Ya son 20 las universidades chilenas que tienen facultades tomadas por el actual movimiento feminista. No se trata de una pataleta, como algunos hombres quisieran creer. De hecho, las jóvenes movilizadas parecen dispuestas a patear para que nadie las acuse de patalear. No aceptan seguir siendo tratadas como minoría cuando según el último censo son 370.000 más que los hombres. De todos los movimientos sociales que han emergido en los últimos años, es sin duda el más abarcador. Ni los estudiantes ni los viejos tienen una audiencia de estas dimensiones. Atraviesa todas las ideologías políticas conocidas hasta hoy. La ministra del Sernam y militante de la UDI, Isabel Pla, declaró: “La movilización es una expresión del Chile moderno que no tolera discriminación y que exige equidad de género”. Y en una entrevista que yo mismo le hice a uno de los fundadores de Revolución Democrática, el diputado Miguel Crispi, le pregunté cuál era hoy la principal causa de la izquierda, y me respondió: “el feminismo”.

Políticamente hablando, se trata en Chile de una causa más que centenaria: en 1875 un grupo de mujeres quiso votar en San Felipe y no las dejaron hacerlo, sólo en 1949 accedieron al voto político pleno y recién el 2006 es elegida la primera mujer Presidenta de la República: Michelle Bachelet. A estas alturas, sin embargo, parecen no bastar los logros del pasado, porque lo que falta en el ámbito del poder sigue siendo escandaloso: hay 305 alcaldes y 41 alcaldesas; de los 81 presidentes que ha tenido la Corte Suprema en la historia de Chile, ninguno ha sido mujer; nunca una mujer ha llegado al grado máximo en el ejército ni en la fuerza aérea ni en la armada y sólo una en el cuerpo de carabineros. En lo que respecta a la economía, tampoco las contenta que la fuerza laboral femenina haya subido un 14,3% en los últimos veinte años, porque solo un 35% del total de la fuerza laboral es femenina, y eso que “10 puntos más de participación laboral de las mujeres generarían de una vez un aumento del PIB en unos 5 puntos porcentuales”, según la economista Andrea Repetto. Todavía reciben en promedio un 32% menos de sueldo, o sea, para ganar en un año lo mismo que un hombre deben trabajar 6 meses más que él. En 2009 se aprobó la ley de igualdad salarial, pero no ha tenido ningún efecto práctico. En los directorios de las empresas, solo un 9% de sus miembros son mujeres y un 13% de los cargos directivos son para ellas, pero ni una sola es gerenta general o preside el directorio de alguna de las 40 empresas con mayor presencia accionaria en la bolsa. (El corrector de mi mac me dice que no existe la palabra “gerenta”). Para abundar su rabia, las mujeres que tienen un trabajo remunerado dedican el doble de horas al trabajo doméstico que los hombres.

Si de cifras de abuso se trata, concluyamos con las que a violencia física se refieren: hubo 42 femicidios en 2017 y el 31% de las víctimas efectuó al menos una denuncia de violencia ejercida por el agresor con aterioridad. Los femicidios frustrados fueron 112. El 75% de los menores abusados son niñas. El 21% de las chilenas –es decir, 1.884.120 mujeres- dicen haber sufrido violencia física, sicológica o sexual al interior de su familia y 9 de cada 10 mujeres han sido víctimas de acoso callejero. No de piropos halagüeños ni de jugueteos cómplices, sino de hombres que ignorándolas se creyeron con el derecho de disponerlas a su amaño. (Estos datos provienen de Comunidad de Mujer).

Lo más parecido que puede encontrarse a la causa por la igualdad entre los sexos, es la lucha por la no discriminación racial. Ambos desprecios están sustentados en una tradición de dominio que enarbola como argumento un cúmulo de ideas preconcebidas sin ningún sustento científico, pero de tal penetración cultural, que es tan difícil de arrancar como la mismísima piel. Quizás por eso las desesperadas nos quisieran eliminar (“¡Muerte al macho!”, rayan por las calles), y los más conservadores, al escuchar sus exigencias, se sienten desollar.