Cuando se recuperó la democracia, después del plebiscito de 1988, el ministro secretario general del gobierno del militante de la Democracia Cristiana Patricio Aylwin, Edgardo Boeninger, hizo la siguiente afirmación: “Nosotros tenemos un desafío tremendamente grande. Venimos con un mandato de cambio, de que todo lo que viene de la dictadura debe ser cambiado. Sin embargo, el gran desafío que tiene este gobierno de Patricio Aylwin es cómo legitimar el modelo económico que hemos heredado de la dictadura sin por ello renunciar a ese mandato de cambio”. Se le llamó “operación legitimadora” y caló profundamente en la elite política de la época.

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El pueblo se había movilizado desde 1983, lo que resultó fundamental para debilitar al régimen dictatorial. Cuando la Concertación llegó al poder, decidió excluir al pueblo de los procesos sociales. Puso como primera prioridad la gobernabilidad, acompañada de una ausencia de discusión respecto de lo que se estaba legitimando. Y, por lo tanto, todo el modelo económico, el modelo político y el modelo social quedaron establecidos como dogmas.

A esto se sumó, subsecuentemente, un manifiesto control de los medios de comunicación, particularmente los escritos. Todos los medios que habían sido opositores a la dictadura militar, cerraron rápidamente en los primeros años de democracia porque el gobierno del presidente Aylwin les cortó el flujo de financiamiento internacional. Así, revistas críticas con la dictadura como APSI, Cauce y Fortín Mapocho, cayeron una tras otra. No tenían posibilidad de financiamiento. El Estado concentró su financiamiento, el avisaje estatal, en El Mercurio y La Tercera.

El tejido social que había sido duramente golpeado por la dictadura, pero que se había levantado y combatido contra ella, fue desmovilizado. Además, había una elite política que fue progresivamente difuminando sus diferencias en relación al modelo. ¿Cómo es posible que el Partido Socialista haya aprobado y sido parte de la creación de la segregación en educación, del copago o de todo el proceso de concesiones y de venta de servicios básicos?
Mientras el programa del primer gobierno democrático posdictadura de Aylwin prometió recuperar empresas privatizadas en dictadura, a la altura del segundo gobierno (Frei Ruiz-Tagle) ya se estaba privatizando el agua. Ello junto a casos emblemáticos como Soquimich, Inacap, Iansa y otras empresas que pasaron a manos privadas a precios bajísimos. Fue uno de los primeros guiños entre política y grupos económicos del período.

Todas estas cosas no se han discutido lo suficiente y uno se pregunta, ¿dónde estaba la izquierda?, ¿qué estábamos discutiendo nosotros? Y digo nosotros, porque me siento también parte de una tradición.

Por un lado, estaban todavía desorientados por lo que había pasado en Alemania con la caída del muro; pero además, en Chile, se daba una lucha que requería también de toda la energía. Se lo pregunté a una persona de la generación de los noventa: “¡Pero cómo no cuestionaron las AFP, la segregación educacional, la Constitución! ¿En qué estaban?”. Y él respondió: “Estábamos buscando los huesos, estábamos buscando a nuestros muertos, eso estábamos haciendo”. Entonces, ¿cómo se pueden juzgar esas situaciones? Con verdad y justicia. Algo que hasta el día de hoy no tenemos.

¿Qué es lo que sucedió después en todo ese período? Lo que al principio fue una separación unilateral, por conveniencia, entre la sociedad y la política, se agudizó. Los políticos profesionales que llegaron a Chile desde el exilio o de sus propias renovaciones, decían al pueblo: “¿Saben qué? Mejor concéntrense en sus cosas. Los queremos más tranquilitos. Dedíquense al consumo”.

Partidocracia y 2011

Peter M. Siavelis en El Balance, Política y políticas de la Concertación 1990-2010, indica que en la década de los noventa un 82% de la gente se sentía vinculada a algún partido político. Esa cifra llegó al 20% el año 2008 y no se ha recuperado. El propio autor caracteriza como problemático que, ante la pérdida de representación, fueran los propios partidos los que siguieran siendo centrales en las decisiones políticas, pero ahora sin mayor control de sus bases ni de la ciudadanía. A este estadio lo denominó “partidocracia”.

