No cabe duda de que se ha convertido en algo de “buen tono” el declararse feminista. En los últimos años prácticamente nadie se atreve a cuestionar que las exigencias de las mujeres deben de ser atendidas y satisfechas. Así, quienes llevamos años trabajando por el feminismo y en temas de teoría feminista no podemos sino sorprendernos de la cantidad de gente, incluidas personas “públicas” e intelectuales, que se apuntan cada día a la causa de las mujeres. Confieso que dicha sorpresa va acompañada –al menos en mi caso– de una buena dosis de escepticismo. Pues para muchas de ellas (sobre todo para muchos de ellos) el hecho de adherirse a la causa del feminismo conlleva inmediatamente el derecho a emitir juicios sobre el feminismo y el movimiento feminista como tal.

Así me ha pasado leyendo las declaraciones del escritor y premio Nobel Mario Vargas Llosa, quien hace unos días en Chile advertía de la existencia de un feminismo “autoritario” que sería necesario “combatir”. El juicio que se permite emitir Vargas Llosa –comprendo que para quien ha recibido el Nobel es difícil sustraerse a la tentación de emitir juicios– podría llevarnos a pensar que conoce el movimiento feminista y la teoría feminista de primera mano y que tiene los suficientes elementos de juicio como para dividir el feminismo en uno “bueno” y otro “malo”.

Personalmente, me inclino a pensar que de feminismo el señor Vargas Llosa saber, lo que se dice saber, sabe poquito; es más, me atrevería a decir que hay por su parte una voluntad no solo de ignorarlo, sino de vapulearlo. Al menos eso es lo que demuestra el artículo que publicó recientemente en el diario español El País titulado “Nuevas inquisiciones” (18.03) en el que se permite afirmar que “el feminismo es hoy el más resuelto enemigo de la literatura”. El motivo para esta sentencia tan destemplada, lo encontró Vargas Llosa en otro artículo publicado en el mismo diario unas semanas antes y cuya autora, Laura Freixas, se preguntaba qué hacer con una novela como Lolita de Nobokov (21.02). Con esa pregunta la escritora Freixas no estaba conjurando ninguna hoguera ni ninguna quema de libros, muy al contrario. Freixas responde a su interrogante afirmando con un rotundo “sí” que hay que leer Lolita “porque es una gran novela”, explica. Pero afirma igualmente que debe de ser “analizada” y “criticada”. Análisis que nos ayuda a “entender cómo el patriarcado manipula en su beneficio, y para nuestra desgracia, la cultura. Buscarle alternativas: leer y dar a leer otros textos, en vez de reproducir ad nauseam la visión patriarcal del mundo”.

La reacción del señor Vargas Llosa, que claramente reduce el muy recomendable artículo de la señora Freixas a una mera declaración de guerra, es sin duda un buen ejemplo de lo que señala la escritora española cuando afirma que “quienes defienden la legitimidad de representar artísticamente el mal, nunca reparan en el detalle de que el mal en cuestión suele ser el de los poderosos (varones, occidentales, blancos, de clase media o alta) contra los subalternos (mujeres, colonizados, de otras razas o pobres).” Y es por eso que me permito citar en extenso las palabras de Freixas, justamente para mostrar que la reacción de Vargas Llosa, ese “rasgarse las vestiduras” por la causa de la literatura, forma parte de esa actitud y mirada patriarcal que con tanto acierto denuncia Freixas. A quien, por cierto, Vargas Llosa en sus declaraciones en Chile ni siquiera nombra, reduciéndola a ser una feminista radical, olvidando que se trata de una escritora igual que él; olvido muy significativo, por otra parte.

¿Quizás podría hacer Vargas Llosa un esfuerzo e imaginar –tal y como sugiere Freixas– cómo se lee una novela de este tipo cuando se ha vivido esa terrible experiencia de la violación o la imposición de un deseo en la propia carne? Como ayuda para este ejercicio de imaginar otras perspectivas, me permito humildemente recomendar la lectura de un texto clásico del feminismo, Sexual Politics de Kate Millet que ya en 1970 señalaba hasta qué punto el sexo es política, es decir, relaciones de poder absolutamente patriarcales. Para mostrar dicha tesis, Millet se dedicó a analizar algunas de esas “grandes” obras literarias de autores como D.H. Lawrence, Henry Miller y Norman Mailer. Los resultados del análisis de Millet no dejan duda de que la literatura –como otros aspectos de la cultura– ha contribuido a establecer, forjar y mantener una imagen de la mujer que no atiende precisamente a las mujeres reales, al contrario, las olvida y las silencia. En sus páginas se habla de mujeres cuyos cuerpos (y almas) están (y deben estar) a disposición del varón y del uso que dichos varones hacen de ese “derecho”.

Reducir el valor de la literatura a ser una “contracorriente que se enfrenta a lo establecido” es ponerle una gran dosis de romanticismo tanto al valor de la literatura como al quehacer literario. La literatura, al igual que la filosofía, la historia, las ciencias naturales y sociales han sido no solo cómplices de una representación de lo “femenino” y de la “Mujer”, sino que han servido de medio para producir, reproducir y apuntalar la mayoría de los prejuicios y esclavitudes con las que lidiamos las mujeres desde hace siglos.

Su descripción de lo que es la literatura muestra además una mirada que no es sino el reflejo cegador de un fuego inquisitorial que no procede precisamente del feminismo radical sino de un patriarcado que, aunque se presenta como conciliador, no consigue esconder sus orejas y dientes de lobo. La diferencia es que ahora Caperucita no anda sola por el bosque, sino con muchas de sus hermanas. Esa sí que es una diferencia radical, señor Vargas, la de que las mujeres ahora nos hemos cansado de vernos en las miradas de los hombres y nos apoyamos entre nosotras, incluso si hay que matar al ángel en casa con Virgina Woolf.

*María Isabel Peña es Profesora Titular del Instituto de Filosofía de la Universidad Diego Portales.