Juan Andrés Piña publicó recientemente el “Diccionario del siútico” (Ediciones Lolita, Santiago), en el que incluyó una extensa lista de palabras de uso habitual entre sus colegas periodistas. No figura allí la más común de ellas –“arista”- y tampoco “vamos a cambiar bruscamente de tema”, pero sí otras tan majaderas como “raya para la suma”, “al final del día” y “llegó para quedarse”. Para ser justos, expresiones como esas no son solo uso de periodistas, sino propias del habla general de los chilenos, pero igual me pregunto esto: ¿es que nuestros periodistas y conductores de programas de televisión, al anunciar que van a cambiar de tema, creen que los telespectadores no sabemos distinguir entre un accidente en la avenida Kennedy y la amenaza de Trump de dejar caer misiles sobre territorio sirio? ¿Es que creen que tenemos un tan alto déficit atencional como para decirnos a cada rato “Ponga atención” o “No se vaya” cada vez que tienen que dar paso a una nueva tanda de publicidad?

Tales expresiones son muchas veces siúticas, es decir, fallidas en cuanto a la elegancia o buen gusto que pretenden ostentar quienes las utilizan. El caso más evidente es “cena” para “comida”, o “dama” para “señora”. ¿Se han fijado ustedes que en Chile ya nadie come cada 24 o 31 de diciembre, sino que todos “cenan”? Ese reemplazo de un verbo por otro se ha extendido hasta el punto de que hoy cualquiera te puede invitar a “cenar” en el momento menos pensado, qué sé yo, un 17 de mayo, o el 6 de agosto, o el 23 de octubre. Como que la cosa promete más si te invitan a cenar que simplemente a comer, lo mismo que pasa cuando en vez de invitarte a un matrimonio te envían un parte para una “boda”, o cuando en un restaurante te ofrecen “comida de autor” en vez del tradicional congrio frito con ensalada chilena.

Otras veces empleamos ciertas palabras no por siutiquería, sino por mímesis, por pura imitación, por el deporte nacional de seguir siempre la corriente, como cuando los variados aspectos o alternativas de un asunto pasan a ser “aristas” o se repite incansablemente el “cuídese” ante cualquier persona que vaya a apartarse de nosotros. Cuando mis alumnos empezaron a decirme “cuídese” cada vez que me alejaba de ellos luego de una clase, yo corría a mirarme al espejo para ver si lucía tan mal como para justificar ese trato.

Ser políticamente correctos es lo que nos llevó a sustituir “sirvienta” por “empleada”, “empleada” por “asesora del hogar”, y “asesora del hogar” por “nana”, según el formidable ejemplo de Roberto Merino, lo mismo que pasa con “capacidades diferentes” para alguien que las tiene visiblemente disminuidas. En ocasiones diluimos palabras fuertes, decidoras, en otras más blandas, como cuando cambiamos “pueblo” por “gente”, “pobres” por “carenciados”, “igualdad” por “equidad”, “izquierda” por “progresismo”, y “mediaguas” por “viviendas sociales”. En otras, utilizamos ciertas palabras para edulcorar la realidad y presentarla de manera más suave de lo que realmente es: así, los políticos corruptos confiesan “errores” o “desprolijidades” en vez de “delitos”.

La política es siempre fecunda en el abuso de ciertas palabras, como en el caso de “sensibilidades” para los feroces grupos de poder que se arman al interior de los partidos. En política ya nadie “renuncia”, sino que “da un paso al costado”, mientras que la irreprimible ambición por ciertos cargos se esconde bajo una frase tan ordinaria como “Estoy disponible”. Cualquier elección popular pasa a ser una “fiesta de la democracia” y abundan los llamados a “reencantar” la política, una actividad que nunca ha estado propiamente encantada.

Ni qué decir del fútbol como otra cantera que surte de expresiones tan rebuscadas como “profesor” para un simple entrenador, “guardatubos” para los que hasta hace poco eran únicamente arqueros o guardapalos, y “leer los partidos” para el acto de verlos o interpretarlos. ¿De cuándo acá los partidos se “leen”? A veces pienso que las poquísimas horas que en Chile dedicamos a la lectura de libros se pretenden compensar con las muchísimas que pasamos “leyendo” partidos de fútbol en la televisión.

Ser políticamente correctos es lo que nos llevó a sustituir “sirvienta” por “empleada”, “empleada” por “asesora del hogar”, y “asesora del hogar” por “nana”, según el formidable ejemplo de Roberto Merino, lo mismo que pasa con “capacidades diferentes” para alguien que las tiene visiblemente disminuidas.

La hegemonía del lenguaje de la economía es también la explicación de que casi sin darnos cuenta todos estemos llamando “empleo” al “trabajo” (cuando no simplemente “pega”), “recursos humanos” a los trabajadores, “departamentos de recursos humanos” a lo que antes eran los departamentos de personal, “capitalismo cultural” a la educación que recibimos, y “capital social” a nuestras familias, amistades y relaciones humanas más importantes. Todo es “capital” y todos son “recursos”, incluidas las personas y ni qué decir la naturaleza. Todo es también “producto”, así se trate de zapatos, de una tesis doctoral o de la obra que muestra un escultor. ¿Pueden ustedes creer que un concejal de Las Condes, allá por 2005, calificó de “externalidades negativas” a los ebrios que durante la noche ocasionaban ruidos molestosos en algunas calles de la comuna?

Ni la vieja palabra “filosofía” se salva. Sin ir más lejos, se habla de “filosofía” para aludir a las estrategias que emplea una empresa para incrementar las ganancias de sus dueños y, asimismo, a las que utiliza un entrenador de Primera B para subir su equipo a Primera A. ¿Alguien podría creer que el entrenador de Santiago Morning, quienquiera que esté hoy en la banca del querido Chaguito, tiene realmente una “filosofía”? Y ojo, en la cultura del éxito en que vivimos no es del caso mostrar el fracaso. Antes la Primera B se llamaba “Segunda división”, pero a partir de cierto momento empezó a llamársela “Primera B”, o sea, que Santiago Wanderers de Valparaíso no bajó a segunda. Está siempre en “primera”, no más que “B”.

Dejo para el final el “gracias a Dios”. “¿Cómo está la salud?”, pregunta uno, y la respuesta es “Bien, gracias a Dios”. “¿Y la familia?” “Bien, también, a Dios gracias”. “¿Piensas salir de vacaciones?”, pregunta uno finalmente, y lo que escucha es “Si Dios quiere”.