Es rimü (otoño) en Curarrehue, comuna fronteriza de la región de la Araucanía. Por las tardes, el ruido de las motosierras y golpes de hacha se hacen sentir cuando el pueblo se cubre con el vaho de la leña que emerge desde los techos de zinc de las casas y se instala bajo la tiniebla de los cerros, aún con abundante bosque nativo.

Es temporada de castañas y un hongo llamado changle, que la gente sale a buscar al monte, donde entre hualles y coigües, se cruzan las parvás chillonas de loros trikawes. Los tonos de verde y cobre tapizan estos paisajes perpendiculares.

En uno de esos cerros vive José Loncopán, junto a su mujer, y a metros está la casa que le cedió a uno de sus hijos. El lugar se llama Huechulafquén y queda a algunos kilómetros del pueblo, camino a un sector llamado Huincapalihue. Loncopán es menudo, moreno y cuando habla su voz encierra la combinación del que luce calmo e insinúa tesón y fuerza. Tiene la palabra liviana y la frase breve, con el uso particular del diminutivo que emplean los campesinos mapuche.

Siempre ha vivido acá. Cerca de su casa se levanta un bosquete de hualles y coigües que él mismo plantó y conservó hace más de medio siglo. Durante tres décadas, hasta inicios de los 80, viajó a Argentina desde diciembre a mayo, a picar leña y despejar cerros, la misma faena que ejecutaba desde niño en Curarrehue, sin mayores herramientas, sólo con sus manos y brazos. “Comencé a vender leña a los 8 años. Iba solo al pueblo. Ayudaba a cuspear (labrar) los troncos y a los 15 años ya hombreaba (se echaba un durmiente al hombro) y lo sacaba al camino”, cuenta Loncopán mientras chupa un mate. A su lado, un adolescente juega con su celular. Es su nieto. Minutos antes le ha grabado algunas palabras en mapudungun a su abuelo, a modo de prueba. El hombre las ha pronunciado sonriendo levemente, como quien a hurtadillas enseña un tesoro.

El abuelo de Loncopán era oriundo de Calafquén pero fue desalojado por colonos y tropas chilenas, como muchas otras familias mapuche, que llegaron desde los valles hasta los winkul, las tierras altas, a fines del siglo XIX y principios del XX. Así se originó Curarrehue, que los mapunche (como pronuncia Loncopán y la gente de este sector) denominan Kura Rewe: Altar de Piedra.

“Antes el mapunche cuidaba la naturaleza y el bosque pero llegaron los chilenos y los colonos a barrer con todo para las siembras y el forraje; comenzaron a quemar y quemar”, recuerda. La corta de pellín, raulí, coigüe y hualle fue, por décadas, prácticamente el único trabajo en este lugar. La madera se usaba para durmientes, vigas y postes. También se explotaba el ulmo, el laurel y el mañío para muebles. El pewen (araucaria) se cortaba para fabricar terciados. Había tres aserraderos en la época en que Loncopán trabajaba con su padre. A centenares de kilómetros al oeste, en Carahue, cerca del terminal de buses, aún hoy es posible apreciar los motores de los aserraderos, mantenidos como vestigio de los años en que la selva era talada de forma implacable. Allí están, oscuros, oxidados, grafitiados, mientras por la carretera adyacente, la que llaman “Originaria”, pasan los camiones cargados con troncos de pino insigne y eucaliptus: la actualización del trabajo forestal. “Lamentablemente, de esa manera nos sacaron toda la madera. Se fue al extranjero. Hoy día queda puro renuevo. Menos mal que la naturaleza es porfiada y no pierde su fuerza”, comenta Loncopán.

Resiliencia mapuche

Pese al rigor laboral, a los 9 años, el hombre asistió a la escuela. La experiencia fue mezquina: “El profesor era la varilla. A mí me prohibieron mi idioma pero yo nunca dejé de hablarlo”, señala y acota: “estoy muy sentido de la enseñanza que nos daban los profesores winka. (El objetivo era) Que nosotros aprendiéramos a leer y escribir un poquito, para poder firmar. Después, de ahí, a trabajar y ayudarle al papá”.

