Hay una señal estética, casi trivial, de la sicología de elite que el Papa atribuye al episcopado chileno: la atención y detalle que los obispos actuales ponen en sus vestimenFtas, luciendo uniformemente y en todo momento el cuello clergy, en otros momentos considerado señal de conservadurismo previo al espíritu del Concilio Vaticano Segundo, que dio la opción a los religiosos de abandonar sus hábitos para estar más cerca del “pueblo”.

Las costumbres estéticas son, sin embargo, apenas una señal de la transformación profunda que ha sufrido la Iglesia Católica Chilena, desde fines de los 70 y comienzos de los años 80, cuando asumió como Papa Juan Pablo Segundo, conservador y anticomunista; flanqueado en Chile por su embajador, el nuncio apostólico Ángelo Sodano (cuya amistad con Pinochet era conocida) y el cardenal Juan Francisco Fresno, quien reemplazó al cardenal Raúl Silva Henríquez como el líder de la iglesia local. Desde ese momento, según coinciden varios analistas consultados para este reportaje, comenzó una progresiva e irreversible marginación de sacerdotes y obispos que se habían distinguido en el pasado por su defensa de los derechos humanos y la cuestión social.

A esa Iglesia rindió homenaje Jorge Mario Bergoglio en la carta con que esperó a mediados de mayo a los 31 obispos en ejercicio chilenos y a tres eméritos. En ella mencionó a la Vicaría de la Solidaridad y a las iniciativas setenteras en favor del pueblo Mapuche, como ejemplos de la Iglesia ejemplar.

“Una Iglesia que supo dar ‘pelea’ cuando la dignidad de sus hijos no era respetada o simplemente, ninguneada (…) En momentos oscuros de la vida de su pueblo, la Iglesia en Chile tuvo la valentía profética no sólo de levantar la voz, sino también de convocar para crear espacios en defensa de hombres y mujeres por quienes el Señor le había encomendado velar; bien sabía que no se podía proclamar el mandato nuevo del amor sin promover mediante la justicia y la paz el verdadero crecimiento de cada persona”, dijo.

Sin embargo, sentenció el Papa, “duele constatar que, en este último periodo de la historia de la Iglesia chilena, esta inspiración profética perdió fuerza para dar lugar a lo que podríamos denominar una transformación en su centro. No sé qué fue primero, si la pérdida de fuerza profética dio lugar al cambio de centro o el cambio de centro llevó a la pérdida de la profecía que era tan característica en Ustedes. Lo que sí podemos observar es que la Iglesia (…) se volvió ella misma el centro de atención (…) Se ensimismó de tal forma que las consecuencias de todo este proceso tuvieron un precio muy elevado: su pecado se volvió el centro de atención. La dolorosa y vergonzosa constatación de abusos sexuales a menores, de abusos de poder y de conciencia por parte de ministros de la Iglesia, así como la forma en que estas situaciones han sido abordadas deja en evidencia este ‘cambio de centro eclesial’”.

Benito Baranda, director internacional de América Solidaria y ex director del Hogar de Cristo, coincide con el análisis de Bergoglio: “La llegada de Ángelo Sodano a Chile, en plena dictadura y el entorno que él arma, no sólo el de Karadima, da por inicio un emprobrecimiento social de la Iglesia. La Iglesia se encapsula y se debilita en sus redes sociales. Así nace la pérdida de confianza, que comienza lentamente, pero se acelera cuando las personas tienen más acceso, gracias a los medios de comunicación y a la labor periodística, a lo que les ha ocurrido a las personas abusadas por Karadima y por muchos otros hermanos sacerdotes. Esa conciencia, la está tomando ahora la Iglesia. Gente que antes decía: ‘No, están exagerando’, se está dando cuenta de lo que sucedió”.

Los representantes de la Iglesia chilena fueron fustigados todavía con otras expresiones papales, como aquello de que han sido permeados por la sicología de elite. “La psicología de elite o elitista termina generando dinámicas de división, separación, círculos cerrados que desembocan en espiritualidades narcisistas y autoritarias en las que, en lugar de evangelizar, lo importante es sentirse especial, diferente de los demás, dejando así en evidencia que ni Jesucristo ni los otros interesan verdaderamente. Mesianismo, elitismos, clericalismos, son todos sinónimos de perversión en el ser eclesial”, afirmó Francisco.

