Patricio, ¿cómo fue que terminó viviendo con monseñor Cox?
-Yo llegué a Vallendar, Alemania, en 2004, luego de haber sido electo para integrar el Consejo General de los de los Padres de Schoenstatt, congregación a la que ingresé a los 22 años. En 2002, Cox llegó a una de nuestras casas en Lucerna, Suiza. Cuando su salud empeoró, él llegó al monasterio de Schoenstatt en Vallendar.

¿Él permanece ahí?
-Sí. Y yo lo hice hasta 2014, cuando retorné a Chile. Ahora soy vice provincial de los Padres de Schoenstatt.
Una de las pocas cosas que se sabe hoy de Cox es que está en mal estado de salud. ¿Eso es efectivo?
Sí. Él tiene 85 años, y tiene un estado de salud bastante deteriorado. Tiene cáncer y, hasta donde yo pude verlo, también padece de demencia senil.

¿Qué tan avanzada está su demencia senil?
-Es algo que ha ido creciendo gradualmente. La última vez que estuve con él fue hace tres años y ya en ese entonces no se acordaba de muchas cosas. Estaba un poco perdido, preguntándose “¿dónde estoy?”. Lo del cáncer es más antiguo. Está siendo tratado hace al menos seis años.

¿Podría describir la convivencia con él?
-En su estado de deterioro, no era una convivencia normal.
Entonces, ¿él no estuvo al tanto de lo que ocurrió en Chile con la visita de monseñor Scicluna o Jordi Bartomeu?
No he estado con él ahora, pero me imagino que no. No creo que él capte todo eso.

¿Hay personas cuidando de él?
-Sí, sí, está bien atendido. Dentro de lo normal. Aunque ya no puede volver a Chile, ya que los médicos no lo dejan viajar.

Esa instrucción de no poder viajar, ¿vino por alguna eventual iniciativa de retorno a Chile?
-No, no. La intención era que se quedara ahí. Igual uno pregunta, pero nos dijeron que [Cox] debía quedarse ahí de todas maneras. Nunca se ha pensado en traerlo.

¿Por qué reside en un hogar de Schoenstatt?
-Lo que pasa es que como él es obispo, su caso pertenece a la Congregación para los Obispos. Y ellos nos pidieron como un favor que nosotros lo tuviéramos en nuestra casa, ya que había pertenecido a nuestra comunidad.

Cuando usted dice que él debía permanecer en su casa, ¿esto se debe a sus problemas de salud o a las denuncias por abuso en su contra?
-No lo sé exactamente… En realidad, la Congregación para los Obispos no sabía qué hacer con él. Nos pidieron esa ayuda y nosotros aceptamos, digamos. Pero cualquier caso de denuncia se canaliza a través de la Congregación para los Obispos, no a través nuestro.

¿No sabían qué hacer con él?
-Les complicaba lo que apareció en la prensa. Hay que pensar que esto fue hace tiempo, en esa época no había protocolos. Pero ellos determinaron que Cox no podía seguir siendo obispo y nos pidieron si lo podíamos aceptar en una casa nuestra.

¿Usted se enteró de las denuncias que existían en contra de Cox?
-Yo no he sabido de denuncias oficiales; es la Congregación de los Obispos la encargada de esto.

Mientras vivió con él, ¿pudo observar algún vínculo o comunicación de Cox con Chile?
-Me parece que no. Nunca vi que llegara gente a verlo. Su vida era más bien la reclusión de una persona que no está bien, que debe ser ayudada, por ejemplo, a lavarse. No estaba conectado con el mundo. Era lo más parecido a convivir con un viejito en malas condiciones de salud.

¿Y con su familia?
Muy poco. Sólo sé que tenía bastante contacto con uno de sus hermanos.

¿Cox no ejerce algún oficio en el hogar donde reside?
-Está prácticamente en cama todo el día. No está para estar haciendo oficios. Yo lo describiría como un viejito que está perdido, y que lleva una vida muy sencilla. Está viviendo sus últimos años.