Gina Haspel, con una dilatada carrera en la inteligencia estadounidense, se convirtió hoy en la primera mujer en dirigir la CIA, sorteando las sombras de su pasado vinculado a la práctica de torturas.

Su confirmación, aprobada hoy con 54 votos a favor y 45 en contra en el Senado, llega después de semanas de dudas y escrutinio por parte de los senadores, quienes recelaban de su idoneidad para el puesto por haber participado en esos polémicos interrogatorios.

El nombramiento de Haspel se precipitó tras la salida del entonces secretario de Estado, Rex Tillerson, cuyo despido por parte del presidente Donald Trump motivó un baile de fichas en el Gabinete, al nombrar al exdirector de la CIA, Mike Pompeo, para dirigir la diplomacia estadounidense.

La dirección de Haspel supone un hito en la historia de la CIA ya que, por primera vez en sus 70 años de historia, la emblemática agencia de espionaje contará con una mujer al frente.

Haspel, que ejercía de mano derecha de Pompeo como subdirectora de la Agencia, cuenta con un perfil mucho más técnico que el de su exjefe puesto que, a diferencia de éste, a quien se le considera un personaje mucho más político, ella cuenta con una dilatada trayectoria en el mundo de la inteligencia.

Su dedicación le valió numerosos reconocimientos a su trayectoria profesional, como la medalla de Inteligencia al Mérito Civil o el premio George H.W. Bush a la Excelencia en Labores de Contraterrorismo.

En este sentido, su expediente es intachable.

“Ha demostrado ser una líder con una extraña habilidad para conseguir que las cosas sean hechas y para inspirar a aquellos que la rodean”, dijo de ella el propio Pompeo cuando la nombró subdirectora de la CIA, en febrero del año pasado.

Durante su larga trayectoria en la agencia, Haspel ha acumulado “una extensa trayectoria en el extranjero”, según un documento de la CIA al que ha tenido acceso Efe, y es precisamente aquí donde comienza la controversia.

Haspel trabajó durante 33 años como agente encubierto y solo en las últimas semanas la CIA ha divulgado el destino de algunas de sus misiones, en un esfuerzo de transparencia por lavar la imagen de la agente y cosechar el apoyo de una mayoría de senadores para su confirmación.

Por lo que más preocupación expresaron los senadores fue sobre el papel que Haspel jugó en 2002 cuando se encargó de supervisar una cárcel secreta que la CIA tenía en Tailandia y donde fueron interrogados dos sujetos acusados de pertenecer a Al Qaeda: Abu Zubaida y Abd al Rahim al Nashiri.

Abu Zubaida fue interrogado antes de que Haspel se hiciera cargo de la cárcel y fue sometido 83 veces a la técnica de ahogamiento simulado, que consiste en verter agua sobre el rostro cubierto con una tela para provocar la sensación de asfixia al interrogado.

Mientras tanto, con Haspel ya al frente de la cárcel de Tailandia, al Nashiri sufrió tres veces esa práctica, según informes hechos públicos por el Congreso.

La CIA cerró la prisión de Tailandia en 2002 y Haspel pasó a trabajar para José Rodríguez, director de los Servicios Clandestinos de la agencia de inteligencia.

En 2005, a petición de Haspel y sin el visto bueno de la Casa Blanca, Rodríguez ordenó la destrucción de las 92 cintas de video en las que se documentaron las torturas.

Ante estos episodios, la agente ha tenido que asegurar en diversas ocasiones a los legisladores que no volvería a respaldar una práctica similar estando al frente de la CIA, lo que dilató su confirmación final hasta hoy.

Haspel se enfrentó a una dura audiencia en el comité de Inteligencia del Senado, donde los demócratas trataron de arrancarle el compromiso de plantar cara al presidente Donald Trump si le pide reanudar el programa de torturas, tal y como prometió el gobernante durante la campaña para las elecciones de 2016.

“No creo que el presidente me pidiera eso”, llegó a decir Haspel para frustración de los demócratas.

Sin embargo, aseguró que “su código moral” es fuerte y que, si Trump le pone en esa disyuntiva, no reanudaría el programa de interrogatorios instaurado por el Gobierno de George W. Bush y en el que se incluían técnicas de ahogamiento simulado, humillaciones, privación de sueño y golpes.

“No permitiría a la CIA llevar a cabo ninguna actividad inmoral, incluso si fuera técnicamente legal, no lo permitiría. La CIA debe emprender actividades coherentes con los valores estadounidenses”, aseguró Haspel, quien reafirmó su compromiso con el “código moral más estricto” adoptado en los últimos años.

Las técnicas de tortura de la CIA fueron prohibidas en 2009 por el entonces presidente Barack Obama y el Congreso legisló en contra de esos métodos en 2015.