Interpretaste a Fernando Karadima en la cinta “El Bosque de Karadima” el año 2015, ¿qué fue lo que más te llamó la atención mientras lo estudiabas?
-Yo te diría que más allá del rasgo de personalidad de Karadima, lo que más me impactó fue lo pobre del personaje. Cuando yo empecé a escucharlo, todos me hablaban de un señor carismático, que todo el mundo lo escuchaba. Yo me preguntaba: “¿éste es el señor carismático que todo el mundo escucha?”, “¿con este mensaje tan banal, tan pueril, tan soso?” Porque eran unas prédicas francamente, ni siquiera infantiles, eran carentes de todo contenido. Yo me preguntaba por qué alguien puede verse seducido por él. Esa fue mi primera impresión. Las predicas que tengo guardadas me parecen fomes, hasta medias tontas. En ese proceso lo que más me impactó fue acceder al expediente de la investigación canónica.

¿Qué te llamó la atención de ese expediente?
-Se puede comprobar que las denuncias estaban hechas en los tiempos correctos, y no lo que dice Errázuriz, otro mentiroso consuetudinario. Las víctimas denunciaron cuando tenían que hacerlo, el Arzobispado conocía sus denuncias y ellos las sepultaron. Entre esa maraña de burocracia y lenguaje retórico por supuesto la voz de tres chiquillos que habían sido abusados no tenía mucho donde agarrarse, de donde salir a la luz.

¿Qué te parece que hoy el tema de la cinta vuelva a estar tan vigente?
-Haciendo la cinta en algún minuto dije me voy a meter en un problema, yo sabía que la película era de denuncia. Pensé en algún minuto que esto podría tener un eco, pero no pensé que iba ocurrir tanto tiempo después. Son cosas interesantes, misteriosas, bonitamente misteriosas. Ahora que coincidí en Roma con Juan Carlos Cruz, le decía que esta podría ser la última escena de la película: cuando ustedes llegan a Roma y lo logran. Las denuncias que estuvieron silenciadas por tanto tiempo, que el mismo Hamilton también lo dijo muy elocuentemente: ‘el silenciamiento de las denuncias fue un doble crimen”. Es un camino doloroso en donde una y otra vez chocas con la moral. Y nadie te cree y las denuncias son tapadas, hasta que al final logran esto, que es como el final feliz de la película: se encuentran con el Papa, él los escucha, conversan y se destapa esto. Es loco, porque el capítulo final de la película mira todo el tiempo después que se escribió.

En perspectiva, ¿qué te parece haber sido parte de trabajo como éste?
-Imagínate lo superficial que puede ser eso. Las víctimas vienen de mucho antes con este dolor. Lo de ellos es absolutamente incomparable a lo superficial que viví yo como actor. Pero qué bueno asistir como parte de esta historia. Aunque sea muy anexa. Qué bueno ver cómo se han desencadenado las cosas. No sé el impacto que se genera en el mundo con las películas de denuncia. Afortunadamente, acá si se logró un cambio y es interesante lo que pasa en la película contrastada con hoy. Qué bueno que Matías Lira la haya hecho. Tuvo un eco interesante en un tema súper complejo.

¿Qué juicios tenías en torno al personaje cuando te tocó interpretarlo?
-Si bien yo al momento de interpretar a un personaje no podía hacer un juicio, como persona sí tengo un juicio sobre él. Es una persona totalmente enferma, absolutamente. Él es el síntoma de una sociedad, de una forma de hacer las cosas en una sociedad, el síntoma de una institución que se quedó pegada en el tiempo, de institución poco sintonizada.

Como han evolucionado los hechos hoy, ¿crees que la iglesia chilena sufra una transformación?
-No soy católico, pero me doy cuenta que en la Iglesia Católica hay gente valiosa, que nos enorgullece. Hay curas obreros, como Felipe Berríos, con el que puedes estar o no de acuerdo, pero que son curas sencillos, en conexión, que conectan la espiritualidad con su vocación social. Son verdaderos vehículos de expresión de una espiritualidad muy noble. Qué bueno sería que este tipo de personas fueran las que prevalecieran en esa institución.

¿Y qué te pareció el perdón de Ezzati y el mea culpa de la iglesia chilena con las nuevas acusaciones?
-Ezzati es una persona impresentable. Yo me pregunto cómo siguen siendo tan desubicados, tan poco sintonizados con el dolor de las personas. Uno de los señores de Osorno (el párroco de la catedral de Osorno, Bernardo Wert) decía que “son los fieles los que tienen que pedir disculpas”. De qué estamos hablando, estas personas han sido unos abusadores y mentirosos. Lindan con lo delictual.

¿Este podría ser un final alternativo de la cinta?
-Yo estoy muy contento desde ese día que me encontré con Juan Carlos. Fue muy emotivo. Me puse en su caso y dije que bueno que puedan tener este momento. Un premio a su tesón, a su valentía. Qué bueno que exista un final feliz para ellos. Que sabemos que no es feliz del todo, pero qué esperanzador saber que algo puede cambiar. Todo esta crisis no se podría haber concretado sin Murillo, Hamilton y Cruz. Los héroes de todo esto son estos tres cabros que tomaron esta bandera y pelearon y fueron tozudos y siguieron peleando. Hasta que lograron que la máxima autoridad de esta iglesia que a ellos los abusó y les quitó su dignidad en su momento, los escuchara. Yo encuentro realmente emocionante lo que pasó ahí.

¿Hay algún otro cura chileno que creas que merece ser retratado en el cine?
-Conozco pocos. Se me ocurre, ignorantemente, que debe haber un par de curas en poblaciones. Sería interesante hacer un retrato luminoso de la iglesia, no sólo oscuro. Ya sabemos que para hacer retratos oscuros no sólo tenemos un ejemplo, eso quedó comprobado. Como a mí me gusta la complejidad, me gustaría ver a un personaje con más matices. Pienso en Cristián Precht, que luego se ser un cura relevante en la lucha por los derechos humanos, se termina conociendo un lado oscuro. A mí como actor me interesan los clarososcuros. Pero sin duda me gustaría ver un ejemplo más edificante que lo que estamos acostumbrados.