El pasado 24 de abril, tras un aviso por parte de apoderados del Colegio Seminario Pontificio Menor, se supo que el sacerdote Julio Dutilh Ros habitaba desde marzo una casa ubicada al interior del establecimiento.

La presencia de quien fuera amonestado por la Iglesia en 2015, debido a una acusación por abuso sexual, provocó el rechazo generalizado de la comunidad escolar, hasta que el rector del colegio, Matías Ríos, se comprometió a reubicar al sacerdote fuera del recinto.

Entonces, según confiesa en una conversación con The Clinic, Dutilh tomó la determinación “de alejarme unos días de Santiago para poder descansar. Pero ya volví a la capital y hablé con el Arzobispo para reincorporarme a los trabajos de la Parroquia San Alberto Hurtado”.

Consultado por un eventual regreso al Seminario, el sacerdote plantea que “no voy a volver, por prudencia. Tampoco a la casa que habité junto al padre Pedro Ríos, lamentablemente”.

“La verdad es que no quiero hacer ninguna olita al Seminario, menos para que vayan a decir de nuevo las cosas que dijeron cuando pasó todo esto, porque es una cosa tirada de las mechas. Como yo quiero mucho al colegio y no quiero hacerle ningún daño, pienso que si mi presencia desagrada a alguien es mejor que me vaya. El tema es simple: no vuelvo más porque si un perro ladra, más vale alejarse”, asegura Dutilh.

La acusación

El sacerdote fue noticia por primera vez en 2015, cuando Angélica Barros (45) denunció un episodio ocurrido en 1989, época en que Dutilh era guía espiritual del Colegio Seminario y la afectada apenas superaba los 16 años de edad.

En un artículo publicado el 18 de junio de 2015, este medio recogió el siguiente testimonio de la denunciante: “Me acerqué al sacerdote para la confesión. En la iglesia solo estábamos los dos. Le comenté mis inquietudes sobre el tema y le pregunté: “¿Es correcto que un pololo a una la toque?”. Acercó su mano grande a mi pecho izquierdo y la colocó abierta encima de mi pecho, y dijo: “Si es así no importa”. En el momento me sentí muy confundida. Luego me dio alguna penitencia que no recuerdo”.

Este hecho, revelado casi treinta años después, le valió una amonestación eclesiástica a Dutilh: el arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati, lo removió de su oficio en la Parroquia Santa María de Las Condes, y fue obligado a “peregrinar una vez al mes a algún santuario para rezar por la víctima y por su propio camino espiritual”.

Sin embargo, tal como consignó The Clinic tras tener acceso a la misiva en que se informaron estos “castigos”, los hechos -aun cuando fueron calificados como “verosímiles” por la autoridad eclesiástica- no pudieron ser juzgados bajo el derecho canónico, ya que se encontraban prescitos y, además, por la avanzada edad del denunciado.