Mientras esa minoría, detrás de la tecnocracia-partidocracia, se jactaba de las cifras macroeconómicas que mostraba Chile, en la trastienda el país se quebraba entre quienes se habían privilegiado con el modelo social, político y económico y quienes veían que sus condiciones de vida se precarizaban cada vez más con la privatización de derechos sociales, la flexibilidad del empleo o los crecientes niveles de endeudamiento.

Y ese abismo se fue profundizando, para abrirse una primera brecha en este consenso elitista gracias a los movimientos sociales del año 2006 con la llamada Revolución pingüina. El 2006 comenzó el quiebre, en el que, por primera vez, hubo una movilización que no era corporativa, que no era del grupo de presión y para el grupo de presión. Todas las movilizaciones anteriores se habían producido por una reivindicación propia. Acá los estudiantes dijeron: “No a la LOCE”, “Solo sé que NO LOCE” y “Fin al lucro”. En ese momento no éramos conscientes de lo que se estaba haciendo, pero lo cierto es que se empezó a cuestionar un modelo de sociedad. Esa primera movilización fue desactivada y procesada en código neoliberal por la misma Concertación y la derecha. Sin embargo, después se dio un proceso de aprendizaje muy grande en el movimiento estudiantil. Por canales subterráneos se empezó a aprender de esa experiencia, de ese fracaso. Gracias a todos estos saberes colectivos, a la cercanía de los hitos y sobre todo al cansancio de la ciudadanía con el modelo de desarrollo chileno, terminó por explotar el gran movimiento estudiantil del 2011, el que podríamos decir, es el equivalente chileno al 15M español.

La movilización estudiantil del 2011 nació con una fuerza que ni los mismos dirigentes podían controlar. Desbordaba por todos lados. Hubo una explosión tanto de masividad como de creación. Desde la movilización, nos transformamos en movimiento social. Es muy especial recordar cómo en esa época floreció la creatividad. Justamente desde ahí venimos nosotros. Somos todos y todas quienes entendimos que la movilización era necesaria, pero también que los movimientos sin una expresión política se transformaban solo en un mero ejercicio de petición hacia el gobierno.
Durante este período, tuve la oportunidad de ser presidente de la FECH. Allí tuvimos un centro de estudios con el que presentamos varias propuestas respecto al crédito con aval del Estado y a la reforma tributaria. Tengo muy claro el recuerdo de cuando fuimos al Congreso a exponer y me encontré con los parlamentarios de la Comisión de Educación. Nos dijeron: “Miren, muchas gracias por poner el tema sobre la mesa, ahora déjennos a nosotros resolverlo, que somos los que sabemos”. Y desde el punto de vista tradicional de la política, tenían razón.

Los desafíos pendientes

Los aprendizajes han ido proyectándose y de esta manera podemos ver, por ejemplo, lo que ha sucedido recientemente en Valparaíso. […] Ahora bien, estas últimas elecciones municipales también han dejado malas noticias. Se han dado los mayores índices de abstención ciudadana en la historia de la democracia. Algunas interpretaciones asumen que la abstención es rechazo a la política institucional. Nosotros consideramos que no es solo “un rechazo a la forma en que se han hecho las cosas”, pues no es, además, un rechazo políticamente activo. Por lo tanto, no hay que encandilarse con el triunfo en Valparaíso, ni con las hipótesis del abstencionismo.

¿Por qué la política tradicional en Chile se ha mantenido por años en esta posición de ausencia de legitimidad? El segundo principio de justicia de Rawls afirma que la desigualdad se justifica solo cuando es favorable a los más desfavorecidos. Y ese ha sido el argumento que dejó a la izquierda descolocada durante demasiado tiempo. Porque mientras criticamos el legado de la Concertación, no podemos tampoco desconocer datos como la reducción de la pobreza, que pasó del 40% al 9% en el período de la transición. Ha habido una ampliación sustantiva en ingreso a la educación superior y el ingreso per cápita ha aumentado quedando cerca de los 22.000 dólares. Estamos permanentemente enrabiados, quejándonos, molestándonos, pero ha habido un nivel de progreso material que uno no puede desconocer. No se trata de decir que la Concertación hizo todo mal y debemos partir de nuevo desde cero. Sería muy irresponsable.

