Los Boston Celtics de Brad Stevens le infligieron el domingo una derrota de veinticinco puntos de diferencia (108-83) a los Cleveland Cavaliers en el primer partido de las finales de la Conferencia este de la NBA, un distrito que desde hace casi una década es propiedad absoluta de Lebron James.

A los 41 años, una edad longeva para el atleta, pero adolescente para los coaches, Stevens ha llevado a unos jovencísimos Celtics a su segunda final de Conferencia consecutiva a pesar de las ausencias por lesión de las dos máximas figuras del equipo, Kyrie Irving y Gordon Hayward, lo que según muchos ya lo coloca como el mejor entrenador de la liga en la actualidad, por encima incluso de Greg Popovich o Steve Kerr.

Para el enfrentamiento inicial de la serie, Stevens sacó del quinteto inicial a su pívot Aaron Baynes, movió nuevamente al dominicano Al Horford a la posición de interior e introdujo en la formación titular al robusto Marcus Morris con la misión expresa de detener a Lebron. La estrategia, visto lo visto, le funcionó de maravillas. No importa que estos nombres y esos cambios no nos digan nada, se trata de los pequeños ajustes que convierten al baloncesto en un tablero de ajedrez.

En 36 minutos de juego James sumó una línea ofensiva de 15 puntos, siete rebotes y nueve asistencias. No es poca cosa. Es casi un triple doble, números que cualquier jugador firmaría sin dudar, pero que para Lebron son calderilla, puesto que también acumuló siete pérdidas de balón. Stephen A. Smith, comentarista televisivo de ESPN, llegó a decir en su reporte de turno que Lebron prácticamente no existió en este juego uno. Que alguien eterno haya dejado de existir por una noche merece francamente una mención ante las cámaras.

Sin embargo, aquí viene lo importante. No se trata de que la astucia haya detenido a la fuerza. En la conferencia de prensa posterior al partido, casi una hora después del pitazo final, Lebron recordó con lujo de detalles, secuencia tras secuencia, en un ejercicio de precisión que asombró a más de un entendido en el asunto, cada movimiento y cada error cometido por su equipo y por él mismo en el parcial de 7-0 a favor de los Celtics que hundió las esperanzas de remontada de Cleveland apenas comenzado el último cuarto, luego de que hubiesen logrado acercarse en el marcador y cerrar el tercer parcial con el ánimo colectivo a la altura de Yao Ming.

Es decir, Lebron paladea la derrota. Entiende el fracaso como un desperfecto que primero se soluciona en la memoria. La experiencia vital de un hombre que lleva quince años desandando las canchas de la NBA siempre al más alto nivel, que acumula siete finales consecutivas y más de treinta mil puntos anotados a la cabalística edad de 33
años, la edad de Cristo y de Alejandro, cubre de antemano todas las posibles variantes que al día de hoy puedan darse sobre la cancha. Lebron tiene la inteligencia del cuerpo, la erudición del músculo, y el poderío ágil del pensamiento.

Es este el único atlas que, en vez de aplastar, apuñala. Su anatomía parece diseñada sobre todo para demoler, pero resulta encomiable que Lebron haya decidido, en algún momento, convertirse también en lo que hoy es. Tijera filosa sobre el telar de la cancha que corta y zurce retazos y termina entallando a su medida la vestimenta súbita del
baloncesto.

Es un sastre concienzudo en labores de alta costura. Si no bastara con llevar a buen término el talento propio, Lebron se aplica también en tareas para las que nuestro ojo convencional no lo creía posible. Es un cervatillo de más de dos metros y doscientas cincuenta libras de peso.

Lo vemos enfilar el aro desde la línea perimetral, ponerse el canastro entre ceja y ceja, ingresar por la vía recta, a través del descampado que abre siempre en el espacio el recorrido de un animal superior, y descargar su inyección contra la tabla. En medio de la pintura comprime al rival y lo mete en un puño, luego pivotea, da su característico paso atrás, flota lánguidamente y encesta.

