Según dijo a La Tercera Mario Vargas Llosa, “López Obrador es un populista (…) que puede empujar a México en la dirección de Venezuela”. Pero a 60 días de las elecciones, pese a los temores del peruano, el ex alcalde del DF aparece como el mejor posicionado para obtener la Presidencia de su país. Claro que México es patria de vuelcos dramáticos y suponer que lo que viene para los próximos dos meses es carrera corrida es ignorar lo datos básicos de la mexicanidad.

El 1 de julio hay elecciones presidenciales en México. Cinco candidatos buscan obtener el mandato para gobernar la República en el sexenio 2018-2024. Andrés Manuel López Obrador (AMLO o El Peje, como lo conocen en México, ex alcalde de la capital) va por su tercer intento y según empresas encuestadoras y modelos predictivos de medios tan distintos como Televisa, Grupo Reforma, El País, Mitofsky o Bloomberg, encabeza ampliamente los pronósticos. A AMLO le sigue, a bastante distancia, Ricardo Anaya, un joven diputado, candidato de una pragmática coalición formada por el Partido Democrático Revolucionario (antigua división por la izquierda del oficialista PRI) y el partido de Acción Nacional, de centro derecha. Luego figura el candidato del PRI (el oficialista Partido Revolucionario Institucional), José Antonio Meade, fuertemente golpeado en las preferencias debido a su cercanía con el impopular gobierno de Enrique Peña Nieto, del cual fue ministro, el que alcanza récords de desaprobación que giran entre el 75% y el 80 %.

Hasta el 8 de abril de este año, 78 candidatos y candidatas habían sido asesinados según el reporte de la consultora internacional sobre violencia política Etellekt Consultores y los analistas no dudan que al final de los comicios la cantidad de candidatos muertos será significativamente mayor, ya que la curva crece a medida que se acerca el día “D”. Al mismo tiempo, se habían multiplicado como nunca en la historia las amenazas y otras formas de presión sobre candidatos en competencia.

Los vuelcos posibles

Los grupos empresariales y el PRI – a los que AMLO llama “los poderosos”- temen su llegada al poder. Aparte de que ven en su figura incertidumbre en materia económica, su triunfo implicaría marginarlos del manejo del aparato estatal. Por ello, como en México no hay segunda vuelta presidencial, han comenzado a presionar para que las dos candidaturas que siguen a AMLO se unifiquen en una sola a partir de la bajada de alguno de ellos. Se ha desatado, además, una campaña del terror sobre lo que sería su gobierno, a la que contribuye el propio López Obrador con la vaguedad, el simplismo y la confusión de muchas de sus propuestas como, por ejemplo, una –imprecisa y varias veces modificada durante la campaña- que plantea otorgar amnistía a quienes purgan delitos asociados al tráfico de drogas.

El apoyo a AMLO viene por parte de ciudadanos desencantados que ven en él una esperanza de cambio en medio del desaliento por la inseguridad creciente, la masificación de la corrupción, el estancamiento económico y la necesidad de contar con una figura fuerte que enfrente el matonaje de Trump y su amenaza del muro y de revisar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Como ejemplo de las cosas que pueden pasar en este proceso electoral y pese a la indignación general, el Tribunal Electoral, mayoritariamente afín al actual gobierno, sacó hace quince días un conejo del sombrero y aceptó incorporar a última hora en la boleta presidencial a un candidato independiente, Jaime Rodríguez Calderón, llamado El Bronco, cuestionado por la recaudación fraudulenta de firmas para su originalmente fallida inscripción. Se presume que este candidato puede sacarle votos a AMLO en el norte del país o, por lo menos, golpearlo duro en alguno de los tres debates presidenciales. El primer debate ya ocurrió. Fue el domingo 22 de abril, estuvo plagado de descalificaciones y denuncias y consistió, como se esperaba, en un “todos contra AMLO”. El momento culminante lo entregó El Bronco, cuando propuso “mocharles las manos a quienes roban”. Ante la insistencia periodística, el candidato señaló con firmeza que, efectivamente, planteaba cortarles las manos a los delincuentes y corruptos.

