Fernando Pairicán, historiador:

“Es una visión productivista con una fuerte retórica en el emprendimiento”

El Plan Araucanía es una estrategia política que apunta a consolidar lo que se denomina el indigenismo de Estado y el multiculturalismo, donde el indígena es visto como parte del modelo económico y no un crítico de éste. Se trata de un diálogo con un grupo particular que no representa a la mayoría del mundo indígena. Va dirigido a quienes no critican el extractivismo y las consecuencias del mundo capitalista. Esta mirada representa una continuidad con el gobierno anterior. Bachelet fue quien puso los cimientos de este proyecto y Piñera lo está perfeccionando.

Lo que hace Piñera, simbólicamente, al trasladar a sus ministros a la zona, es como el “cautinazo” de Allende, pero desde el punto de vista de la derecha. Va a la Araucanía y desde allá le habla al mundo indígena, chileno y agricultor, diciéndole que él les va a “traer la paz”, pero siempre bajo la lógica del modelo económico. Es una visión productivista con una fuerte retórica en el emprendimiento.

El discurso va dirigido a un sector muy pobre, que ve como una salida a su pobreza la productividad o la rentabilidad de las tierras. Me parece que, en ese sentido, va a tener una buena recepción en el mundo indígena que está sumido en la extrema pobreza, pero que probablemente no tiene conciencia de las consecuencias medioambientales sobre explotación de su territorio. Por eso, no estoy seguro si pueda transformarse en un gran Acuerdo Nacional, como dijo Piñera, porque no representa a la mayoría indígena.

Moreno planteó que existía un acuerdo con Amazon para que los artesanos vendan sus productos. Eso es seguir administrando el modelo, pero ahora con rostro indígena. Los intelectuales bolivianos más críticos al gobierno de Evo Morales, han planteado la idea de este “maquillaje indígena”. Es una capacidad natural del modelo neoliberal extraer recursos de forma descentralizada, sólo que aquí se propone extraerlos, salvajemente, pero con rostro, color y ropa indígena.

El plan también habla de modificar la ley indígena para potenciar el uso productivo de las tierras. Hay que hacer memoria. La ley indígena surgió para evitar que los pueblos originarios siguieran perdiendo tierras. Por eso para el movimiento mapuche de los 80′ esta ley fue un triunfo. Pero la ley indígena y la propiedad comunitaria mapuche, no debemos olvidar, siempre han sido un escollo para el modelo neoliberal, porque la clave del capitalismo es la individualidad y la propiedad privada. Por eso la supuesta falta de emprendimiento en el mundo mapuche, como sostiene la derecha chilena, explicaría la pobreza y subdesarrollo en la Araucanía. Lo que no me parece cierto. Hay otras experiencias de comunitarismo indígena en América Latina que demuestran que uno puede desarrollarse y de muy buena manera.

No es necesario ponerle límites a los derechos fundamentales del mundo indígena. Debe ser el propio mundo indígena que, tras discusión política y social interna, decida cuáles van a ser sus límites. Eso es precisamente la autodeterminación: el derecho a decidir. Y no tiene que ver sólo en cómo se usan estos territorios: también en la educación, la lengua, las tradiciones culturales. Un poder de decisión en torno a sus derechos fundamentales o, como dicen los tratados internacionales, el derecho a vivir según tu modo de ser como pueblo.

Para el neoliberalismo, por ejemplo, no es incompatible que Rapa Nui sea autónoma porque la isla necesita una línea aérea, o el turismo, para poder desarrollarse económica y socialmente. Pero el punto a debatir es si en el mundo indígena va a persistir culturalmente con la explotación o expropiación de sus recursos naturales y cuánto nos afectaría esto en nuestra forma de vida. Y ese es el debate que en el mundo indígena chileno no se está dando y que deriva en un cuestionamiento mayor: la importancia (o el derecho) a vivir en territorios o comunidades no capitalistas.

Andrés Antivil, Presidente de la Corporación Mapuche Lonko Kilapang:

“No es llegar y abrir la billetera”

Me parece que con este plan tenemos una oportunidad país, porque la extrema pobreza no la puede abordar solamente la gestión del Estado. Es importante que privados se involurcen en esta tarea. Lo digo porque el ministro de Desarrollo Social que lidera la mesa es un connotado líder empresarial. Tengo una esperanza que al seguir las recomendaciones de Naciones Unidas, el sector privado y los dueños del capital, se involucren en este desafío. Porque si uno mira las mesas de diálogo históricas, los resultados siempre han sido los mismos.

Una primera etapa debería ser romper la ceguera autoprovocada del sistema educacional chileno, que impide reconocer nuestros códigos cognitivos y nuestra historia. Sería bueno que, en un primer paso, Chile se mire al espejo, se eduque y entienda su origen indígena. Lo que se está haciendo no es caridad, ni buena onda. Debería ser un deber de Estado que tiene pensarse para los próximos 100 años.

En este proceso es indudable que se toquen intereses económicos. La tierra es un bien preciado por los dueños del capital, así lo ha sido siempre. Hoy día significa poder y, quien diga lo contrario, es porque desconoce los códigos de la economía. El conflicto de tierra toca la fibra más sensible del modelo económico del país: el patrimonio heredado por familias. Por eso el valor estratégico de la producción de la tierra es una arista tan sensible.

