ilustración por @benjailustrador

Ingenuos de La patria, así se llamó el regimiento de negros que en 1814 formó José Miguel Carrera para hacer frente a la invasión de las tropas del Virrey del Perú. En aquellas épocas los negros africanos de Chile eran el 12 % de la población, pero en Coquimbo era superior al 20% y en Santiago del 18%, cifras que harían temblar a los chilenos de hoy que están tan acongojados e infelices con lo que llaman la “invasión descontrolada” de haitianos que el gobierno de Sebastián Piñera se ha encargado en menos de dos meses de eliminar para la satisfacción de una gran mayoría de la población. El racismo contra los negros no es nada nuevo. Francisco Encina en su Historia de Chile, libro de texto en las escuelas chilenas hasta los años 70 habla de la “inferioridad física y moral del negro” cuya “eliminación fue un gran bien para la raza chilena”. Como consecuencia de esta actitud de siglos, Chile optó por desconocer la existencia de afrodescendientes en su población; por eso no hay ninguna ley que reconozca la etnia afrochilena ni se la considera en los censos de la población, por lo que no sabemos estadísticamente cuantos son ni dónde están ni cómo viven, tal y como ocurría con los pueblos originarios o etnias indígenas hasta hace algunos años, cosa que cambió con la promulgación en 1993 de la Ley Indígena que estableció nueve pueblos originarios reconocidos y que incluyó una pregunta en el censo sobre la pertenencia a uno de ellos. Ignorar a los afrodescendientes le ha valido a Chile una mención del Comité Para la Eliminación De La Discriminación Racial de Naciones Unidas (CERD) por no haber avanzado en materia de etnicidad pues “no cuenta con leyes o decretos que atiendan la situación específica de los afrodescendientes “.

El sentimiento anti negro estuvo oculto durante décadas; de niño recuerdo cuando llegaba algún buque de la armada de Estados Unidos con marineros de color y al salir de franco por las calles de Valparaíso y Viña muchos corrían tras de ellos llenos de asombro y curiosidad; algunos los tocaban para sentir su piel. Una especie de racismo “naif” ante lo desconocido fundado en la idea de que en Chile no existían los negros. Como nos enseñaban en la escuela con Encina, Chile era un país homogéneo de raza blanca europea.

Pero todo cambió con la ola de inmigrantes de los últimos años y la llegada de negros de carne y hueso procedentes de Haití. Los nuevos “Ingenuos de la Patria” del siglo XXI. Las redes sociales se llenaron de comentarios injuriosos hacia ellos: que eran sucios, que orinaban en la calle, que tenían malas costumbres, que no tenían educación, que eran delincuentes, que estábamos importando pobreza y miseria. Se inventó por sectores de extrema derecha que había una conspiración del gobierno de Bachelet para traer miles de haitianos y así ganar elecciones, que el Estado pagaba los pasajes y la estadía (U$2000 por cada uno), que sufríamos de una “invasión coordinada” de la cual la aerolínea Law era pieza clave. Otros expresaron su racismo de modo más piadoso denunciando el hacinamiento y la explotación laboral y un supuesto tráfico de personas. Hasta una resolución unánime hubo de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados exigiendo visas. Durante meses no se hablaba de otra cosa, concentrando los fuegos en los haitianos; sin decir, naturalmente ni una sola palabra sobre los venezolanos (blancos) que han ingresado en un número muy superior.

Hasta que llegó el Gobierno de Sebastián Piñera y por vía administrativa les cerró las fronteras a los negros concitando el aplauso de la mayoría de la población. Tal y como informó con orgullo el Canciller en el últimos meses sólo se han otorgado dos visados en la Embajada de Puerto Príncipe. A partir de ese momento las redes sociales y los políticos han entrado en zona de silencio; atrás quedó el clamor de una nueva ley de inmigración con urgencia inmediata y las historias de abusos a inmigrantes. Desgraciadamente, el racismo entre nuestros compatriotas es bastante transversal. Hoy el tema favorito de los medios, de las redes sociales y los políticos es la revolución feminista encabezada por jóvenes estudiantes de clase alta y media alta universitaria, que es, sin duda, justa y necesaria; pero además le permite a los autodenominados “progresistas”, que no han abierto la boca para condenar la discriminación contra los inmigrantes negros, sentirse bien.