En este contexto emerge la pregunta de cómo nos hacemos cargo de la crítica que sostiene que la desigualdad se justifica en función de que favorece a los más desfavorecidos. Ese es uno de los desafíos que tenemos pendientes desde la izquierda. Gerald A. Cohen en su libro Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico?, da algunas pistas que creo vale la pena considerar. Otro libro, La mala educación de Fernando Atria, parte con un prólogo titulado “La angustia del privilegiado”. Allí se dice que una de las cuestiones más paradójicas de Chile es que a quien goza de privilegios se le ha hecho creer, o ha decidido creer, que los mismos son una carga y, por lo tanto, que reproducir su condición de privilegio en las futuras generaciones es una suerte de angustia permanente. En esta perspectiva, emergen pistas para combatir o enfrentar la aseveración de Rawls, que se ha transformado en el principal argumento contra la idea igualitarista en educación, y al mismo tiempo en un problema indisoluble para la izquierda.

Otro desafío para los proyectos políticos emergentes es reinterpretar las condiciones de dominación. Tenemos que reconocernos en un mundo en donde se sigue replicando la extracción de valor por parte de una clase a otra mediante el trabajo. Pero hay novedades, nuestras compañeras nos han enrostrado el ejercicio de opresión sistemática que sufren las mujeres en espacios públicos y privados por el machismo naturalizado. […] También está el tópico indígena, dado que en Chile está siendo un tema absolutamente olvidado por la izquierda. No solamente en el caso del pueblo mapuche. En Magallanes están los kawéskar y los yaganes. Entonces surge la pregunta sobre cómo revindicamos también la plurinacionalidad del Estado chileno. En Chile la multiculturalidad es prácticamente ignorada o solamente recuperada desde el activismo. ¿Cómo transformamos estas problemáticas relativas a la igualdad y las hacemos políticas también?

Otro pequeño desafío: no caer en el “virus de altura”. Una diputada humanista, Laura Rodríguez, escribió un libro de edición póstuma que se llama El virus de altura. ¿Cómo avanzamos sin olvidar desde dónde venimos, sin burocratizar nuestras organizaciones ni convertirnos en unas máquinas electorales? ¿Cómo seguimos profundamente vinculados, inmersos e implicados en los movimientos sociales respetando su autonomía? Si a nosotros se nos olvida eso, nos vamos a convertir rápidamente en aquello que hemos criticado. Por lo tanto, es un deber de los nuevos actores políticos y sociales no burocratizarnos. Eso implica también terminar con la autoflagelación y recordar permanentemente por qué estamos haciendo lo que estamos haciendo.

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A modo de conclusión, consideramos que resulta tremendamente importante no hablar banalidades. La izquierda también tiende a recurrir a los lugares comunes y a dotar de contenido al cambio. En las campañas se dice: “No, es que queremos sacar a los mismos de siempre, queremos un cambio”. Se debe ser cuidadoso. En ningún caso se puede sostener una política en torno al cambio o a la juventud. No hay virtud en la juventud per se. Tenemos que lograr una síntesis entre las personas, las de juventud acumulada y nosotros. ¿Cómo dotamos de contenido a ese cambio?, ¿cómo, en el fondo, construimos socialismo?, ¿cómo distribuimos la riqueza, cómo avanzamos a un igualitarismo desde las posiciones de poder a las que vamos llegando? Estas y otras preguntas son las que deberán guiar nuestro trabajo presente y futuro.

En este contexto, la situación de Valparaíso va a ser un tremendo desafío. Se debe hacerlo bien ahí, tanto desde la gestión como desde las iniciativas transformadoras que empujemos. En Valparaíso se juega en parte nuestra posibilidad de emergencia política: en la demostración de que una fuerza política como la nuestra puede gobernar y hacerlo bien.

Por último, haré una interpelación a todos y todas quienes desde la ciencia, la academia y por qué no, también desde la política y los movimientos sociales, mediante una cita ampliamente conocida de Antonio Gramsci: “Instrúyanse, porque necesitaremos de toda nuestra inteligencia, conmuévanse, porque necesitaremos de todo nuestro entusiasmo, organícense, porque necesitaremos de toda nuestra fuerza”. Queremos lograr transformaciones sustantivas en nuestro país y hacerlo un lugar más digno para la vida de todos los chilenos y las chilenas y no solamente de nosotros y nosotras, los privilegiados.