El año 2016 Valparaíso fue centro de atención no tan solo por las habituales catástrofes que suelen poner a la ciudad en el noticiario central, sino que esta vez se trataba del posicionamiento de una esperanza como guía para alcanzar un cambio profundo en la gobernanza local. En julio de ese año se llevaron a cabo las primeras Primarias Ciudadanas, impulsadas por el Pacto Urbano La Matriz, y otras organizaciones y movimientos políticos que se integraron para constituir el Movimiento Valparaíso Ciudadano con el fin de elaborar e implementar luego un programa consensuado por la gran diversidad que lo componía.

Se adquirió el compromiso de todos los participantes en tener como norte la excelencia y la probidad. Se firmó un pacto por la transparencia con el objetivo de evitar la reproducción de las malas prácticas que se acostumbran en la política. Se afirmó que los operadores políticos no tendrían espacio en este nuevo escenario, y que las capacidades, la experiencia, y el conocimiento del territorio sería lo que primaría.

Pero digamos las cosas por su nombre: en Valparaíso lo que ahora hay es un municipio gobernado solo por el movimiento autonomista que, aunque no le alcanza aún para ser partido político, ya demuestra repetir las mismas prácticas de los deslegitimados partidos tradicionales. Y justamente eso es lo que NO se quería en Valparaíso al empujar un proceso inédito y levantar luego un movimiento ciudadano que hizo posible al actual alcalde estar hoy donde está.

Lamentablemente los milagros no existen, y de la alcaldía ciudadana sólo queda un eslogan repetido hasta su agotamiento, y carente ya de sentido y coherencia respecto al proyecto original. Un proyecto fallido del qué debemos hacer un mea culpa todos los que participamos en él por nuestra incapacidad de impedir que vinieran una vez más desde Santiago a aprovecharse del banquete cuando ya estaba la mesa puesta y la cena lista. Y aunque era un banquete para compartir, para integrar, ya que se trataba de un proyecto generoso cargado de esperanza en que las cosas se podrían hacer de un modo diferente, la realidad local ha demostrado que ese cambio profundo que anhelábamos al parecer no se podrá hacer.

Seguir omitiendo la “traición” al proyecto ciudadano original es contribuir a perpetuar la democracia “en la medida de lo posible”; cada uno tendremos que hacernos cargo de nuestro porcentaje de complicidad.

Esto no quiere decir que se deje de reconocer que la actual gestión municipal ha demostrado ser más eficiente (hasta el momento) que las de años anteriores. Se han realizado mejoras sacando a la luz a través de auditorías e investigaciones internas la inmensa deuda que ha ido acumulando Valparaíso en muchos años, y según informan desde el mismo municipio han logrado hacer más con menos recursos.

También es cierto que han replicado interesantes iniciativas de otras comunas como la farmacia o la óptica popular; se han hecho avances en materia de aseo y se ha tratado de poner freno a la voracidad inmobiliaria que pretendía sepultar a Valparaíso entre los edificios en altura, y otros proyectos que atentan contra la calidad de ciudad patrimonial.

De que hay mejoras las hay, pero pareciera que la ciudad ha sido tan golpeada y asaltada que ahora eleva al nivel de caudillo a aquel que muestra hacer las obligatorias tareas que implican el ejercicio de su cargo. Es como si le hiciéramos reverencia al cajero automático por entregarnos nuestro propio dinero.

Cuando la alcaldía ciudadana aún era una formulación, casi una fantasía, las criticas se valoraban y existía un esfuerzo colectivo por afrontarlas y ver qué ajuste se requería hacer para minimizarlas. Ahora en cambio gran parte del equipo de nuevos administradores autonomistas demuestran no poseer tolerancia para aceptar opiniones diferentes. Sería un pequeño avance que pudieran enfocarse en suplir con trabajo su falta de competencias y de experiencia, en vez de andar proyectando roñosas conspiraciones entre el bien y el mal, o la derecha y la izquierda, inventando fantasmas inexistentes, e intentando así anular cualquier atisbo de cuestionamiento.

Los procesos sociales son fenómenos vivos que carecen de moldes o fórmulas mágicas que garanticen el éxito. La “revolución” ya no se hizo y nunca se hará; la alegría nunca llegará para todos, y la vida nos será más ligera si asumimos que los partidos políticos son una figura obsoleta incapaz de seguir cumpliendo su rol original que era la de ser conector entre el Estado y la ciudadanía.

La gente común no logramos entrar en el molde doctrinario y sesgado de esos partidos, queremos “conectarnos” directamente con la realidad. Mantenemos la esperanza de un modelo que invierta el esquema clásico donde las cúpulas deciden a puerta cerrada acciones a realizar con fondos públicos y que afectan a gran parte de la población. Escuchar a la ciudadanía es algo que todo gobierno debe hacer si se declara democrático, pero no es suficiente para autoproclamarse como una alcaldía ciudadana.

Debemos dejar de conformarnos con la mediocridad de las gestiones a medias, tenemos el derecho y el poder de exigir más: mucho más.

Marcia Emparán Huertos
Periodista / Fotógrafa, miembro fundadora del Pacto Urbano La Matriz