George Orwell escribió en 1941 que hasta pocos años antes “al socialismo se lo solía considerar una especie de liberalismo moralizado donde el Estado se encargaría de nuestra vida económica y nos liberaría del miedo a la pobreza, el desempleo y demás, pero no tendría ninguna necesidad de interferir en nuestra vida intelectual privada”, y sin embargo, al establecerse en estados totalitarios terminó prohibiendo libros, pinturas, obras de teatro y hasta melodías musicales. También la democracia, en su versión mancillada –lo políticamente correcto- bajo la excusa del respeto al prójimo, puede desembocar en los mismos vicios. Sólo que ahora no son los revtribunals de los soviéticos ni las acusaciones de diversionismo ideológico de los años 70 en Cuba quienes piden la cabeza de los desobedientes, sino un nuevo tipo de tribunales populares, ya no reunidos en plazas ni con azadones, sino en esa ágora invisible pero ruidosa que son las redes sociales. Como suele suceder en toda cacería de brujas, es una idea de virtud la que justifica la furia homogeneizadora, la convicción de que quien apunta al culpable es inocente y quien condena al pecador queda libre de su culpa, y que quien aspira a comprenderlo, aún sin encontrarle la razón, sería su cómplice. El acusado no puede tener amigos: es malo y punto.

Me temo que así no se avanza. Freud demostró que depositar toda violencia en el otro en lugar de procesar la que existe en uno mismo es la mejor forma de mantener vivo un conflicto. En ese mismo ensayo – Literatura y Totalitarismo- Orwell sostiene que este control del pensamiento no es solo de signo negativo, sino además positivo: “también nos dicta lo que debemos pensar, crea una ideología para nosotros, trata de gobernar nuestra vida emocional al tiempo que establece un código de conducta”. Quien no se rige por él, queda fuera de la comunidad: en la Revolución se le considera reaccionario y en la corrección política, monstruo. Acercárseles, apesta.

Compadecerlos, envilece. Ampararlos, horroriza. Por supuesto que es un progreso de la civilización que un hombre no pueda imponerse por la fuerza a una mujer ni un adulto a un niño, como también que un rico no explote a un pobre, un blanco a un negro, y así sucesivamente, pero para que ese proceso civilizador sea completo, debe existir la clemencia, distinguir el castigo de la venganza y la emoción de la razón. Quien defiende a la víctima no debe volverse victimario. “¿Puede sobrevivir la literatura en una atmósfera semejante?”, se pregunta Orwell. “Creo que uno debe responder tajantemente que no”, concluye. La literatura, que no es un libro sino todos los libros, y no una idea sino todas las ideas, se muere cuando una sola voluntad la somete o cuando todas ellas se vuelven jauría, y el gusto por los matices desaparece, y en el lugar del diálogo y su búsqueda interminable de la verdad, se impone la sentencia definitiva y su carcelero: el miedo.