Hace más de 20 años escribí el libro “La verdad está enferma” y, después de los años transcurridos, estimo que la verdad está en gravedad extrema.

Estamos inmersos en medio de un Chile revuelto, agresivo y convulsionado. Sin temor a equivocarme -creo- estamos asistiendo a los restos desabridos de un banquete sucio en que la incertidumbre – el caos- ha tomado forma, cada día, de manera más alarmante, siendo rechazado por una mayoría silenciosa. Los gobiernos cojean, tropiezan permanentemente, en su cotidiano andar, porque se pierden en la dispersión, se alejan de la esencia y desnudan carencias, atados a nudos de sus propias biografías. En este cuadro, ya todo se pone en duda, han relegado, a un territorio lejano, la moral. Sigo convencido de mi historia, complacido de mi propia existencia y afirmando que el tiempo es justiciero y pondrá las cosas en su lugar. Continuo pensando: que es mejor la autoridad que la anarquía, el carácter que la indecisión, orden que seguridad, ingenio que candidez. No me gusta el pluralismo, precisamente, en materias de moral, porque los ha llevado al relativismo, a la destrucción de valores, deslizamiento inevitable hacia la anarquía, al libertinaje y la decadencia de las costumbres. La democracia impone al electorado, a través de cúpulas políticas; los candidatos por quienes debemos votar y, muchas veces, nos obligan a tener que elegir al menos malo. o anular el voto.

Este relativismo moral, ha llegado a un límite de no discernir entre el bien y el mal: con campañas anti valóricas, materialismo y consumismo incontrolable, el quiebre de la familia, el desorden público, movilizaciones que no siempre se justifican, una utilización de nuestras etnias mapuche en la Araucanía, en que la víctima cuenta menos que el victimario. La idea de que todo es igual: lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, que el alumno vale tanto como el maestro. Se fomenta y celebra el triunfo del depredador sobre el emprendedor.

Se habla mucho de la educación pública gratuita, pero mandan a sus hijos a colegios privados. Adoran la periferia, pero viven en La Dehesa. Se atienden en la Clínica Alemana o la Clínica Las Condes, pero no en Hospitales públicos con el AUGE ni con FONASA. Veranean en Zapallar y Cachagua, no en Cartagena.

Los fines de semana compran en el Parque Arauco o en el Alto Las Condes, no van al “Persa Biobío”.