El año 2011, Manuel Hervia fue acusado de haber abusado de nueve niñas de entre cinco y nueve años de edad en el hogar de menores donde residía. Aunque tuvo la oportunidad de defender su inocencia en diferentes medios de comunicación -incluido este pasquín-, sufrió la condena pública.

Tras dos años de investigación, la Fiscalía decidió no perseverar en el caso, luego de no haber podido acreditar la veracidad de los testimonios en su contra. La Iglesia hizo lo propio en 2016, cuando absolvió a Hervia y a la hermana Pablina Celedón, quien había sido sindicada como “coautora” de los abusos (ver entrevista).

Aunque ha recibido la petición de incontables periodistas, Hervia prefiere mantener un perfil bajo, como si aún estuviera cumpliendo una condena. Un googleo rápido basta para saber el porqué.

Mientras se inclina por guardar silencio, su nombre aún aparece en la lista de la ONG Bishop Accountability, publicada cuando el Papa Francisco visitó Chile para exponer los 78 prelados acusados de abusar a menores en el país.

TESTIGO
En 1992, Hervia habría presenciado un hecho que años después lo ubicaría en la mira de la esfera más importante de la iglesia local.

Dentro de una habitación del Arzobispado de La Serena, Hervia ha sostenido públicamente que encontró al entonces arzobispo de la región, monseñor Francisco José Cox, manteniendo relaciones sexuales con un joven. Con ello habría comprobado lo que era un secreto a voces en el arzobispado de la IV Región.

El obispo Carlos González Cruchaga, presidente de la Conferencia Episcopal de la época, fue puesto al tanto de la situación. El problema, dicen sacerdotes consultados, era el estatus de Cox. Su cercana relación con el excardenal Francisco Javier Errázuriz, a quien conoce desde temprana edad, le otorgaban una “protección desmedida”. Por algo, dicen, estuvo encargado de coordinar la visita del Papa Juan Pablo II en 1987.

Cox se mantuvo como arzobispo hasta 1997, año en que renunció a sus labores pastorales. En 2002 fue destinado a un convento schoenstattiano ubicado en Suiza. Su compañero de juventud, Francisco Javier Errázuriz, tuvo que salir a aclarar situaciones que calificó como “conductas impropias”.
Fueron las últimas palabras que le dedicaría.

VENDETTA
El nombre de Cox volvió a la palestra este año, luego de que un grupo de fieles de La Serena se manifestara para eliminar su nombre de una placa conmemorativa instalada en la Catedral de la ciudad.

“El caso Cox es una herida abierta en el corazón de la iglesia del norte (…) fue sacado por sus pares de Chile y estos años los ha vivido cómodamente protegido por su congregación religiosa en Europa”, apunta un sacerdote que por años se desempeñó en dicha ciudad, y que compartió con Cox durante largo tiempo.

Hervia, facultado nuevamente para ejercer su sacerdocio tras la suspensión que sufrió mientras se investigaban los supuestos abusos denunciados en su contra, aceptó un puesto de “capellán rotativo” por diferentes hospitales públicos de Santiago.

Actualmente, Hervia vive en la Casa del Clero, una residencia dependiente del Arzobispado donde convive con otros sacerdotes que se encuentran “de paso” o sin parroquia, como Cristián Precht.

Pero ni siquiera llegar a eso fue fácil. Según recuerda Pablina Celedón, nadie quería alojarlo cuando retornó a Santiago. La religiosa asegura que la instrucción de no acogerlo provenía desde las autoridades de la iglesia. Una especie de vendetta, dice otra fuente que lo conoció en esos años.

Según el abogado que representó a ambos durante el proceso penal, Chirstian Bouchette, Hervia “no era una figura eclesiástica que generara simpatía, al contrario, producía más antipatía que cariño”.

Desde su punto de vista, eso explica que la investigación canónica se extendiera por dos años más que la del Ministerio Público. “Al menos en esa época, Manuel no gozaba de ningún canal de amistad que hiciera el proceso un poco más dinámico”, sentencia Bouchette.

Por otro lado, clérigos ligados al Arzobispado sostienen que monseñor Charles Scicluna y el sacerdote español Jordi Bertomeu habrían preguntado por la situación de Hervia, así como la del resto de curas que habrían sufrido algún tipo de abuso por parte de Cox.

El objetivo del eventual encuentro, aseveran los consultados, sería que “se sepa los nombres de aquellos que protegieron al monseñor, que sabiendo de sus actos le permitieron hacer carrera en la Iglesia (…) no es posible que un sacerdote pedófilo y pederasta haya llegado a permanecer como arzobispo de la Serena durante siete años, ocupando altos cargos en el episcopado Chileno”.

Mientras, ya exculpado por la vía canónica y civil, Hervia continúa oficiando misas y extremaunciones por su cuenta en hospitales públicos de la capital. “Un paria de la curia”, como lo describe con discreción un compañero que lo ha acompañado en su camino.