Cuando era niño, Carlos Sandino tenía prohibido maldecir, por eso cuando algo malo le sucedía, en lugar de soltar una palabrota decía “¡a la viuda!”. Lo repetía tanto que sus amigos le apodaron así, “la viuda”.

El sábado 21 de abril, cuando a Carlos lo asesinaron, los vecinos llegaron donde su familia gritando: ¡Mataron a la viuda! ¡Mataron a la viuda!

“Él siempre tenía la costumbre de que venía, nos agarraba y nos besaba. Ese día lo mismo hizo, preguntó por mi mamá, él siempre va a buscarla. Ese día no lo hizo. Yo le dije ´está dormida´ y salió para la calle. Yo le grito ´Carlos, Carlos´ y él se regresa y me dice ‘¿me hablaste pipi?´, me volvió a abrazar y me dice ´no tengás miedo, no me va a pasar nada´”, recuerda Zulema Sandino, su hermana.

Unos minutos después lo encontró tendido en el piso. Le habían disparado en el hombro izquierdo. Carlos Sandino, de 39 años, llegó al barrio Fátima después de comprar comida. Cenó con su familia, en la casa donde creció, y salió para apoyar a los vecinos que esa noche se enfrentaban a la Policía y a la Juventud Sandinista en Masaya. Era el cuarto día de manifestaciones en Nicaragua.

“La gente estaba tirando piedras y morteros, era la única arma que tenían, pero ellos (la Policía) traían armas de fuego, listos a matar”, asegura su hermana. Carlos trabajaba en una peletería en Monimbó y murió de camino al hospital. Tenía un hijo.

Ahora será el 19 de abril, no de julio
“Esto ya trascendió”, asegura uno de los muchachos detrás de las manifestaciones en Masaya. Está convencido que para los jóvenes nicaragüenses la fecha insigne ahora será el 19 de abril, no el 19 de julio.

“Sí, existe el respeto para los caídos el 19 de julio, que ellos tienen derecho a ser recordados, pero ya no va a ser nada partidario, ni político”, explica. Oculta su nombre por seguridad y no es el único, otra joven con la que conversamos en Monimbó, habla con la misma condición: el anonimato.

Aunque la ciudad parece “tranquila”, bajo la calma palpita una chispa que podría volver a encenderse. Hay incertidumbre por lo que sucederá después del diálogo nacional con el Gobierno de Nicaragua y se teme por las represalias.

Las manifestaciones en Masaya empezaron el 19 de abril con una marcha pacífica convocada por los pensionados de la ciudad, que fueron reprimidos por la Policía Nacional, miembros de la Juventud Sandinista y trabajadores de la alcaldía.

“¿Cómo es posible que el Gobierno mande a dirigentes de su propia alcaldía a querer opacar al pueblo? Venían viejitos atrás con nosotros en la marcha y comenzamos a ver que la Juventud Sandinista a uno de los viejitos lo golpearon, al tocar a los viejitos comenzó la causa, ya no nos pudimos quedar callados”, afirma el joven.

La protesta se dispersó, un grupo huyó a Monimbó y “el barrio salió a defenderlos”.

“Aquí en Monimbó no se puede hablar de un ataque a la Policía, aquí la población nada más defendió a la misma población que andaba luchando por sus derechos, por ser escuchados. Estaban oprimiendo al pueblo”, cuenta ella.

Los monimboseños salieron con piedras al ver que los protestantes eran perseguidos por los antimotines. Por la noche consiguieron morteros y levantaron las primeras barricadas. Su bravura quedó en los videos grabados durante los enfrentamientos. En unos se les mira protegiéndose con láminas de zinc y puertas viejas, en otros corriendo con los adoquines que arrancaron de la calle. Así despertó el pueblo que la fotógrafa Susan Meiselas retrató durante la insurrección, hace ya cuarenta años.

El Comandito de Monimbó

A unas cuadras de la iglesia San Sebastián yace el Comandito de Monimbó.

“19 DE ABRIL 2018” se lee en su colorido muro. El Comandito parece condenado a repetir su historia. En 1978, allí, permanecían algunos miembros de la Guardia Nacional, que murieron durante la insurrección de septiembre, cuando la población atacó y quemó las instalaciones. También cayeron Francisco Gaitán, Alfonso Pavón y Aurelio Mercado, cuyos nombres estaban escritos en una placa conmemorativa, pintada de rojo y negro, que ahora ya no existe.

Al triunfar la Revolución Sandinista, el Comandito se convirtió en un símbolo de la resistencia monimboseña. Fue restaurado y en los últimos años servía como casa de partido del FSLN.

