Suriely tiene 23 años y llegó a Chile desde República Dominicana dejando allá dos hijas: Marielys y Elixsuri, de 5 y 7 años. Luego de abrir el portón, camina rápido tratando de disimular la presencia de este reportero, pero ya es tarde; el estruendo de la vieja lata de la entrada alerta a los vecinos. Suriely cierra la puerta de su pieza con un grito: “¡Vienen conmigo!”

Suriely llegó sola a Chile. Después de separarse de su esposo, las dos niñas quedaron al cuidado de su madre. “Lo que yo ganaba allá no me daba para sostener a mis hijas. Ahora, de los 300 mil pesos que gano al mes, mando 180 a mi familia y me quedo con 120 mil, los que tienen que saber alcanzarme para el arriendo de esta pieza y la locomoción”. ¿Qué hace con los 35 mil pesos restantes? Come, se viste y sobrevive.

La pieza mide no más de dos metros por dos y en ella vive con otras tres mujeres de manera de abaratar gastos. Cada una paga 25 mil y entre las cuatro hacen los 100 mil que les cobran. “Acá dormimos de a dos en la cama y las otras dos en el piso, así nos vamos turnando cada tres días”, cuenta Suriely flanqueada por un clóset y algunos enseres.
Así viven los cerca de 300 inmigrantes que habitan las 54 piezas de este cité, que a su vez está arrinconado entre dos torres –los llamados “guetos verticales”- en el costado oriente de la caletera de General Velásquez, en Estación Central. Ya casi nada queda del Liceo Metropolitano que funcionó hasta el 2011.

“Cuando uno sale de su país, se arriesga a vivir y trabajar en cualquier parte y, por no andar mendigando, uno acepta vivir así”, afirma mientras señala uno de los 6 baños que deben compartir entre todos. “Usted vea, casi todas las que vivimos aquí somos mujeres y vinimos a Chile solas o con nuestros hijos”.

Del total de migrantes que llegan a Chile, el 48,1% corresponde a hombres y el 51,9% a mujeres. Suriely pertenece al 23% de extranjeras que viven en nuestro país en situación de pobreza multidimensional; con precario acceso a la salud, la educación, la vivienda y el trabajo. Es decir, mujeres que a pesar de tener un empleo, sufren carencias que las obligan a vivir en contextos de pobreza.

“El trabajo es un tema complicado para nosotras, ahora estoy en una distribuidora donde la mayoría de los empleados son mujeres extranjeras. Mi contrato dice que trabajo 8 horas y si hago 10 no me las pagan y eso es muy humillante. Como el chileno no trabaja por 300 lucas y nosotras venimos con muchas necesidades y sin papeles, se aprovechan”, continúa.

El director social del Servicio Jesuita a Migrantes, Pablo Valenzuela, analiza lo que él define como un cruce de vulneraciones. “Las mujeres tienen un mayor riesgo de exclusión que los hombres: una podría ser de género, al hacerse cargo de responsabilidades que los hombres no asumen, como la crianza de los hijos, y otra, por ser migrante, que se refleja en la precariedad de la vivienda, del trabajo, del acceso a la salud”.

DORMIR CON LOS OJOS ABIERTOS
El Censo de 2017 reveló la presencia de extranjeros viviendo en verdaderos “guetos” en Santiago. A partir de esto, en Estación Central, donde reside gran cantidad de población extranjera, se realizó un catastro especial de las propiedades que arriendan dormitorios, lo que permitió detectar que existen más de 100 casas con altos niveles de hacinamiento.

Suriely nos advierte: “Cuando uno llega a vivir acá, no te dejan preguntar cuánto pagan los otros arrendatarios, pero he averiguado que en algunas piezas pagan más de 100 mil pesos”. Al sumar el costo aproximado de las 54 habitaciones, el supuesto arrendador está obteniendo cerca de 5 millones 400 mil pesos mensuales por el subarriendo ilegal de la propiedad.

La falta de fiscalización está favoreciendo a propietarios que se aprovechan de la irregularidad migratoria para modificar propiedades y arrendarlas informalmente a precios muy altos. El alcalde de Estación Central, Rodrigo Delgado, precisa: “Con el catastro detectamos que en un kilómetro cuadrado de la comuna, hay más de 105 propiedades modificadas de manera ilegal, con hacinamiento importante, sin condiciones mínimas”.

“Vivir aquí es súper peligroso. Como en las noches hay mucho ruido, mucha fiesta, hay que dormir con los ojos abiertos. He sabido de hombres que se intentan meter a la pieza de mujeres que también están solas, entonces para cuidarnos, con algunas mujeres nos organizamos y, por ejemplo, compartimos el baño entre 4 o 5. Lo hacemos por turno y cuando lo terminamos de usar, lo dejamos limpio y trapeado.” cuenta Suriely.¿Por qué existen estos conventillos ilegales a vista y paciencia de todos? Para el alcalde, clausurarlos no es una solución: “Con eso vamos a generar problemas sanitarios peores porque vamos a tener gente en la calle o a migrantes aún más hacinados porque no encuentran piezas”, continúa Delgado.