Y los obispos respondieron poniendo sus cargos a disposición del Papa, privando al Pontífice de la oportunidad de tomar la iniciativa y reconfigurar el episcopado chileno de acuerdo a un plan propio. De todos modos, en círculos laicales consultados, se espera al menos la destitución de los obispos más comprometidos con los abusos de Karadima y aquellos que ya estaban renunciados.

En capilla

Es decir, como mínimo, el Papa Francisco debiera reemplazar a los 5 que ya estaban renunciados por edad antes del cónclave en Roma, todos cabezas de arquidiócesis y episcopados muy importantes:

-El actual arzobispo de Santiago, cardenal Ricardo Ezzati (en el centro de las críticas por la indolencia de la Iglesia chilena frente a la multiplicidad de abusos sexuales y de poder).

-El arzobispo de Puerto Montt, Cristian Caro.

-El obispo de Valparaíso, Gonzalo Duarte.

-Y el Obispo de Rancagua, Alejandro Goic (quien habría sido una de las fuentes disidentes de información del Papa sobre el comportamiento de Juan Barros y que, sin embargo, se ve dañado a última hora por no haber actuado a tiempo en contra de una red de sacerdotes de Rancagua, acusados de abusos de menores y homosexualidad activa).

A esta lista se suma Valdivia, cuya sede estaba vacante, y el obispo de Melipilla, Cristián Contreras Villarroel, por problemas de salud y por las críticas que ha recibido por la pasividad con que procesó las primeras denuncias que recibió de la esposa de James Hamilton, sobre la conducta de Karadima.

Pero además, se espera que se tomen medidas en contra de los obispos más comprometidos en abusos o encubrimiento de los abusos más graves, como los cuatro obispos del círculo de mayor confianza de Karadima: el titular de Osorno, Juan Barros (que merece un capítulo aparte); el obispo auxiliar de Santiago, Andrés Arteaga; el de Linares, Tomislav Koljatic; el de Talca, Horacio Valenzuela, y el de Los Ángeles, Felipe Bacarezza.

Por distintas denuncias y comportamientos abusivos, aunque aún sin fallos judiciales o eclesiásticos, podrían ser removidos otros siete obispos.

Si la cirugía los incluyera a todos, la actual conferencia episcopal de sus actuales 31 miembros en ejercicio, quedaría reducida a 13.

Y es probable que en cuanto se mencione a alguien en cualquier nueva posición, se destapen nuevos secretos que puedan detener la medida, como ha estado ocurriendo en los últimos días a través de Facebook y Twitter.

Roberto Sánchez, analista eclesiástico, sostiene que en las últimas décadas, la Conferencia Episcopal perdió su conducción de cuerpo colegiado, “porque cada obispo se convirtió en el señor de su propio feudo”.

La huella de Barros

El Papa originalmente llamó “zurdos” y “tontos” a quienes creían las denuncias de complicidad con Karadima del obispo de Osorno, y repitió ese discurso en su visita a Chile enenero pasado. ¿Por qué cambió de opinión? Según las fuentes consultadas, habría cambiado de opinión al constatar la poca convocatoria que tuvo en las actividades que realizó aquí; la insistencia de los organizadores de ponerlo junto a Juan Barros y que opacó su mensaje, y el reproche que le hizo el cardenal de Boston, Sean Patrick O’Malley, por su manera de expresarse sobre las víctimas de Karadima. El Papa se encontró con O’Malley al abandonar Chile, en Lima. Éste, su principal asesor en esta materia, incluso criticó públicamente la conducta de Bergoglio. Sus palabras sobre Barros, dijo, fueron “fuente de gran dolor para los sobrevivientes de abuso sexual”.

Simultáneamente, el Papa habría recibido información sobre otras conductas de Barros, en su labor previa como obispo castrense, y que incluirían la acusación de un ex seminarista castrense sobre abusos sexuales. El afectado habría relatado su experiencia a un miembro de la Conferencia Episcopal el lunes 29 de enero de este año, motivado por la provocación del Papa, exigiendo que se le presentaran “pruebas” para acusar a Barros. Tal antecedente, según revelaron fuentes a condición de anonimato, habría estado entre los factores que convenció al Papa de enviar inmediatamente a Chile la comisión encabezada por el arzobispo de Malta, Charles Scicluna.

La investigación, como le recordó el Pontífice a los obispos chilenos, incluyó no solo acusaciones de abuso sexual o encubrimiento de tales conductas, sino que actitudes de abuso de poder.

