El cineasta, dramaturgo y actor retoma viejos temas pero con nuevas intensidades tras la publicación de “El judío y la pornografía”. Ahí, los viajes mentales y espaciales de un ensayista conviven con el humor negro, el hastío y el abandono de un mundo donde el nuevo Dios, cree, usa Facebook y Twitter.

“Los Blues del Orate” se llamaba el provocador experimento audiovisual en el que Gregory Cohen se lamentaba -en un mordaz plano secuencia- por vivir en 1987, un mundo marcado por el silencio de Dios frente a los males de la civilización, el trabajo y el romance; donde “la honestidad es un abuso”, decía. El actor y dramaturgo dice sentirse hoy igual de hastiado. Incluso más abandonado ante otro Dios indolente: las redes sociales.

“Las redes sociales se prestan para todo lo que está detrás de un seudónimo”, cree el autor de “El judío y la pornografía”, su séptima novela. “Desde esa distancia hay algo que se debe tomar como sintomático de la pobreza del discurso y el estado de las relaciones en esta época”, dice sobre las funas digitales, las lapidaciones por Twitter y la gratuidad de decir lo que se quiera con una furia desatada. “Si lanzo algo hiriente, una mentira o calumnia estoy blindado por el anonimato detrás de un teclado y aparentemente la gente responde y se retroalimenta de algo que no tiene ningún sentido. Es como una adicción que se potencia cuando encuentras a otro par con un discurso tan pobre como el tuyo. Es un excelente caldo de cultivo para el chovinismo, los fanatismos y la ignorancia”, señala.
El eufemismo de “decir las cosas como son” recrudece con las redes sociales, cree Cohen. “En un 90% de los casos donde hay un juicio, encuentras injuria y agresión gratuita que suele ser adornada como “franqueza”. Una persona honesta no tiene porqué ser irrespetuosa o hiriente con la otra para decir lo que piensa. Muchas veces esto es un disfraz para dar chipe libre a las calumnias o mentiras institucionales”, agrega.

Una diáspora mental

Gregory Cohen siempre tiene mucho qué decir. Cuando los oyentes no bastan, lanza un libro o escribe otros que deja inéditos. El más reciente es “El judío y la pornografía”, tercera novela que sigue a “El hombre blanco” y “El mercenario ad honorem”. En todas recorre senderos cercanos a los de la culpa, el humor negro y otras digresiones recurrentes de su obra teatral y fílmica. Junto a ella, dice que tiene otras siete novelas sin publicar y otras dos en proceso simultáneo de escritura. Por estos días, también reúne voluntades de hombres gentiles para revivir el proyecto de un largometraje sobre La Cantata Santa María de Iquique llamada “Los fantasmas están inquietos”.

“El judío y la pornografía” relata el tránsito espacial y temporal de Kolia Kogan, un judío no observante que lleva años escribiendo un texto sobre la pornografía donde el ensayo se enhebra con sus propias experiencias y se convierten en la llave de una cerradura mental que da a las bodegas del trabajo literario del protagonista. Cohen asegura que esta frenética pluma suya radica en la forma en que él se plantea la literatura. “Es como una especulación, algo más que contar un cuento, dice. Mis personajes y el narrador están en permanente especulación, haciendo preguntas reflexionando mientras transcurre la historia misma. No es solo contar una historia y resbalarse por ella. En buen chileno creo que se podría definir este tipo de literatura como “rollenta”, como ingrediente principal del caldo de cabeza, pero no sólo por efectismo sino como estrategia para generar una textura. Es un delirio dislocado, como el discurso reconocible que solemos ver tanto en los políticos como en los sicópatas”, advierte el guionista y docente de la Escuela de Cine de la UAHC.

“Un psicópata puede actuar frente a nosotros de una manera consistente, convincente y ser lo más seductor que hay. Ahí tienes a Hitler o a José Antonio Kast: muy seductores y hasta simpáticos, pero tratando de proponerte un atractivo que encapsula un concepto del mundo que es totalmente opuesto”, agrega. “Cada significado puede ampliarse hasta un concepto pornográfico. La tortura, los campos de concentración, los vejámenes y en general todo lo que el hombre pueda connotar históricamente desde su naturaleza más ruin, cabe en esta definición”.

-¿A dónde te lleva el voyeurismo a reconocer esa pornografía hoy?

-Si partimos de la definición de algo que está ante nuestros ojos y que está reñido con la moral y los principios, creo que podemos encontrar la pornografía en la manera en que se enriquecen las isapres y las AFP, que es algo sostenible. En ese sentido asistimos de manera impasible como observadores a algo totalmente censurable desde este punto de vista. Algo sumamente gráfico que es vivido como normal y que tiene un sesgo de obscenidad. En el sentido real de la pornografía hace rato que los términos están quedando estrechos. En la actualidad los desnudos son la cosa más ingenua que hay.

-Has dicho sobre el ser judío que es estar en el centro de un agujero negro. Que es más que un prejuicio, es un presentimiento. ¿Lo piensas como observante del judaísmo o como observante de los que observan el judaísmo?

-Más que yo sentirme judío es el entorno el que me hace sentir judío. No tengo una relación exacerbada con la religión ni para bien o para mal. No todo es odio también hay una admiración que no pasa indiferente. Es como lo que pasa con la mirada hacia la mujer quien es observada y definida por el ojo masculino desde la placenta, desde siempre. Igual aquí, el judío, sea quien sea, está siendo mirado y re-mirado por otro. Todo esto es inconsciente, es un pre-sentimiento. Te miran raro y te hacen sentir sospechoso. ¿Sospechoso de qué? Es una mirada implacable ante la que tienes que tener mucha fuerza para resistir y generar una síntesis que, a la larga, te permite entrar a los sistemas y la convivencia. Es como lo que pasa con el anticomunismo. Basta que digas “comunismo” y la gente hace una mueca sin tener idea del porqué lo hace. De hecho los odios raciales, las discriminaciones homosexuales, los femicidios, tienen una raigambre similar.