90 MIL INMIGRANTES EN CONDICIONES MISERABLES
El centro de estudios de Techo-Chile, a partir de datos de la Casen, estimó que el 28% de los extranjeros viven en situación de hacinamiento en Santiago; esto significa que habría casi 90 mil migrantes viviendo en condiciones miserables, aceptando por necesidad la usura inmobiliaria, la inexistencia de garantías y la precariedad en la habitabilidad. Santiago Centro, Quilicura, Renca, Independencia y Estación Central, son algunas comunas donde se vive esta situación.

“Hay veces que me pregunto: ¿Si yo fuera chilena, me cobrarían lo mismo que pago por el arriendo? ¿O si yo fuera hombre, tendría que hacer turno para ir al baño? No lo creo, pero aquí nadie se preocupa de nadie”, afirma Suriely.
En la actualidad, los municipios no tienen la facultad para fiscalizar estos subarriendos. Sólo pueden ingresar a las propiedades cuando reciben una denuncia o en caso de incendio. Entonces, ¿quién fiscaliza el tema?

“El problema es que no existe la tipología de hospedaje en la dirección de obras o la normativa municipal para poder estandarizar estos hospedajes. Estuve en la Comisión de Vivienda del Senado y una de las cosas que pedimos es mayores atribuciones para que los municipios puedan fiscalizar”, comenta el alcalde de Estación Central. “También es necesario sincerar las cifras de déficit de vivienda y hacer programas más acordes al Chile que se viene. No podemos dejar la migración en manos del azar o el mercado. Hoy está en manos del mercado. Eso provoca que se recarguen comunas populares con poca infraestructura y que tienen pocos servicios”, finaliza.

EL LICEO
En 2011, el ministerio de Educación autorizó el receso temporal del liceo, realizando el último pago de subvención en febrero de ese año. Sin embargo, el sostenedor, la sociedad “Liceo Metropolitano S.A” nunca informó a la SEREMI el reinicio de actividades o el cierre definitivo del establecimiento educacional, quedando en tierra de nadie.

En 2014 se demolió parcialmente un segmento de la infraestructura. Hoy sabemos que las instalaciones que se mantuvieron en pie, desmanteladas, funcionan como subarriendo para más de 300 personas extranjeras, en su mayoría provenientes de Republica Dominicana y Haití.

Al ubicar al administrador de la construcción, averiguamos que él también vive en el cité, pero en una verdadera casa al interior del edificio, con rejas, patio y hasta un perro guardián que custodia su entrada. Una mujer haitiana que trabaja como su empleada doméstica, negó su presencia en múltiples ocasiones: “Juan no se encuentra”.
Suriely le paga el arriendo sagradamente el día 12 de cada mes: “Él vive de manera aislada de nosotros, su casa la tiene con rejas para que nadie pase. Si te fijas, su lado del patio está siempre limpio, no como el de nosotros que está a la intemperie”.

La que hoy es la pieza de Suriely era una bodega ubicada al lado de la cancha de babyfútbol donde jugaban los alumnos del liceo. Ahora es una estructura irregular surcada de cables hechizos que amenazan con la posibilidad de una sobrecarga de corriente. Suriely, al no tener carnet, no puede optar a ningún subsidio. “Ahora estoy ahorrando para poder sacar mis papeles”, sentencia.

Como gran parte de la población extranjera no puede cumplir con la exigencia de tener un aval o las garantías para lograr un arriendo, le preguntamos al ministerio de Vivienda qué planes ha implementado para evitar la usura inmobiliaria: “Desde fines del 2013, implementamos el Programa de Subsidio de Arriendo, que consiste en un aporte estatal para apoyar a familias o personas vulnerables”, señalaron.

“Como el ministerio de Vivienda no otorga subsidios especiales para extranjeros, la población migrante puede postular a un subsidio en condiciones similares a las de un chileno, siempre que cuente con su cédula de identidad para extranjeros vigente”, continúan.

La política ministerial del Minvu se manifiesta en sus cifras: el 4% de las 45 mil personas que postularon al subsidio eran extranjeros. De los 31 mil beneficiados por el programa, sólo el 2% fueron migrantes, poco más de mil personas. “Lo mismo les pasaba a las otras chicas de aquí, ninguna podía optar a ningún beneficio porque no estábamos regulares, no teníamos papeles que nos avalaran”, cuenta Suriely.

Para Pablo Valenzuela, director social del Servicio Jesuita a Migrantes, la brújula debería apuntar a los Derechos Humanos: “La desregularización en la vivienda ha cobrado vidas. Hay gente que está muriendo hacinada, por hipotermia, por inhalación de monóxido de carbono, por falta de fiscalización. Lo más injusto es que afecta mucho más a las mujeres, porque como ellas se están haciendo cargo de los niños, no pueden acceder a un trabajo que además acredite su situación para postular a la residencia definitiva”.

“La población migrante hoy está siendo gravemente vulnerada en sus derechos. Como no hay ninguna capacidad de intervención de los municipios, que están amarrados de pies y manos para fiscalizar, arrendatarios inescrupulosos se están aprovechando del espacio de desregularización que hoy existe en el país”, finaliza.

De súbito golpean la puerta de Suriely, quien nos pide que nos ocultemos y que guardemos silencio.
-Ya viene llegando Juan, el administrador, mejor que se vayan, muchachos.
La noche cae sobre Estación Central y con ella vuelven los turnos para dormir en las camas y usar el baño