Marx y Dios están de acuerdo en algo: el trabajo es lo más importante de la historia. Para ambos el trabajo es un castigo, para ambos (Marx y Dios) el trabajo es la forma de salir del castigo. Después de estos modestos acuerdos el asunto se pone un poco divergente, pero no es el motivo de este escrito. Nos quedamos con Marx y dejamos a Dios para otro día, ya que este último no está de cumpleaños. Y en cambio Marx sí lo está, cumplió 200 años. Y aunque Marx inventó la palabra “Capital” tal y como la usa una de las tantas revistas que lo defienden (no a Marx, sino al capital), aunque inventó también ‘capitalismo’, aunque logró prever el destino del proletariado cuando los obreros eran solo 80 mil en todo el mundo y la población ya era de 1200 millones, aunque pronosticó la tendencia a las crisis por la especulación financiera, aunque comprendió el fin de lo producido para dar paso al dinero que se mueve camuflado en lo producido, aunque logró vencer a Hegel en su mejor momento, aunque logró vencer a Adam Smith en su mejor momento, a los socialistas franceses en su mejor momento, y aunque todos esos momentos eran el mismo momento y por tanto tuvo que vencer (y lo hizo) a todas las principales corrientes científicas, filosóficas y políticas en su mejor momento; aunque logró comprender el rol de la mercancía como fetiche, el rol de las distracciones de la conciencia para evitar las movilizaciones sociales, aunque logró entender el rol del conflicto en la historia, aunque logró fundar toda una línea de partidos y movimientos allí donde nada existía; resulta que a pesar de todo, hoy observamos y vemos que quizás la principal derrota del marxismo no sea la caída del muro en 1989, ni el hecho de que la burguesía siga siendo la clase más revolucionaria de la historia, ni su homenaje cumpleañero financiado por China; sino que quizás la principal derrota de Marx (y esto es doloroso, triste, increíble, inaceptable, pero también en algún sentido es irrelevante y aburrido) sea la ausencia del ‘hombre nuevo’ y que en cambio hayan aparecido, sin la existencia previa del ‘hombre nuevo’, los ‘posnuevos’, que para efectos prácticos llamaremos millennials, nombre con el cual se suele referir a quienes tienen hoy entre 18 y 35 años y que es esa filosofía de la historia cuya notable virtud es que carece de filosofía y que desconoce la historia.

Se suele describir a los millennials como egoístas y narcisistas. Suelen relacionarse con el mundo a partir de una actitud displicente y efímera: la volatilidad es convertida en insignia y la relación con el entorno es semejante a la de quien consume un objeto y lo desecha cuando deja de ser útil (o cuando su utilidad agobia por alguna extraña razón psíquica). La realidad debe ser como una droga, estimulante y de corta duración. Es una generación que reivindica la infantilidad y que cuestiona la racionalidad por su carácter esquemático y en nombre de la crítica a los defectos de la razón defienden un relativismo basado en la sentencia: “todo puede ser de otra manera”. En general, los informes e incluso bromas de empleadores, los comentarios de padres y de otras ‘autoridades’ que se relacionan con millennials, señalan que estos muchachos evitan responsabilidades y compromisos. Respecto a sus ánimos revolucionarios, esto es abrumador: carecen por completo de ellos. Esperan cambiar el mundo, pero sin esfuerzos monumentales. Creen que el mundo se cambia convenciendo a los dueños que no acumulen capital, creen que refugiarse en un campo para vivir orgánicamente es un acto revolucionario, creen que la cooperación por sí sola destruirá a los bancos, a la OTAN, al aparato militar mundial y que, esa cooperación revolucionaria y sutil a la vez, pondrá en jaque a los grandes poderes. En definitiva, los millennials serían, en términos marxistas, el momento mágico en que la inconciencia de clase ha logrado elevarse a la enésima potencia, al punto de la supresión de la conciencia sobre lo externo y el sometimiento de eso que está fuera a algo muy simple: yo. Frente a una realidad sumida en el yo, carece de existencia todo conflicto que no sea íntimo. Y así eclosionan las historias de sí, las experiencias, el mundanal ruido no de la historia, sino de sí mismo. Surge el dualismo narcisiano: “me miro, entonces existo”.

Los millennials, que considerarán una exageración la afirmación siguiente, destruyen la revolución. El mundo pasa a ser formado por miles de millones de habitantes cuyas vidas son una versión lingüísticamente empobrecida del “Ulysses” de Joyce, una mera corriente de la conciencia de sí mismo que les convierte en incapaces de comprender lo que ocurre a su alrededor. Para ellos la experiencia cotidiana es otro bien de consumo. La experiencia se paga. Pero sobre todo, la experiencia ‘conforma’. Max Weber decía en 1905 que los habitantes del futuro serían (siguiendo a Goethe) “especialistas sin espíritu, hedonistas sin corazón”. Tendrán el conocimiento que nadie tuvo antes, pero no sabrán para qué. Tendrán el placer que nunca antes existió, pero estarán anestesiados y serán incapaces de sentir el goce en el alma.

Marx cumple 200 años y hace poco un francés demostró que analizando datos de impuestos internos de más de 30 países por 100 años, quedaba en evidencia que la tesis de Marx era correcta: la tasa de retorno de la inversión en capital (r) es mayor que la tasa de crecimiento económico (g) en el largo plazo y el resultado de ello es la concentración de la riqueza. Hubo una prueba empírica. Pero nadie quiso volver a ver a Marx como el científico. Y es que Marx no pudo prever que la tasa de retorno de la inversión en capital se convertía, por un lado en riqueza y, por otro, en la obsesión del yo.

Y es que Marx se equivocó. El opio del pueblo estuvo en el pasado en la religión. El nuevo mundo tiene un opio nuevo para el pueblo nuevo y no es ya necesario inventarse o descubrir a Dios para que ese opio destruya toda voluntad de transformar la historia: el opio está en el yo. Y ante ello, ante la mayor inconciencia de clase nunca existente, Marx es derrotado por un ejército desorganizado de muchachos y muchachas que no querían derrotarlo, sino solo plasmar esa sagrada creación del universo: yo.

*Académico Usach