En su columna de este domingo, el abogado y rector de la UDP, Carlos Peña, aborda la nueva polémica que marcó al gobierno de Sebastián Piñera durante la semana: el viaje del ministro de Hacienda, Felipe Larraín,al Alumni Day de la universidad de Harvard (Boston), entre el 11 y 16 de abril pasado, cuyo costo fue asumido por la Subsecretaría de su cartera.

Si bien Larraín anunció que el viernes pasado reembolsó parte del gasto, Peña insiste en que dicha acción aumenta la incertidumbre respecto a su viaje: “Porque, una de dos: o Larraín tenía derecho a que el Estado pagara su viaje -en cuyo caso no debe devolver nada-, o su viaje era privado -en cuyo caso debe devolverlo todo-. Así, entonces, el reembolso parcial de este viernes deja en el aire la pregunta: ¿Qué explica que un ministro -que, a juzgar por su declaración de patrimonio, no tiene problemas de dinero- haya empleado recursos públicos para asistir a una reunión de ex alumnos de Harvard?”.

Lo que le ocurrió a Larraín, según Peña, “es, simplemente, una desorientación radical que suele afectar a alguna gente de la derecha y al piñerismo (…) Así, lo más probable es que una personalidad como Larraín, perteneciente a un grupo que por generaciones ha sido dominador y nunca dominado, sienta que el mundo es casi una extensión de sus redes y de su familia, de sus amigos, algo que se maneja con simple desplante. Es el problema del piñerismo: ser un conjunto de personas unidas no por sus ideas, ideologías y programas, sino por ese habitus de clase real o impostado”.

“Lo que ha ocurrido entonces es que Larraín creyó que su condición de ex alumno de Harvard, sus vínculos familísticos y todos los cargos posteriores que ha recibido se fundían en una sola cosa: su personalidad, y atendido que exhibirla fuera de Chile acarrearía -¡cómo no!, piensa Larraín- prestigio para el país”, profundiza Peña.

Por último, el columnista expone que lo verdaderamente preocupante de la situación es el “malentendido vital y social” del piñerismo y sus practicantes, que “consiste en creer -de manera inconsciente- que la propia personalidad, el desplante y la trayectoria familiar es suficiente para alcanzar la confianza ciudadana ¿Qué se creerán -debió pensar Larraín- estos periodistas, esta gente que me cuestiona? ¿Acaso no sabe quién soy, dónde me eduqué, la parroquia en la que rezo, los amigos que tengo, todos los cuales certifican mi honestidad?.

De esta forma, a ojos de Peña, Larraín “de pronto pasó de ex alumno de Harvard a parecer un simple pícaro”.