En abril fue destruido por los manifestantes. “Masaya está gritando”, “Nica libre” y “Que se rinda tu madre”, son algunas de las frases pintadas en las paredes. No hay ventanas ni puertas ni techo ni mobiliario. Solo agujeros. Los pedazos de nicalit están regados por todas partes. Hay botellas de vidrio, papeles, trozos de mangueras, tiras de trapos y envases con gasolina. En la entrada del Comandito quedó una Biblia abierta, con las hojas quemadas y tierrosas. En las páginas que se conservan, se lee el evangelio de San Mateo, capítulos 20 y 21:

Entonces Jesús se detuvo, llamó a los ciegos y les preguntó:

– ¿Qué quieren que haga por ustedes?

Ellos le contestaron:

– Señor que recobremos la vista.

“¡Esta es la calle 19 de abril, así se llama!”, grita una mujer desde una caponera.

“La Alcaldía de las Familias y Comunidades de Masaya, desarrollará todo un proceso de reconstrucción y restauración en las calles y en el emblemático Comandito de Monimbó, destruido por pequeños grupos vandálicos que han tratado de desestabilizar la paz de Nicaragua”, reza un artículo publicado el 20 de abril en El 19 Digital.

De acuerdo al texto, el Comandito es “un sitio histórico y simbólico de Monimbó, Masaya, que representa los signos e ideales de libertad y soberanía” y “las instancias correspondientes informaron que iniciarán un proceso de investigación para hacer justicia, e identificar a las personas que causaron estos estragos”.

Monimbó es –según Mónica Baltodano, comandante guerrillera y autora del libro “Memorias de la lucha sandinista”– “una comunidad indígena que sobrevivió a la conquista española. Una comunidad eminentemente de artesanos, que tiene un sentido del coraje muy fuerte. Es un pueblo muy organizado, articulado, que siempre ha dado muestras de coraje”.

Masaya, Estelí, Matagalpa y León, son algunas de las ciudades que se levantaron durante los últimos días de protestas y fueron en el pasado “los lugares que coinciden con las insurrecciones, los más articulados, los más rebeldes”. El despertar de Monimbó “expresa la molestia y la rabia que la gente siente frente a la injusticia, frente a la opresión”, opina.

Los primeros muertos

El 19 de abril, la joven monimboseña con quien conversamos, dispuso su casa como centro de acopio para medicinas, agua y comida.

“Era aquello que no cesaba, bombas, bombas y bombas a cada rato. A los muchachos los replegaron, no solo estaban policías, habían miembros de la Juventud Sandinista a quienes el alcalde (Orlando Noguera) y la señora (Martha) Toribio les estaban dando morteros y lanza morteros. Ese día todavía no habían balas”, cuenta.

El viernes por la mañana, la gente comenzó a contactarla para llevar ayuda. Así se organizaron brigadas de atención médica para los heridos. A las barricadas llevaban gasas, hilos de sutura, agua oxigenada, alcohol y tapa bocas. También repartían galletas, comida enlatada y gaseosas.

El 20 de abril los enfrentamientos se trasladaron al Parque Central y al barrio San Miguel. “El viernes se reportaron los primeros muertos cuando empezaron ya ellos (los antimotines) a disparar con balas de plomo. Nos dividimos en dos grupos y empezamos a atender a personas heridas, les caían las bombas con charneles y se les metían en varias partes del cuerpo”, lamenta.

El 20 de abril asesinaron a Álvaro Gómez, de 23 años. Álvaro estudiaba Banca y Finanzas en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) y murió por un disparo en el pecho.

“Lo que me molesta es la forma en que lo mataron. Mi hijo llevaba un palo, una piedra, pero él que estaba frente a mi hijo no estaba igual: tenía un fusil, una pistola. Fue algo desigual. Me lo asesinaron. Fue un cruel asesinato. Me lo golpearon”, lamentó su padre, el exguerrillero y profesor de Monimbó, Álvaro Gómez.

Ese mismo día, el estudiante de secundaria, José Abraham Amador, falleció por un disparo que le destrozó los pulmones. Tenía 16 años y lo hirieron cerca del Mercado de Artesanías, donde también cayó Álvaro.

“El sábado por la mañana fue el día que tuvimos más miedo”, asegura la muchacha de Monimbó. “Era cada vez más alarmante porque los heridos eran cada vez más graves”, admite. Temía que le avisaran que habían asesinado o detenido a alguien de su familia, a un amigo, a alguno de los que estaban ayudando.

