No hay generación de dirigentes universitarios o secundarios que no quiera inscribir su nombre en la historia grande del movimiento estudiantil, que no quiera encabezar las orgullosas columnas de marchantes en la calle, que no quiera rememorar más adelante los episodios míticos de su conducción como si se tratase de la toma de la Bastilla, que no quiera correr la frontera de lo políticamente posible en el corto tiempo que duran los mandatos estudiantiles. No hay dirigente universitario que no quiera vivir lo que vivieron Camila Vallejo o Giorgio Jackson una mañana santiaguina de agosto bajo un cielo gris y miles de paraguas de colores.

Sin embargo, que todos quieran ser Camila no significa que todos puedan ser Camila. Las condiciones que se dieron en 2011 no se repiten todos los años. Una cosa es la voluntad de los nuevos dirigentes y su inamovible convicción respecto de la justicia de su causa. Otra cosa es que concurran todos los ingredientes del cóctel explosivo que amargó el primer gobierno de Sebastián Piñera, cuando la gran mayoría de la ciudadanía se sumó con entusiasmo a las demandas de los estudiantes movilizados. O como ocurrió en la revolución pingüina de 2006, cuando hasta las señoras empingorotadas tocaban la bocina de sus Subaru Outback para manifestar su apoyo. Tener a los estudiantes marchando en la Alameda es el desde. Para poner entre cuerdas al gobierno y pasar a la historia se necesita más que eso.
¿Qué tan posible es que dichas condiciones se repliquen en este segundo mandato de Piñera? Como decía la canción de Alan y sus Bates: difícil, muy difícil. No necesariamente porque los nuevos dirigentes sean malos. Si bien es cierto que las cualidades personales de Camila y Giorgio fueron fundamentales para el atractivo –incluso estético- del movimiento del 2011, lo que conspira contra la posibilidad de una renovada efervescencia social en torno a la educación es que la mayoría de la población percibe que las demandas de ese mundo ya están siendo procesadas por el sistema político.

Revisemos: aunque implementada en forma parcial, la gratuidad en la educación superior ya es una realidad. Hace una década, lo más osado que proponía la izquierda universitaria era arancel diferenciado. En efecto, la generación del 2011 corrió la frontera de lo posible. En materia de educación particular subvencionada, lograron que Bachelet derribara el lucro, la selección y el copago. De yapa, consiguieron el viejo anhelo de la desmunicipalización. En esto tiene razón el ministro Gerardo Varela: en lo grueso, los jóvenes ya ganaron. Lo confirmó Piñera: la gratuidad llegó para quedarse y la ley de inclusión no será modificada en lo sustantivo.

Al año 2018, en cambio, otros grupos de la población esperan su oportunidad: los viejos con malas pensiones, los enfermos en listas de espera y las víctimas de la delincuencia, por nombrar sólo algunos. Sería raro que la ciudadanía se desvelara por una agenda que considera más o menos satisfecha, existiendo otras prioridades tan evidentes.

En este contexto, es plenamente entendible que los estudiantes exageren ciertos contratiempos menores como el fallo del Tribunal Constitucional -sobre un artículo que no es tan importante si se mira la película completa- o los exabruptos verbales del propio Varela –se llegó incluso a especular si el episodio de los condones para sus “campeones” azuzaba la marcha del 19 de abril recién pasado. El movimiento estudiantil necesita subir artificialmente la temperatura para que la ciudadanía vuelva a ponerse en pie de guerra contra la derecha en el poder. Ponerle color es parte de esa estrategia.

Aunque es difícil que les resulte, no es imposible. A veces pareciera que el propio oficialismo pone su granito de arena al servicio de la causa. Las salidas de libreto de los ministros estaban siendo problemáticas, pero curiosamente le estaban haciendo un favor al presidente: en el contraste con el error de sus colaboradores, la figura de Piñera crece. En vez de piñericosas, se comenzó a hablar de las varelicosas. Hasta que, en un despliegue de superlativa imbecilidad política, el primer mandatario designa a su propio hermano como embajador en Argentina. Si durante el primer gobierno la oposición se dio un festín apuntando a los diversos conflictos de interés de Piñera y su gabinete, esta vez no les ha costado mucho instalar la narrativa de una derecha nepotista.

Aunque esto no tiene que ver directamente con los estudiantes, sí les sirve para subir la temperatura anti-oficialista. Dicho de otro modo, las posibilidades del movimiento estudiantil de volver a encender la calle son proporcionales a las provocaciones del gobierno. Si los dardos se concentran en Varela, el asunto está contenido. Varela es un amortiguador y un fusible. Si el amortiguador se gasta, se busca otro. Lo que el gobierno debe evitar es que Piñera cometa torpezas que le aviven la cueca a una nueva camada de dirigentes que está esperando una ventana de oportunidad para ser protagonista. Para soñar con vivir lo que vivió Camila.