Sin embargo, aquel niño tenía singular talento para el aprendizaje. Loncopán cuenta que lo premiaron al concluir el primer año por la rapidez con la que pasó el silabario Matte. “Me regalaron un par de pantalones y un abrelatas”, recuerda. “En poquito tiempo aprendí a leer, a sumar, multiplicar. Lo que no alcancé fue a dividir”.

Como la meta de los profesores era generar mano de obra barata, al año siguiente a los niños mapuche les dieron clases de… boxeo.

Con tal experiencia, resulta sorprendente que Loncopán no sólo haya preservado su lengua y cultura sino que, además, tenga el afán de difundirla superando el trauma de la precaria formación que recibió, sin rencores de ningún tipo. ¿Resiliencia mapuche? ¿Estirpe de kimche (sabio) o kimünche (encargado de transmitir el conocimiento mapuche)? “Mi forma era hablarle a quien quisiera saber del mapudungun. Nunca fui negativo para nadie. Es un idioma que nuestro dios dejó sin escribirlo, solamente para escuchar y guardar en la mente”, afirma. “A mí me sirvió muchísimo el nguillatun (rogativa). Hubo un tiempo en que estuvo prohibido hablar el castellano ahí. Mi papá era músico y lo seguí yo”. Así se encaminaba a varios lugares: Pucón, Menetúe, Koilako o Ketruleufu, camino a Caburga.
Loncopán también es un multiintrumentista: toca el clarín, la trutruka, la püfüllka y el nolkin, un instrumento cuya sonoridad evoca levemente a la gaita y que se confecciona desde un vegetal que lleva el mismo nombre. “Es una varilla hueca. Es una música que se sale a buscar a los cerros”, relata. “Hoy día cuesta encontrar ese instrumento en la cordillera. Se perdió. He recorrido días completos para encontrarlo”. Y luego indica, aproximando la causa: “ya no hay por la contaminación. Muchas cosas han desaparecido, como los remedios (lawen)”.

Como negándose a perder un instrumento que añora, ha fabricado un nolkin reemplazando la varilla por un trozo de manguera de regar. “Hasta por Santiago anda mi trabajo”, dice como restándose mérito. Horas antes de esta charla, Loncopán andaba por los mawiza (montes llenos de vegetación), cercanos a su casa, buscando ramas gruesas de avellano para confeccionar los woños, es decir, los palos del palin -la mal llamada chueca- para un equipo local: la tarea de preservador de la cultura es a tiempo completo.

Indio de mierda

Por desgracia, al igual que en otros parajes de la precordillera mapuche, en la última década, la gran cantidad de cursos de agua y el escarpado relieve de Curarrehue atrajeron los apetitos de empresas generadoras de hidroelectricidad. Uno de los conflictos más duros es el que dividió a una comunidad mapuche en el sector de Trankura, a unos 5 kilómetros del pueblo. En 2015, la empresa GTD Negocios SA logró la autorización del Sistema de Evaluación Ambiental regional para construir su central de pasada “Añihuerraqui” sobre el río Pichitrankura, vulnerando no sólo la oposición de la gente, manifestada en la consulta indígena (PCI) de agosto de 2014, sino todo lo relacionado con derechos y protección de pueblos originarios, señalado en el Convenio 169 de la OIT, y firmado por el Estado chileno en 2008. No ha sido el único caso. Tiempo antes, en el sector de Panqui, había hecho su estreno RP Global, la misma empresa austríaco-chilena que, en 2015, se vio involucrada en los luctuosos hechos de Tranguil, en la cordillera de Panguipulli, donde resultó muerta -en circunstancias aún no aclaradas- Macarena Valdés, pareja de Rubén Collío, werken de los comuneros que rechazaban el emprendimiento energético.

No obstante, Curarrehue también se ha configurado como un ejemplo de organizaciones productivas mapuche, orgullosas de su cultura y defensoras del territorio. La economía con identidad, encarnada en la Feria Walüng (verano) y otros grupos como Newen Pu Zomo (Fuerza de las Mujeres).

