Hace un año y tres semanas Revolución Democrática tomó la decisión de que toda su militancia y representantes se iban a poner a disposición de un objetivo prioritario: juntar las firmas necesarias para que Beatriz Sánchez y Alberto Mayol, las dos candidaturas presidenciales del naciente Frente Amplio, pudieran competir en las primarias legales organizadas por el SERVEL. En ese momento parecía una locura que en solo tres semanas pudiéramos reunir más de 30.000 firmas, pero la decisión política de priorizar sin matices la consecución de este objetivo, desde el compromiso y entrega de cientos de voluntarios de RD, sumado al apoyo que decidieron brindar nuestros aliados del Movimiento Autonomista, Izquierda Libertaria y Nueva Democracia, permitieron -en esos días- reunir esa cantidad que, finalmente, ingresamos el 2 de mayo del 2017.

En un ejercicio de retrospectiva, creo que ese fue el inicio del reconocimiento de que el Frente Amplio no era solo la agrupación de organizaciones acostumbradas a sobrevivir en el margen de la política, sino que una fuerza con vocación y posibilidad de mayoría. Fue la combinación de la esperanza de una ciudadanía que buscaba un cambio a la política pensada para unos pocos, y un despliegue orgánico y de voluntarios que pocos creían posible, lo que levantó un velo respecto a un profundo proceso que se había instalado en Chile, desde la sociedad civil, los movimientos políticos, las agrupaciones gremiales y las organizaciones sociales que han sido punta de lanza de este tránsito. De ahí en adelante fuimos superando una barrera tras otra. Inscribimos una lista única con candidatos de 14 partidos y movimientos desde Arica a Magallanes. Levantamos una candidatura presidencial unitaria, al alero de un proceso programático participativo, descentralizado, con profunda impronta local y ciudadana que, en distintas materias relativas a la política pública (en salud, educación, pensiones y modelo de desarrollo), puso en jaque a la Nueva Mayoría y a Chile Vamos, tensando el debate nacional y visibilizando la fuerza de esta nueva alternativa que le ha empezado a hablar al país.

Mirando hacia adelante, tenemos una gran responsabilidad. Le hemos demostrado a la ciudadanía y a la política tradicional que si nos unimos, tenemos el potencial de constituir una plataforma con genuina vocación de mayoría y profundo arraigo social. En este último plano, en la trinchera territorial, es donde debemos poner nuestro máximo foco de trabajo, tanto basal, como nacional y parlamentario. Se vuelve urgente y necesario disputar, astuta y decididamente el sentido común con el que se va configurando la tesis y el proyecto de país de los próximos 30 años, desde las comunidades organizadas y no organizadas, desde el nivel local, regional y en la esfera pública general.

Es momento de enfrentar el miedo, la apatía y la desesperanza, esa que subyace en barrios, en plazas y en distintas instancias propias de nuestra idiosincrasia. Es el instante de demostrar, a través de más diálogo, participación e incidencia, que con las propuestas que hemos ido levantando los últimos años es posible tener un país más justo, donde las desigualdades no sean la tónica del día a día y donde sea plausible escribir un futuro en el cual la Revolución Democrática sea el camino hacia el país que soñamos.