La violencia política y el horror cotidiano

Esta es la elección más grande en la historia de México. Junto a las elecciones presidenciales, el 1 de Julio se realizarán elecciones federales: 3.406 cargos, en distintas posiciones, han de ser ocupados en todo el país, en reñidas competencias. Entre ellos, se elegirán 128 senadores y 500 diputados, además de gobiernos locales y estaduales.

El proceso electoral está excepcionalmente bien organizado, con financiamiento público, reglas de control de gasto, debates obligatorios y sistemas de escrutinio y transparencia propios del primer mundo, a cargo del Instituto Nacional Electoral (INE) de unánime prestigio nacional e internacional.

El problema es otro. Hasta el 8 de abril de este año, 78 candidatos y candidatas habían sido asesinados según el reporte de la consultora internacional sobre violencia política Etellekt Consultores y los analistas no dudan que al final de los comicios la cantidad de candidatos muertos será significativamente mayor, ya que la curva crece a medida que se acerca el día “D”. Al mismo tiempo, se habían multiplicado como nunca en la historia las amenazas y otras formas de presión sobre candidatos en competencia.

Los asesinatos se originan porque los postulantes son incómodos al crimen organizado y también por encargo de candidatos temerosos de su propio desempeño que contratan sicarios para sacarse adversarios de encima.

El índice de violencia y muertes supera a lo que ha ocurrido en procesos eleccionarios en países en conflicto, como Afganistán o Irak y es significativamente más grave que lo que se ha visto respecto de agresión a candidatos en Venezuela. Sin embargo, la comunidad internacional no ha dicho ni una sola palabra al respecto. Un gran triunfo de la prestigiosa diplomacia mexicana.

A la violencia política se suma la violencia a secas: desaparición masiva de personas, en particular de jóvenes; agresiones habituales a mujeres, y el asesinato cotidiano a líderes locales que defienden causas de interés público. El año pasado hubo en México cerca de 25.000 homicidios y hasta hoy se buscan 34.000 desaparecidos.
La paradoja es que el año pasado se redujo en un 75 % la cantidad de sentenciados respecto de 2013, lo que significa que solo 4.000 personas entraron a las cárceles en el 2017. El 90% de los homicidios en México queda sin ser resuelto. Esta es una dramática y nefasta ecuación: + asesinatos – sentencias= impunidad. Expertos estiman que el año pasado solo por tráfico de drogas (los carteles tienen muchos otros asuntos que les proveen ingresos) entraron a México entre 30000 y 40000 millones de dólares.

“Las palabras no alcanzan para entender la dimensión de esta locura. Tres estudiantes son asesinados y disueltos en acido”, escribió en su twitter Guillermo del Toro la semana pasada, a propósito de la desaparición de tres jóvenes estudiantes de cine en Jalisco, lugar de origen del ganador del Oscar. Los jóvenes asesinados fueron confundidos con adversarios del cartel Jalisco Nueva Generación.

Esa es la vida cotidiana en muchos lugares de México. Sorprende que en el primer debate presidencial los desaparecidos y, en general, temas de derechos humanos no fueran parte de la conversación entre los candidatos. Sorprende y asusta porque, como sabemos, nada es más grave que la naturalización de estas situaciones extremas.
Pero hay esperanzas. Pocas, pero hay. Se presume que la abstención será baja. Que millones de mexicanos concurran a votar en elecciones competitivas será una buena noticia, y que existan opciones alternativas en prácticamente todos los cargos, es una muy buena cosa en el país donde el PRI inventó el eslogan “El que se mueve no sale en la foto”. Que más jóvenes y mujeres postulen a cargos de elección popular también habla de cambio. Si todo esto configura el cuadro de una renovación política y son electos más candidatos convencidos de que su tarea es garantizar el Estado de derecho y la paz en su nación, será una tremenda noticia. Si esto no ocurre, la tragedia es inminente.