Mención aparte merece la Aldea Trawupeyüm (donde nos reunimos), ubicada tras la plaza, donde un centro cultural y un museo se complementan con una cocinería y talleres de orfebrería. Lo mapuche no sólo es historia si no presente activo. La esposa de Loncopán trabaja en la cocinería. A fines de los 90, el hombre había conocido a los profesionales de Servicio País, Tomás Sepúlveda y María Paz Miranda, artífices de la Aldea junto a algunas asociaciones mapuche. Con ellos, comenzó su labor pedagógica del mapudungun. “Les encantó cómo yo hablaba, me pedían formar grupos para enseñar cómo saludar, cómo presentarse, o llegar a un lugar”, cuenta.

En 2005, gracias a ese trabajo, un profesor lo llevó a la escuela Francisco Valdés Subercaseaux, el principal centro educacional de la comuna. “Yo pensé: Nuestro idioma se está perdiendo; nadie habla ya, ni siquiera en el nguillatun. Todo en castellano; los papás no le enseñan a los hijos. Pensé todo eso. Cómo va a ser tanto que se pierda. Yo tengo mi poco de conocimiento. Y me decidí a entregárselo a los niños. El profesor me dijo que iba a ser pagado. Y comencé”, rememora.

No llevaba dos semanas trabajando cuando dos niños se agarraron a combos. En un momento, uno le dijo al otro: “¡Indio de mierda!”, asunto que para Loncopán posee rasgos proverbiales. El profesor mapuche civilizando: “Yo me acerqué con un poco de temor, pensé a lo mejor me iban a retar. Pero les dije: ‘¿Por qué se tratan de indios? Acá no hay indios; ellos están en la India’. Además, les dije: ‘Ustedes también tiene sangre mapunche. Desde que llegaron los españoles, con todo ese desorden, violando y haciendo tantas barbaridades. Acá no hay ni winka ni mapuche puro. Estamos mezclados, así que agréguese a ese lugar, jovencito. Y convérsele a su papá. Él le va a contar lo mismo, si tiene ese conocimiento’. Desde ahí, nunca más he escuchado ese insulto porque lo primero que hago es decirles: ‘Mi idioma mapunche se los estoy entregando porque nos pertenece a todos: Mapunche, gringo o winka”.

Leyendo el territorio

Estuvo hasta 2015 haciendo clases de mapudungun en aquella escuela y se retiró porque estaba cansado. No bien se fue, inmediatamente lo llamaron desde un jardín infantil municipal en Catripulli, localidad ubicada a pocos kilómetros de Curarrehue, y de una escuela, en Loncovilo. Olvidó el cansancio y ha seguido en lo suyo: le hace clases a 35 niñas y niños de 1 a 6to. Básico, y en el jardín infantil trabaja con las parvularias. “Ellas me preguntan qué quiere decir tal cosa; si hay una zona que nombrar. Ellas escriben y luego trabajan con los niños”, dice. Todos provienen de sectores vecinos como San Luis, Huampoe, Catripulli y Loncofilo. Ejemplos de la abundante toponimia mapuche.

“Una vez, una señora me preguntó por qué entre Pucón y Villarrica hay tanto nombre mapunche, cada 100 metros (en los letreros camineros). Decía: ‘No se puede ni leer’. A lo que yo le respondí: ‘Son lugares nombrados por mapunche que vivieron ahí. Por eso dejó su nombre, cómo era el lugar. Por ejemplo, Huimpalai. Eso significa que la persona que llegó ahí no se halló. El vecino se dio cuenta, y quedó ese nombre; de alguien que llegó ahí y no le gustó, y se fue pa’ otro lado’. Loncopán cita otros ejemplos: Nawao (Nahuao) de nag wau, un pequeño chorro de agua que está cayendo; Cherilawen, lugar donde hay remedios; o Weinma (Huayma), algo se le olvidó.

La clase de Loncopán es para aprender la lengua y también la historia, los elementos naturales del territorio y los saberes de la antigüedad mapuche. “Los matrimonios eran muy sagrados”, ejemplifica. “Del agrado del padre tenía que ser la novia. Los hijos y las hijas desde muy chiquititos recibían el glam (consejo); cómo tenían que ser para llegar a norche (una persona correcta). Los hijos podían mandarse solos a los 25-30 años, antes no. Tenían que saber todo lo que es un hogar. Hoy día no saben ni picar leña, no saben el sufrimiento; se casan, y a los dos meses se separan. A esa parte quiero llegar con mi enseñanza en mapudungun pero un niño debiera tener 5to. año básico para hablarle de eso. Encuentro que es bueno que aprendan a respetar, a saludar bien, que puedan responder, dar su nombre, de qué lugar vino. Después, ya está listo para darle la responsabilidad que había antiguamente”.