Si alguien piensa que esto se va a resolver sólo con dinero es simplista. Cualquier plan, medida o paquete de inversiones que no contemple los códigos cognitivos de nuestro pueblo va a fracasar. Tiene que haber un entendimiento basal. No es llegar y abrir la billetera. El pilar más sólido es generar un conocimiento histórico, cultural, espiritual y político del mundo mapuche y no creer la fantasía que los únicos temas mapuche son la machi Francisca y el machi Celestino. Somos millones de mapuche y lo único que salen son noticias negativas.

Hay conceptos dentro de la filosofía mapuche que permite la acumulación, a diferencia de lo que sostienen algunos historiadores que piensan que para ser mapuche hay que ser pobre. En nuestra cultura existe el concepto de los ülmen. En las comunidades mapuche, al igual que en la sociedad chilena, existen personas seleccionadas con roles espirituales y otros liderazgos distintos. Por eso van a existir zonas que nunca van a producir y otras que tal vez sí.

Se debería avanzar en la línea respecto a la administración de los Parques Nacionales. En la Provincia de Neuquén, en Argentina, encuentras una ley de co-administración de áreas silvestres protegidas. ¿Por qué no podemos avanzar en ese ámbito? Sería muy interesante que Conaf transparentase los números de pobreza que hay en torno de sus áreas silvestres protegidas en la región. La extrema pobreza está rodeada de verde.

El deber de proteger las tierras indígenas debe mantenerse de parte del Estado, pero hay que generar los mecanismos de mercado que disminuyan el riesgo, porque no podemos decir que eliminándole la protección de las tierras vamos a generar un destape de la inversión. Eso es simplismo.

Un acuerdo nacional se puede lograr solo si es bien conducido y se aplican los elementos basales de entendimiento de nuestra sociedad, sino va a ser más de lo mismo.

Adolfo Millabur, alcalde de Tirúa:

“Si no se conversa con todas sus sensibilidades es un diálogo cojo”

El Plan Araucanía es un buen gesto, pero con recetas preconcebidas creo que el resultado no va a ser el mejor. Desconozco si ha existido diálogo con algunas comunidades mapuche de la zona, pero espero que esta venida signifique un diálogo real más que la imposición de visión.

Los gobiernos saben muy bien que se necesita un diálogo amplio y abierto, porque lo que han hecho los gobiernos de turno es hablar de mapuches buenos y mapuches malos. Con los buenos se habla, aparecen en la tele con mantos y cintillos, y con los “malos” no se habla y se los sataniza. El problema es que si no se conversa con todas sus sensibilidades, con todas las expresiones del pueblo mapuche, es un diálogo cojo y no va a tener un resultado duradero. De eso es lo que adolece Chile y el gobierno actual. Deben entender que los mapuche no son patrimonio ni de la derecha ni de la izquierda. Es un pueblo con sensibilidades distintas y, como tal, se requiere dialogar con todos. Pero lo que está planteando el gobierno de Piñera es una extensión de la mirada conservadora del informe de Bachelet. Se proyecta asumiendo que hay una situación de violencia rural y víctimas del terrorismo.

Leí el programa del gobierno y hay cosas que han sido planteadas de manera peligrosa. Primero, en mi condición de alcalde y dirigente, creo que el pueblo mapuche no debe aceptar modificar la ley indígena, porque es un logro y piso que ya ganamos. Creo que no se necesita modificar la ley indígena para poder promover y hacer una inversión en materia de desarrollo económico.

Lo otro, tampoco necesitamos reemplazar a la Conadi. Lo que se necesita es legislar como se hace una gobernanza en el territorio donde se incluyan todos los intereses, porque hoy en el gobierno regional, en los gobiernos comunales, en el parlamento y en el Ejecutivo, el interés del pueblo mapuche no existe, no está garantizado, ni representado en ninguna parte del aparato del Estado. Existe una omisión política gravísima que tiene que entender este gobierno.

Por otro lado, creo que no es el camino correcto hacerle daño al mapuche movilizado modificando la ley. Esto puede alejar voluntades. También está el anuncio del gobierno para poner un punto final a la compra de tierras. Si llevan por ese lado la discusión, le cerrarán la puerta a los mapuches para seguir recuperando tierras, porque no hay que olvidar que los títulos de merced fueron pensados en la época de la pacificación de La Araucanía. Fue una ley hecha para restringir, dominar y anular la presencia de los mapuche y enajenarle todos sus territorios.

Por eso cuando se habla de títulos de merced, la discusión no tiene mucho sentido porque no es eso lo que reclaman los mapuche. En mi propia comuna, por ejemplo, el proceso de la contrareforma agraria, durante la dictadura militar de Pinochet, es el tema que está generando más conflictos con las empresas forestales, porque esas tierras eran nuestras pero estaban a nombre del fisco o de la Conaf. Entonces fueron entregadas a las incipientes compañías madereras que hoy tiene un tremendo poder económico en este país. Hay una cantidad importante de tierras que las comunidades están reclamando y que no obedecen a título de Merced. Ese es el tema que se tiene que resolver, sino es como una aspirina a un problema mayor.