El mapa político está desteñido, sus fronteras lucen desdibujadas, es cada vez más difícil saber a ciencia cierta en qué ideas se diferencian unos de otros. La derecha alaba la obra de la Concertación y se presenta como su continuadora, mientras la oposición se reúne en torno a personas —Bachelet, Atria, Pacheco— para, a partir de tartamudeos y frases sueltas, comenzar a formular un proyecto que todavía no existe. Eso que se llama “movimiento social” parece haberle pasado a las ideologías por encima como una ola de cloro. Son todos feministas, son todos demócratas, nadie es confesional, nadie está en contra del libre mercado, todos quieren mejores pensiones, unos y otros compiten por quién detesta más los abusos, y aunque algunos se declaran antineoliberales, no conozco a nadie que se presente como neoliberal. Está todo tan confuso, que hasta los comunistas se allanaron al sistema capitalista, ¿o acaso quieren estatizar los medios de producción? Para clarificar las cosas podría ser útil prohibirnos por un tiempo el uso de ciertos términos gastados, hoy convertidos en commodities, y sustituirlos por la definición que cada cual les prefiera dar. Sacar del discurso palabras como “equidad”, “feminismo”, “libertad” e incluso “democracia”, porque como a estas alturas son patrimonio de todos y las usan por igual los miembros de la UDI, RN, la DC, el PC o RD, para rearticular las diferencias, es decir, la sangre de la política, habría que partir renovando el lenguaje. Para pensar nuevas situaciones, nuevos conflictos y nuevas lineaciones, hay que comenzar por
apartar los lugares comunes, de lo contrario, la claridad se vuelve patrimonio de los extremistas como José Antonio Kast, y todo el resto entra en un pantano de sensaciones brumosas, donde el arte de la publicidad reemplaza a la política y las sensaciones a la razón. No es lo mismo la búsqueda de acuerdos que la igualación de los discursos. Tampoco es lo mismo la estabilidad que dan diferencias no antagónicas con la anulación de las sutilezas, sangre de la inteligencia y el conocimiento. Quizás se trate del fin de la historia, pero me cuesta creerlo. Tal vez sí el fin de una historia, y en ese caso habría que empezar a buscar las palabras para narrar y entender la que está comenzando.