Las brigadas de las que ella era parte estaban integradas por adolescentes y jóvenes. Chavalos entre los 16 y 20 años que no pudieron salvar a heridos de muerte como Jairo Mauricio Hernández Useda, a quien dispararon en la cabeza. Su familia habita en una humilde vivienda en la Villa 26 de febrero y no quiso brindar declaraciones.

“El domingo lo trajeron hasta nuestra iglesia y le hicimos un responso en la placita de Monimbó. No sé qué día lo mataron. Una gran cantidad de personas lo acompañó, ellos quisieron, como un homenaje, traerlo hasta Monimbó. ´La Policía lo mató´, decía la gente. El dolor, su mamá no podía ni hablar, todos llorando, fue bien duro”, cuenta Augusto Gutiérrez, sacerdote salesiano encargado de la iglesia San Sebastián.

“Ver el valor de los que estaban defendiendo en el campo de batalla te llena de fuerzas para seguir en la lucha. Jamás me imaginé que esto fuera tan pronto y que este barrio iba a reaccionar como lo hizo. Una cosa es escuchar historias que verlo, que ser testigos, estar cerca de todo lo que pasó. Yo siento que esta causa es mía. Esta fue una masacre”, asevera la joven de Monimbó.

“El grito se dio por nuestros derechos”

–¿No temías que te mataran?– pregunto al muchacho que participó en las manifestaciones.

“No, en ese momento es la adrenalina la que te guía, aunque sí me pasaba por la mente que de un tiro me mataban. Inclusive recogí gente herida de bala y allí es donde ya medí las consecuencias de esto, que estaba llegando más allá, ya no era un grito de ser libres sino que estábamos retrocediendo tiempos atrás, con la gran diferencia que tiempo atrás se le daba un arma al pueblo y un arma al otro bando y aquí no, solo estábamos con morteros, con piedras, huleras, chibolas”.

En los días de protesta algunos dormían en las barricadas. Otros usaban sus vehículos para trasladar heridos. Los vecinos les regalaban agua y la Policía capturaba a los manifestantes.

“Arrancamos los adoquines porque ya no aguantábamos las bombas lacrimógenas, los balines de hierro. Monimbó se unió a la causa y después se unieron los demás”, recuerda.

Según él, hubo un momento en que los enfrentamientos ya no eran con los antimotines, sino con la Juventud Sandinista. “Se había prohibido que los hospitales nos atendieran”, asegura.

Sabe que ahora están expuestos a represalias, que cualquier día pueden buscarlos, llegar a sus casas o inculparlos por algún delito.

–¿Te arrepentís? ¿Volverías a hacerlo?

–Yo lo hice por los viejitos. Lo volvería a hacer, no lo pensaría. Ahorita Masaya está con el corazón herido, insiste.

–¿Qué pasará con la conmemoración del repliegue táctico?

– Nuestros antepasados tienen nuestro respeto. Aquí están enojados con el presidente. No quieren ver tarimas exóticas, porque allí está toda la inversión. No vamos a ir a Managua, responde.

Aclara que nada de lo que hicieron fue partidario, que toda la ayuda que recibieron fue de los ciudadanos. “Esta lucha la levantó el pueblo. Queremos respeto por parte del Gobierno, que le quede claro que no somos minucia. Ofendieron al nicaragüense, nos quisieron decir ignorantes vandálicos”, subraya.

Más de 40 detenidos

Los alumnos del Colegio Salesiano estaban en clases cuando reventaron las protestas en Monimbó. Augusto Gutiérrez, sacerdote a cargo de la iglesia San Sebastián, andaba en Catarina y fue alertado de la situación. Las bombas estallaban en el atrio de la iglesia.

“Vivimos allí toda esa angustia, fueron más de 15 horas que la gente resistió el ataque, porque era un ataque, de la Policía y de los antimotines y las pandillas”, asegura el sacerdote.

Él consiguió que se liberaran a más de 40 detenidos apresados durante las protestas. La mayoría eran jóvenes entre 18 y 25 años, aunque hubo dos casos de señores que rozaban los 50 y 70 años. “Uno de ellos fue don Juan, que es el de los morteros de nuestra iglesia San Sebastián. Un señor magnífico, pacífico, su familia fabrica morteros y creyeron que él estaba surtiendo al pueblo de Monimbó”, explica.

“Era demasiada la tensión que se vivía por las bombas, ya no eran solo bombas, por las balas, eran balas lo que se oía”, cuenta el cura. En ese momento el acuerdo fue que cesarían las protestas si se liberaban a los detenidos.