Esa canasta es francamente intraducible, de una extraña belleza que no se debe en demasía a ninguna de las partes, los pasos específicos previos a la anotación, pero que tampoco podría prescindir de ninguno de estos movimientos sencillos y espléndidos. Descoyuntado el todo, sus piezas separadas no significarían nada. Es la danza antigua del hombre ante un reto que nadie más que él mismo se ha exigido.

Hace poco más de una semana, en el tercer partido de las semifinales de conferencia ante Toronto Raptors, con el marcador empatado y ocho segundos para el final, Lebron manejó el balón desde el fondo de la cancha, incluso con cierta parsimonia, guiándose únicamente por el reloj suizo que hay en su cabeza, se fue a la izquierda, como medio
mundo sabía que iba a hacer, y completó una jugada desconcertante e inédita, pero errática, e incluso no aconsejable, si se lee dentro de cualquier esquema previo o posterior. “No intentan hacer eso en sus casas”, dijo luego en la conferencia de prensa, “podría resultar peligroso”.

No dio el paso de retirada, no buscó una posición cómoda, no se desmarcó del rival, no penetró a la pintura ni atacó con ímpetu, sino que se alzó desde el lateral, un punto intermedio de escaso ángulo, y con la derecha enfundada en una media negra, suspendido sobre OG Anunoby, la ciudad de Cleveland, el estado de Ohio, y sobre los
Estados Unidos en pleno, metió contra la tabla un tiro de dos puntos para el que no podía haber defensa posible porque el lanzamiento provenía desde un sitio inédito de la cancha, que nadie con anterioridad sabía que existía, un sitio recién inventado por Lebron. Nueve décimas de segundos fue el tiempo justo del recorrido del balón en el aire detenido.

Si alguien quiere entender el desajuste de sentidos que puede provocar una jugada de este tipo, el quiebre lógico que semejante artefacto produce incluso en la imaginación no ya de los espectadores, sino de atletas con categoría de All Stars dentro de la liga, solo tiene que buscar la cara de perplejidad y desamparo que se le quedó a Kyle Lowry tras la canasta y el sonido de la chicharra.

Fue el segundo buzzer-beater de Lebron en esta postemporada 2018, pues ya había sentenciado a los aguerridos Indiana Pacers en el quinto juego de la primera ronda luego de una tapa contra el acrílico y un triple fulminante inmediatamente después.

La comparación con Michael Jordan cobra cada vez más fuerza y ya no parece en absoluto, como hace un par de años atrás, una imposición prematura de la prensa especializada, sino un dilema razonable, de peso, que por otra parte no vale la pena resolver. Habrá un punto donde, afortunadamente, tal cosa no podrá definirse jamás.

Según nuestras filias como aficionados, si queremos meternos en esa disputa, podemos quedarnos solo con un puñado de estadísticas o de momentos, escoger los que nos sirvan, y a partir de ahí decir por qué Jordan es mejor, o podemos hacer lo mismo al revés y luego irnos a dormir tranquilos. Ese tipo de cuentas (la emoción es un
sesgo, pero es el único sesgo que vale la pena) se sacan todos los días. Podemos armar nuestro propio análisis y nuestro propio convencimiento, porque estos tipos nos lo van a permitir.

Los dioses del juego, si queremos creer únicamente en ellos, nos van a proveer los argumentos para que entonces creamos únicamente en ellos, pero lo que sí resulta un hecho es que Lebron ha logrado lo que parecía imposible después del retiro de Jordan: que la NBA esté dejando atrás el monoteísmo. En un intento pobre de interpretar el baloncesto a través del lenguaje universal del futbol, algunos viejos rockeros incubados en el culto exclusivo a Jordan argumentan que el 23 de Chicago es Messi y el 23 de Cleveland es Cristiano Ronaldo, o que Jordan es la poesía o la magia y Lebron la eficiencia y el despliegue atlético.