– ¿Cuál es la reacción de los niños?

“He tenido la suerte que los chicos me reciben muy bien donde he ido. Ninguna diferencia. Creo que porque los profesores y la directora ya les anuncian que tienen que aprenderse el mapudungun, que es un ramo más. Yo llego y saludo a los pichikeche con cariño, entonces ellos me reciben igual y no pierden ese valor de cariño ante mí”.

Usa la música del nolkin, tanto para saludar como para despedirse. Al empiezo de las clases, como le dice al inicio del año escolar, realiza una rogativa. Al finalizar también. “Un agradecimiento a dios”, señala.

Ni el saludo

Loncopán trabaja dentro del programa de Educación Intercultural Bilingüe (PEIB). La denominación de su rol es materia de discusión… Existe la figura del “asesor cultural”, del “educador”, o del “educador tradicional”. No todos quienes laboran en el sistema se sienten cómodos con tal clasificación.

– Desde el PEIB el trato es de “asesor” ¿Por qué no “profesor”, derechamente?

– “Eso lo conversamos entre quienes trabajamos acá. Para llegar a ser profesor, tendrían que no cortar la hebra de los pagos. Que enero y febrero sea pagado”.

Cuenta que el pago es por hora: $13.000. Loncopán hace 10 horas semanales, lo que resulta en $150 mil pesos mensuales, aproximadamente, señala. Está contratado pero boletea. El sueldo del jardín en Catripulli le llega desde el Departamento de Educación Municipal de Curarrehue. El de la escuela de Loncofilo, desde el Departamento Provincial de Educación Cautín Sur, en Temuco. Es común que los educadores reciban su sueldo desde diversas fuentes.

Numerosos educadores se han enfrentado a las limitaciones de la escuela chilena. O a los anhelos de directivos y profesores que lo mapuche sea mero baile y prendas tradicionales. Que se folclorice lo mapuche. Para Loncopán esto es tan controversial como los alcances de una posible oficialización del mapudungun en la región. Comenta: “Hay un problema con el grafemario. Quieren poner una letra más en el alfabeto winka. Tenemos que enseñar cómo hablamos, no desde la escritura. Así estoy enseñando. Yo no uso los libros. Lo mío es oral. Si lo quieren escribir que lo hagan tal cual yo estoy hablando”.

“El mapunche no sólo sabía su lengua para sacar cuentas y para ver el desarrollo de las plantas; lo tenía todo en su mente. Entonces, me ha tocado enseñar no con wiriwe (lápiz). Siempre he pensado que a los mapunche nos dejaron en la tierra y en la tierra estamos. No como el winka que tiene plata y que no sabe qué hacer con esta, con tanta industria, contaminando el mundo entero. Lanzando cuestiones al aire. A lo mejor no piensa; tiene la vida asegurada por cuántos medicamentos pero ¿y las demás poblaciones?”, enjuicia.

A pesar de la mirada más bien generosa de Loncopán, la asimétrica relación entre el pueblo mapuche y el Estado y la sociedad chilena aflora, a cada tanto, en sus palabras. Un ejemplo es el despojo de conocimientos, una práctica que varios resienten, perpetrada por profesionales universitarios, periodistas y hasta turistas. Forasteros que llegan donde gente como Loncopán, graban sus palabras y luego se van, para llenar tesis y papers, y si te he visto no me acuerdo.

“Yo también he pasado por eso. Han venido a buscar información, se la llevan escrita y no me saludan más. Me ha dolido. Pasó una vez en la Aldea Trawupeyüm, cuando un chico que era guía turístico primero fue a la cocinería donde mi esposa, le tomó fotos, la entrevistó cómo se preparaba la comida y después comenzó conmigo. Con eso ahora está trabajando en la aldea. La información se la entregó a un familiar que también tiene cocinería en otro lugar. De primera, me sentí un poco mal pero luego dije: Que le sirva. Lo que no debo es ser egoísta con mi conocimiento”.

*José Loncopán prefirió que no le tomaran una fotografía para esta entrevista.