo, esa idea de futuro que Alvear –alguna vez una política muy popular- hoy propone en soledad.