Uno de los casos más reveladores a este respecto, lo entregó un presbítero iquiqueño, que contó la historia de terror que le tocó vivir desde la llegada de Barros como obispo a esa región entre 2000 y 2004. El sacerdote narró a Scicluna, según un documento reservado al que tuvimos acceso, que Barros le ofreció asumir una misión pastoral en “Alto Hospicio”, en un lugar donde no había parroquia, ni casa parroquial, ni lugar donde dormir. La misión que proponía Barros al sacerdote era que fundara por sus propios medios una comunidad eclesial, que construyera la parroquia y se buscara, sin recurso alguno, alguna manera de vivir. Como el sacerdote no aceptó, empezó a hostigarlo.

El denunciante vivía en una casa parroquial en la zona norte de Iquique, históricamente la más pobre, junto al párroco Pablo García, y a otro sacerdote, Javier Alís. Barros los lanzó a la calle, anunciándoles un viernes que debían dejar el recinto el domingo, porque ocuparía esa casa parroquial en otros fines.

Después de esos hechos, el párroco García abandonó el ministerio (estaba en crisis desde antes) y Alís se trasladó a Santiago, donde falleció en un extraño incidente. (La comunidad iquiqueña responsabilizó a Barros, por la forma en que lo marginó y lo hostigó y se estima que esa fue una de las razones por las cuales fue trasladado al obispado castrense).

El sacerdote relató a Scicluna que el hostigamiento en su contra continuó, desmantelando una comunidad de base que funcionaba en un sector pobrísimo de la ciudad, a la que él servía. Como la comunidad se organizó y levantó una sede alternativa, sin ayuda del episcopado, los documentos de los sacramentos celebrados allí se perdieron en gran parte cuando la feble estructura se desplomó. Barros bloqueó los trabajos y ascensos que el sacerdote obtuvo como capellán en la cárcel y le reprochaba que viviera en un departamento de su propiedad, en un barrio marginal, a pesar de que el episcopado no le proveía de recursos, ni le otorgaba lugar donde vivir. La animosidad del obispo en contra del sacerdote llegó al punto de negarle permiso para disfrutar de una beca que obtuvo para titularse como profesor de filosofía. A condición de anonimato, el denunciante revela que a Barros “no le gustaba la Iglesia comprometida con los más pobres”.

En su paso luego por la Vicaría castrense, el gobierno de Michelle Bachelet recibió quejas por su comportamiento ensimismado, en momentos en que empezaba a conocerse su rol en el caso Karadima. Jorge Burgos, entonces ministro de Defensa, dice que personalmente se empeñó en que lo cambiaran, “con el apoyo del canciller Heraldo Muñoz, que se lo planteó al nuncio. Se tuvo en cuenta el tiempo que llevaba Barros (más de diez años), su falta de convocatoria y legitimidad para ejercer un cargo tan importante. Él vivía muy encerrado en el obispado y ejercía una muy pobre labor pastoral”, dice y aclara que, no obstante, “no recibí ninguna denuncia de abuso sexual. Si así hubiera sido, lo hubiera denunciado”.

El Papa dijo a los obispos chilenos que “los problemas que hoy se viven dentro de la comunidad eclesial no se solucionan solamente abordando los casos concretos y reduciéndolos a remoción de personas; esto –y lo digo claramente- hay que hacerlo, pero no es suficiente, hay que ir más allá. Sería irresponsable de nuestra parte no ahondar en buscar las raíces y las estructuras que permitieron que estos acontecimientos concretos se sucedieran y perpetuasen (…) Las dolorosas situaciones acontecidas son indicadores de que algo en el cuerpo eclesial está mal. Debemos abordar los casos concretos y a su vez, con la misma intensidad, ir más hondo”.

Agregó que “urge generar dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial evitando cualquier tipo de mesianismo o psicología-espiritualidad de elite. Y, en concreto, por ejemplo, nos hará bien abrirnos más y trabajar conjuntamente con distintas instancias de la sociedad civil para promover una cultura anti-abusos del tipo que fuera”.

El problema, afirma Roberto Sánchez, es que las instituciones vaticanas encargadas de los nombramientos “están ocupadas por personas muy conservadoras”. Además, dicen otros, el Papa no conoce lo suficientemente la Iglesia chilena, para saber quién es quién. Hasta ahora, había confiado en la asesoría del actual nuncio, Ivo Scapolo, pero éste es otro de los funcionarios que probablemente tendrá que abandonar su puesto, pues se lo considera uno de los responsables de haber entregado información que llevó al Papa a apoyar a Barros en la primera etapa.

