En una publicitada reunión de “liberales”, donde gran mayoría de los asistentes no reconoce los derechos reproductivos de la mujer, el matrimonio igualitario, el derecho de adopción a parejas de un mismo sexo y en algunos casos está contra el divorcio, Mario Vargas Llosa, la estrella de la jornada se negó airadamente a considerar la idea de que no todas las dictaduras son exactamente iguales. Parece que el Nobel se paralogizó con la pregunta de Alex Kaiser; pensó que lo estaba invitando a comparar favorablemente la dictadura de Pinochet por sus logros económicos frente a los fracasos de la cubana, argentina o venezolana. Obviamente, para un demócrata, conservador o liberal, calificar una dictadura cruel y sanguinaria, pero exitosa en lo económico, como mejor que otras es una aberración. Con ese criterio si los cubanos tuviesen todas sus necesidades básicas bien satisfechas la falta total de libertad no sería importante. Lo que no quiere decir que todas las dictaduras sean igualmente invivibles, porque no es así. Hay espacio entre demócratas para reflexionar desapasionadamente sobre las características particulares de las distintas clases de dictaduras e incluso, puesto en el trance hipotético indeseable de tener que optar bajo cuál vivir expresar una “preferencia”. Porque no todas las dictaduras son iguales y la diferencia está dada por su naturaleza ideológica.

En efecto, en la dictadura del proletariado el régimen aspira a crear un “hombre nuevo” para lo cual requiere eliminar o someter al enemigo de clase, lo que demanda establecer un sistema obligatorio de participación en la liturgia del sistema. La pasividad es duramente sancionada y se califica al individuo disidente como “contra revolucionario”; estas dictaduras se parecen bastante a lo que fue la Inquisición en la Edad Media. Hay castigo y tortura incluso campos de “re educación” para redimir las almas extraviadas, confesiones y actos de constricción o de fe en público. En este contexto la prescindencia política o la indiferencia no son permitidas ni toleradas y tienen horrorosasy devastadoras consecuencias, toda vez que el Estado omnipotente asume el control de absolutamente todas las esferas de la vida en sociedad. Con todos los medios de producción, la economía, las comunicaciones , escuelas, universidades, la vivienda y centros de estudios bajo su control, la excomunión equivale a la muerte civil. El “contra revolucionario” no tiene cómo ganarse la vida, estudiar ni acceder a una vivienda digna. Es un paria que sobrevive (si tiene suerte) en miserables condiciones. Tal es el caso de Corea del Norte, de Cuba y de la Unión Soviética y la RDA en su día.

También fue el caso de China hasta que ese país se transformó en una dictadura capitalista. La metamorfosis no cambió la estructura de poder represivo que sigue a cargo del partido comunista, único permitido. Pero el Estado decidió retirarse del control absoluto de la vida económica, dejando que el mercado opere más o menos libremente. Hoy en China se puede vivir y prosperar sin rendirle pleitesía al Partido (aunque eso ayuda) como era requisito en tiempos de Mao; hay casi 400 millones de chinos que no dependen del PCCH para su subsistencia, que son independientes, profesionales, empresarios y comerciantes multimillonarios y de clase media, que viajan por el mundo y consumen bienes, servicios e información. Los efectos que ello tendrá sobre el sistema político totalitario están por verse pero nadie en su sano juicio podría sostener que da lo mismo vivir en Cuba o Corea del Norte que en China o que estas dictaduras son iguales. Ni siquiera Vargas Llosa. De lo que se deduce que de todas las dictaduras, las del proletariado, por su carácter mesiánico y teológico (all-inclusive) donde el partido guía de la revolución lo controla todo y a todos son mucho más perversas que las del capital.

Reconocer que no todas las dictaduras son iguales, que hay unas más vivibles y soportables que otras no significa que unas sean buenas y otras malas. Por eso, me resultó decepcionante la negativa de Vargas Llosa a considerar la cuestión planteada y e hipócrita el aplauso cerrado que concitó en esa audiencia, pues la pregunta de Káiser era legitima aunque muy mal planteada. Con el surgimiento del populismo de derechas, nacionalista xenófobo y anti globalización, en Europa y Estados Unidos está abierto el debate sobre la relación entre autoritarismo y mercado y todo indica que no son tan incompatibles como se pensaba.