Decir que Lebron es apenas como Cristiano no es correcto, puesto que Lebron es Cristiano, es Messi y es Beckenbauer, todo eso junto. Incluso a veces, si se le da la gana, es Ronaldinho, aunque es cierto que en la interpretación de Dinho, sea lo que sea que esto signifique, es donde único Jordan le podría vencer con cierto margen.

Además, para mi gusto, Lebron escora hacia la estrella polar de Alí (no es Alí, desde luego, porque nadie puede ser Alí), mientras que Jordan es de la estirpe de los Pelé, de los Platini, de los O.J. Simpson, de los Jordan.

No se puede leer a Lebron James a través de un lenguaje que no sea el suyo propio porque, por ejemplo, no puede haber ni ha habido nunca un futbolista que sea un carrilero top, un central top, un nueve top, un diez top, y un extremo top, y eso es justamente lo que Lebron es. Un día, si quiere, puede ser el que más anota, y si un día quiere dedicarse a asistir, pues asiste más que nadie, y así. Por otra parte, independientemente de que la etiqueta de lo “poético” siempre debería hacernos sacar el revólver, creer que únicamente Jordan sería “poético”, y que Lebron no, es tener una idea bien reducida y pacata de la poesía.

Bruno Altieri, columnista de ESPN Deportes, ha dicho lo siguiente: “”Magic Johnson fue el jugador más divertido de la historia del básquetbol. Bill Russel el más ganador. Lebron James el más completo. Pero Michael Jordan… Michael Jordan fue el mejor de todos.”

Y también ha dicho esto: “No se trata de ser el mejor, que sería una opinión completamente subjetiva, sino de poder ver la realidad sin tanto maquillaje: nadie pudo hacer tantas cosas dentro de una cancha como LeBron James, capaz de tener la motricidad fina de un relojero y la potencia de un jugador de fútbol americano. Y todo esto a la absurda edad de 33 años. LeBron se postea contra los chicos, ataca a los grandes, defiende perimetrales, internos, juega encima del aro, corre la cancha en transición ofensiva y defensiva. Es el comodín soñado por cualquier entrenador”.

A su vez, el jugoso análisis sabermétrico que Kevin Pelton, también de ESPN, ha planteado recientemente en su artículo titulado “¿Lebron o Jordan? Cómo ‘El Rey’ reformula el debate de quién es el más grande de todos los tiempos”, concluye que “Jordan pudo haber sido mejor en su apogeo, pero James ha sumado la mejor carrera que hayamos visto en la historia de la NBA”.

Es la posición salomónica de los aficionados y especialistas que quieren entregarse a la riqueza del politeísmo. Jordan ganó cada una de sus seis finales. Lebron ha perdido cinco de ocho, pero en tres de esas derrotas tuvo un performance, según Pelton, más efectivo o completo que los que tuvo Jordan en la obtención de sus míticos anillos. Esto lo digo no ya por Jordan o Lebron, sino sobre todo para relativizar las ideas rotundas, totalitarias, que solemos tener sobre el fracaso y la victoria. ¿Qué son, qué deben ser, cómo se miden?

Recuerdo que durante las finales de 2015 de la NBA, entre Cleveland y Golden State Warriors, Lebron sabía de antemano que iba a perder. Todo el tiempo hizo silencio, y la tranquilidad con la que se fue zambullendo en la derrota, anotando cuarenta puntos en casi cada choque, sabiendo además que no iban a servir para nada, me pareció de una sabiduría y un estoicismo lacerantes.

Ese es el tipo de buzzer-beater, superior a todos los buzzer-beater posibles, que tendríamos que anotar de tanto en tanto en la cancha particular donde uno viene a ser, con apenas nueve décimas de segundos en el reloj de la cabeza, el eterno rival, el único jugador franquicia y el espectador sagrado de sí mismo.