“Yo era de esos hombres que en el colegio (y en algunos casos bien avanzado en la Universidad, o sea, hasta hace no tanto tiempo) decía “que niñita” cuando quería reprochar a alguien su falta de arrojo, de los que trataba de “madres” con tono de insulto a los hinchas de la U, y de los que afirmaban con orgullo que no jugaría winning con mujeres, ni menos un partido de fútbol de verdad. Cuando me preguntaban qué hacia mi mama, respondía automáticamente “nada, es dueña de casa” porque no me daba cuenta que el trabajo reproductivo que realizaba día a día era el que nos permitía a los 4 hombres de la familia hacer con naturalidad nuestras actividades. Más de una vez me burlé del lenguaje inclusivo y en mi militancia política levanté el tono en muchas asambleas para imponer mi argumento, o miré el celular cuando una compañera hablaba. En una ocasión incluso, siendo ya diputado, inconcientemente ningunié a una compañera comentando con otro hombre que esperaba más de ella, pese a que en ese momento era estudiante, madre, trabajadora y además había asumido un cargo de responsabilidad política en nuestra organización. Nunca fui de decir piropos, pero en más de una oportunidad me sentí con la libertad de comentar en un espacio público sobre el cuerpo de una compañera sin su consentimiento.

Algunos creen que para ser machista hay que haber golpeado o acosado/abusado sexualmente a una mujer. Que el todo el resto son solo “pequeñas humillaciones” y que las feministas “le están dando color”. Yo creo que no, que nos están enseñando después de muchos muchos años de violencia naturalizada que tienen el mismo derecho a desplegarse en el mundo con libertad. Sin miedo. Humanamente diferentes pero socialmente iguales (como a principios de siglo ya afirmaba Rosa Luxemburgo). Y eso también es una lucha de poder.

Hoy soy conciente que ser hombre trae consigo una serie de privilegios que son sencillamente injustos. Y que por lo tanto ya no basta con solidarizar con nuestras compañeras que han liderado esta lucha, no basta con decir que apoyamos, ni declararse nominalmente feministas. Tenemos también, como hombres, que despercudirnos de nuestros privilegios que hemos heredado por el solo hecho de ser hombres. Y no va a ser fácil, pero creo que es la manera más honesta de hacernos parte, sin pretender una vez más ser protagonistas, de este cambio epocal que estamos viviendo.

Hoy entiendo el valor del trabajo reproductivo, juego fútbol con una amiga, creo que el acoso callejero es violencia y respeto el doble a mis compañeras de militancia. Y aunque creo haber avanzado, no tengo cara para decir que soy feminista con todo el machismo que aun vive conmigo. Pero me comprometo compañera, a dar lo mejor de mi para erradicarlo y poder acompañar en este momento histórico. En segunda fila, pero con la convicción y esperanza de que en estos tiempos se está jugando la posibilidad de un mundo más justo e igualitario.

Gracias por tanto a las mujeres que hoy están cambiando para siempre nuestra sociedad”.