Cuando Ignacio Sánchez se despertó esa mañana, después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado, ante todo tumbado. Bajo él normalmente había un piso de cemento firme hecho de cardenales, nuncios y obispos. Pero ese piso había desaparecido. Sobre él estaba un aura metafísica, la santidad, la perfección de la clase, las aprobaciones del club oligárquico, la sencilla pronunciación del Vaticano. Todas esas eran sus pilares, las piernas con las que se levantaba cada mañana. Pero esa mañana las piernas eran patas y, siendo muchas y ridículamente pequeñas en comparación con el resto del tamaño de su misión, le vibraban desamparadas ante sus ojos atónitos.

«¿Qué nos ha ocurrido?», pensó.

No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, una computadora mostraba las tetas de una muchacha encapuchada, doble pecado, doble delito, como la libertad guiando al pueblo, pero esta vez por delante, obstruyendo al santo entre santos, al pecador entre pecadores, al defensor de los banqueros y sexópatas, a Juan Pablo II. Ella pastoreando
un rebaño infame, mientras él por detrás, marmóleo e inútil, pastorea un rebaño que empequeñece. Ella, guiando al pueblo, nublando la mirada ante el hombre que consideró al sexo un falso ídolo, el que procuró enormes cantidades en el tercer mundo negando toda legitimidad a los mecanismos de control de natalidad, él mismo que no persiguió, sino que protegió a los abusadores sexuales en la Iglesia. E Ignacio Sánchez, allí, observaba detrás de su computadora refulgente de brillos inútiles, el cuadro que hace poco le habían regalado, el óleo perfecto de un retrato de San Juan Pablo II, pintado como es debido, como es debido a un Rector.

La mirada de Ignacio se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo húmedo -se notaba mojado sobre la chapa del alféizar de la ventana- lo ponía muy melancólico.

«¿Qué pasaría -pensó- si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?»

Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado, pues ese lado estaba muy herido. Miró sus libros. Su colección de obras medievales, que sin expertiz alguna había alguna vez hojeado y leído en una imperdonable e inútil diagonal. Pero recordaba un pasaje donde un autor explicaba que ‘fémina’, aunque como palabra latina significaba “quien da de mamar”, había sido utilizada con una etimología falsa por la Iglesia inquisitorial, la que en su texto Malleus Maleficarum (Martillo de las Brujas), había señala que la etimología era la unión de las palabras “fe” y “menos”, por lo que la mujer era la que tenía una fe inferior, propia de un ser con un alma impura o inexistente. Ignacio Sánchez, incapaz de moverse a su derecha en esa fría mañana, pensaba qué sabias palabras tenía ese texto inquisitorial. Las brujas habían vuelto. Y ahora estaban en el mundo de él, en su propia y central casa, satanizando la tierra con sus semillas de maldad, con sus impudicias públicas, que dejaban en ridículo los errores y miserias de esos profesores que simplemente habían sucumbido a una tentación y que se habían purificado en la sabiduría.

«¡Dios mío! -pensó-. ¡Qué profesión tan dura he elegido! Los esfuerzos profesionales son mucho mayores que en cualquier sitio. ¡Que se vaya todo al diablo!» Estaba realmente dolido. Y claro, todo se había ido al diablo, literalmente.

«¡Dios del cielo!», pensó.

Eran las seis y media y las manecillas seguían tranquilamente hacia delante, ya había pasado incluso la media, eran ya casi las menos cuarto. Su teléfono sonó. Desde el Vaticano le informaban lo mismo que hacía unas horas: una Iglesia descabezada, el fin del ‘padrino’ del Vaticano (Sodano), el fin de la cúpula que lo sostuvo a él, que lo ha ‘reelegido’ (o ‘renominado’). Y mientras, en las calles, el objeto imposible de la Iglesia, el objeto incomprensible, el objeto inexistente pues se trata de un sujeto: la mujer. María la invisible de pronto, tetas al viento, manifiesta su objeción de conciencia. Y ante ello, el rebelde Sánchez solo puede convertirse en objetado, en macho impotente, en pastor sin rebaño, en estepa rusa llena de frío y provista de un par de cárceles silentes.

Al principio tenía la intención de levantarse tranquilamente y, sin ser molestado, vestirse y, sobre todo, desayunar, y después pensar en todo lo demás, porque en la cama, eso ya lo veía, no llegaría con sus cavilaciones a una conclusión sensata. Recordó que ya en varias ocasiones había sentido en la cama algún leve dolor, quizá producido por estar mal tumbado, dolor que al levantarse había resultado ser sólo fruto de su imaginación, y tenía
curiosidad por ver cómo se iban desvaneciendo paulatinamente esas ensoñaciones, imágenes, esas (esperaba) fantasías de hoy. No dudaba en absoluto de que el cambio de voz no era otra cosa que el síntoma de un buen resfriado, del exceso de trabajo, de esa tarea de ser profesor, pastor, sirviente del Vaticano, financiado por el Estado, hijo ilustre de una elite decadente, defensor de los Penta y su lumpenempresariado, defensor vehemente de la objeción de conciencia de aquellos que ocultaron (con esa misma conciencia) los abusos sexuales en la santa Iglesia chilena.

Sí, había despertado luego de un sueño intranquilo. Había tenido horribles ensoñaciones. Y no cabía duda, el frío lo atestiguaba, Dios (el Padre, pero también el Hijo y sin duda el Espíritu Santo) lo habían abandonado. Intentó dormir por el lado izquierdo. Pero desconocía donde quedaba.