con una ingenuidad enternecedora el abogado Varela, actual ministro de Educación, se ha disculpado por declaraciones recientes que le significaron una capotera en las redes sociales. Es efectivo que dijo varias estupideces sobre la competencia sexual de sus “campeones” y su pasión por el lucro en la educación desafiando la ortodoxia impuesta por sectores de la izquierda en materia de discurso público. Naturalmente que matizó esto último reiterando que, pese a su opinión contraria, implementaría lealmente las leyes despachadas por el CONGRESO sobre la materia. Pero las explicaciones de nada le servirán porque ellas son válidas para resolver un impase cuando hay buena fe entre los participantes en un debate. Y, precisamente, buena fe es lo que menos hay en el enfrentamiento entre las huestes opositoras encabezadas por la Confech, el Frente Amplio y la ex Nueva Mayoría.

El “problema” de Varela no tiene nada que ver con lo que diga o no diga, sino con lo que es. El ministro representa de manera exquisita y perfecta todo lo que la izquierda aborrece. Abogado exitoso en el área corporativa, neoliberal de clase alta, deslenguado al punto que no tenía temor de ofender a los “torquemadas” del movimiento estudiantil, amigo personal de Piñera, ideológicamente partidario del lucro en la educación. Su designación como ministro solo se explica, se entiende y justifica en la medida en que el gobierno está dispuesto a defenderlo sin dejarse intimidar por sus enemigos políticos. Pero eso no está siendo así.

En consecuencia, el gobierno solo tiene dos opciones: ¡o lo defiende o lo echa! Obligarlo a excusarse por ser quien es, solo aumenta la percepción de debilidad, abre el apetito de un movimiento estudiantil a la deriva y sin banderas, que ve en la destitución de un ministro que no tolera, una oportunidad de validarse. Si continúa por este camino se quedará sin ministros de Salud y Educación.

El Presidente Piñera no se ha caracterizado por atreverse a defender sus convicciones ante los ataques de la izquierda, sino más bien todo lo contrario; a ratos parece que sufre del “síndrome de Estocolmo”. Lo demostró durante la campaña cuando se pegó una tremenda voltereta asumiendo las banderas de la gratuidad que Chilevamos había combatido fieramente durante el gobierno de Bachelet o cuando siendo presidente se planchó el proyecto Punta de Choros con un llamado telefónico. Ahora, lo está haciendo al desechar la mediación propuesta por el Tribunal Ambiental de Antofagasta y al recurrir del fallo de la Corte de Apelaciones que dejó sin efecto la declaración de monumento histórico de las ruinas de la Villa San Luis en Las Condes, declaratoria indefendible y cien por ciento políticamente motivada. Pero todo ello calza con el estilo personalista del Presidente (después de mí el diluvio) que explica la pérdida del poder por la derecha el 2014 y que no resultó mal “negocio” para él porque le permitió volver en gloria y majestad a La Moneda.

Pero, la mayor expresión de un gobierno que camina como pisando huevos, es que no se atreve a exponer sus proyectos ante el Congreso y enfrentar el duro debate legislativo de cara a la opinión pública. Por eso recurre a las “comisiones pre legislativas” mediante las cuales busca llegar con leyes consensuadas al menos con una parte de la oposición. El costo lo pagarán los partidos de derecha que no podrán exponer con claridad sus ideas ante la ciudadanía y disputar la hegemonía cultural e ideológica a la izquierda y proyectarse hacia un futuro sin Piñera. Entiendo perfectamente la tentación del piñerismo, por la ganancia política eventual para el gobierno si logra acuerdos sustantivos en las comisiones que forman parte del “acuerdo nacional”. Pero dudo mucho que ello ocurra porque la izquierda no se puede suicidar; y eso es exactamente lo que pasaría si estas comisiones dieran resultados positivos. Nunca hay que olvidar el refrán que dice que la política es la única empresa donde la mitad del Directorio quiere que la empresa quiebre”.