El problema del poder

Benito Baranda afirma que en su visita a Chile en febrero pasado, Scicluna se dio cuenta de que el problema de la Iglesia chilena va mucho más allá de las denuncias sobre abusos sexuales contra algunos obispos y sus encubridores. “Los testimonios que recoge permiten tomar conciencia (en el Vaticano) de lo que está viviendo hace mucho tiempo y que se refiere a la forma en que se está gobernando la Iglesia. La estructura que se generó, con Fresno un poco, pero después con dos Carlos Oviedo, que estuvo poquito, y que se afianzó con Errázuriz y Ezzati, es de mucho secretismo, muchas cosas que no se hablaban, de una autoridad no compartida, muy piramidal”, afirma.

“Cuando vino el Papa, algunas personas decían: ¡Qué pena lo de Barros! ¡Qué pena la visita que le tocó!, pero yo decía: Gracias a Dios que vino en este momento y detuvo los nombramientos que tenía seguramente pensados, las listas que tenía, pues está repensándolo todo, para reconfigurar la Iglesia. Lo que le pide el Vaticano es que todos renuncien. Y ahí él verá cómo arma nuevamente un equipo de obispos que permita trabajar por la evangelización y no por la carrera episcopal, por la defensa de un dogma, y por acorazarse para defenderse, sino por colaborar y comenzar a involucrarse en el mundo, como le corresponde a la Iglesia”.

El teólogo Mike Van Treek, quien fue marginado de la Facultad de Teología de la Universidad Católica, afirma que analistas internacionales se preguntan por qué la demora del Papa en aceptar ya algunas renuncias de obispos cuyo compromiso con los abusos está bien documentado. “Mi sospecha es que el caso Karadima y lo que ha aparecido en Rancagua, revela que hay grupos de sacerdotes que están organizados para tener una red de apoyo a su vida sexual disipada -que puede ser pastoralmente reprochable por falta a la obligación de castidad o porque constituye definitivamente delitos de abusos-. Entonces la remoción de un obispo y su reemplazo es muy complejo, pues hacerlo bien requiere tener conocimiento más subterráneo, del que él carece”.

Esta red de sacerdotes, dice el teólogo, actúa de manera concertada desde hace muchos años. “Errázuriz en su última carta, explicando por qué no atendió las denuncias de Karadima, dice que si decidía actuar tenía que enfrentar a un grupo de 30 sacerdotes o más en Santiago, que hacía lobby a su favor, y no era fácil, representaban un cuarto de los sacerdotes a su cargo. Dónde encuentras apoyo para avanzar en una diócesis así. Esto revela que el problema tiene muchos frentes e incluye la formación de los futuros curas”. Y qué decir de las aulas de la Facultad de Teología de la Universidad Católica, donde estudian los futuros sacerdotes y donde todavía ejercen como profesores cercanos a Karadima. “El papel de la Universidad Católica es central en la conformación de esta Igleisa: casi todos los cardenales que sucedieron a Silva Henríquez, fueron primero Gran Canciller de la Católica”, recuerda.

Los laicos, piensan los observadores, tendrán que involucrarse. Benito Baranda, por ejemplo, ha recibido numerosos llamados de gente que apoya sus dichos, pero todavía está lejos de soñar con la reconstitución de una comunidad lo suficientemente fuerte como para incidir en el proceso de reconstitución. Juan Carlos Claret, líder de los laicos de Osorno, que han persistido en pedir la remoción de Barros, sostiene que los denunciantes han pagado un precio en pérdidas de fuente laboral, división familiar y otras penurias, pero cree que las comunidades deben reorganizarse, sin esperar a lo que haga el Papa Francisco.

Al cierre de esta edición, Bergoglio anunciaba que se reuniría con otras víctimas de abusos sexuales y de poder de Karadima, entre ellos sacerdotes. La comunidad Laica de Osorno declaró al respecto que Karadima formó “no solo obispos, sino 50 sacerdotes. De ellos, solo una porción se ha reconocido víctima de abuso sexual, de poder o de conciencia. ¿Qué pasa con los demás?”.

“Yo que el Papa me abocaría a nombrar rápidamente al arzobispo de Santiago y con eso marcaría una línea, una señal: esta es la línea que deseo para la Iglesia chilena, que se acerque a la Iglesia que desde el Concilio Vaticano Segundo hemos promovido”, urge Benito Baranda. Encontrar a esa persona es ahora el problema de Francisco.