La Policía accedió “como una muestra de apertura, de búsqueda de diálogo para mejorar la situación de la seguridad del país”, comunicaron las autoridades a El 19 Digital.

A algunos los soltaron descalzos y golpeados. “Es bien duro sentir el dolor de la gente, eso me parte a mí también”, admite el sacerdote. En medio de las protestas alguien le dijo: “cuídese, cuídese”. “Era un tono amenazante que me dio miedo”, confiesa. “Hay un temor. Gente extraña que andan, se acercan y toman fotos. Por ejemplo, el día que íbamos a la peregrinación de la Iglesia en Managua, había dos jóvenes, yo creo de la Juventud Sandinista, en frente de la iglesia para ver qué personas se iban en los buses que nosotros llevamos. Estaban tomando fotos”, advierte.

El alcalde Noguera

“El pueblo de Masaya repudia la reelección de Noguera”, se leía en carteles pegados en los postes de la ciudad, en agosto de 2017. Para entonces algunos habitantes de Masaya entrevistados por CONFIDENCIAL, tildaron a Orlando Noguera de “ineficiente y corrupto”. En mayo de ese mismo año, comerciantes del mercado municipal marcharon a Managua para exigir respuestas por un contrato de arriendo que consideraban arbitrario y para demostrar su repudio a la gestión del edil.

Pese al rechazo de las bases sandinistas, Orlando Noguera consiguió la alcaldía por tercera vez.

“Vamos a tratar de que el equipo de funcionarios, técnicos y todo el personal seamos servidores públicos”, prometió Noguera en 2012, cuando se oficializó su segunda candidatura. Seis años después, el alcalde, es duramente criticado por su papel durante las protestas de abril en Masaya.

Los jóvenes consultados por CONFIDENCIAL coinciden en que las agresiones sufridas por los manifestantes venían de parte de la Policía Nacional, de la Juventud Sandinista y también de la alcaldía dirigida por Noguera.

“La gente nos ha comentado muy dolida, como con rabia, con un enojo muy grande en contra de él (Noguera), porque la gente dice que sí, que él distribuía, junto con otra persona, los morteros a los pandilleros que estaban atacando a la gente”, asegura el sacerdote de la iglesia San Sebastián y agrega “de hecho él llegó a ver el Comandito al día siguiente que lo quemaron, imprudentemente se llegó a meter, y empezaron a caerle piedras, tuvo que salir huyendo. La gente no lo quiere ver ni cerca del barrio”.

Mientras tanto en la placita de Monimbó, la bandera permanece a media asta. Todos los días, hay cacerolazos y vigilias en las que participan artistas locales y nacionales, entre ellos Gaby Baca. También, a las ocho de la noche, sale una caravana que recorre las calles de la ciudad. “No se hace una convocatoria, son reuniones espontáneas”, explica la población. Ellos colocan flores y veladoras en la acera de la iglesia San Sebastián, en memoria de los “caídos en combate”.

***

Carlos Sandino murió a las diez de la noche del sábado 21 de abril, pero a su familia le entregaron su cuerpo hasta las cuatro de la mañana del día siguiente. “No sé qué es lo que le estaban haciendo, lo andaban de arriba para abajo. Supuestamente le hicieron dos placas para ver qué tipo de bala era”, asegura su hermana, Zulema Sandino.

“Herida penetrante por arma (de) fuego de tórax”, se detalla como causa de muerte en el acta de defunción.

¿Quién le disparó? “Los que miraron dicen que fue la Policía”, afirma. Los vecinos también le contaron que los oficiales intentaron arrastrar el cuerpo de su hermano y llevárselo, pero que la gente lo impidió.

“Cuando lo intenté levantar estaba en sangre él, yo le levanté la cabeza y ya todo estaba bañado de sangre. Yo no sabía que él andaba allí, hasta ese momento y cuando lo miré fue que estaba tendido, me acerqué a ver y era mi tío”, recuerda su sobrino, que también pidió el anonimato.

A Carlos Sandino le gustaba jugar sófbol los domingos y “era una persona trabajadora. Un obrero, al que le gustaba ganarse las cosas, aunque le costaran con el sudor de su frente”, aclara el joven.

En su casa han improvisado un altar con un crucifijo, un vaso con agua y tres veladoras que alumbran una fotografía suya. Su mamá se seca las lágrimas, mientras oye la conversación desde en un sillón en la sala. Tiene 80 años. Ella, que siempre es la última en acostarse, dormía cuando su hijo llegó y salió a protestar. Al despertarse, supo que él ya no regresaría.