Una preocupación estética ha rondado las discusiones de la última semana. Surgió a propósito de dos portadas de la Revista Ya. “El sello de las mujeres del gabinete” decía una de hace algunos meses, eran las ministras del gobierno entrante. Y sin necesidad de llegar al reportaje, el inconsciente de la portada develaba ya el sello: son mujeres hijas del Chile de los tiempos del jaguar. Los mal intencionados acusaron arribismo en la iluminación de la foto que las hacía ver más rubias. Pero lo cierto es que los noventa fueron rubios, plásticos, jalados; el fin de la historia tenía un look erecto. Y como todo lo que se pretende a sí mismo erguido y fálico, debe acudir a alguna ortopedia para sostener lo que la gravedad determina; no es raro que entonces se acuda a la estética de las luces falsas: el pelo teñido muy rubio, la ropa con el brillo de lo sintético.

El sello de la mujer de los noventa fue el de la histéricamente empoderada; la multitask que se gana el premio por ser madre y salir a trabajar sin quejarse, sin pedir subvenciones estatales porque es fuerte, porque puede, porque para ella la potencia es un mérito individual antes que un asunto político; es la que mira los bíceps masculinos y festina con esa nueva invención, los vedettos, porque vive la liberación sexual bajos los códigos del fetichismo masculino (aunque en secreto llore por amor). La marca indeleble de las mujeres del gabinete, es el alma del neoliberalismo noventero chilensis: la mujer liberada de happy hour, que aspira a la igualdad salarial, pero de ninguna manera a mover cuestiones estructurales como el aborto. Porque la soberanía del cuerpo no le preocupa, no porque éste le pertenezca necesariamente al patriarcado, sino que en primer lugar al mercado.
La revista en cuestión acierta, este es un discurso Ya, porque los noventa aún están presentes. Ahora redactados en una agenda mujer, la del gobierno.

La misma revista vuelve a llamar la atención con una portada: “La revolución feminista por dentro” se titulaba la imagen que traía algunos rostros del Mayo feminista. Como si hubiera dos mundos paralelos, la estética de las chicas es completamente distinta a las mujeres del gobierno. Porque se trata de otra construcción subjetiva. La imagen de las jóvenes de la toma feminista remite a lo tribal. Por un lado, se opone al individualismo del empoderamiento, las mujeres ya no andan solas. Son una tribu aparte, que no correrá a las despedidas de solteras para emular la erótica masculina, sino que pretende instalar otros códigos. A riesgo claro, de identificarse demasiado a la tribu y tener que pensar y sentir igual. Por otra parte, la imagen indica un nuevo dibujo de los cuerpos. Las partes no se inflan ni se desinflan acorde a la libido de la norma macho, sino que cada rincón se tatúa con líneas personales y los piercings agujerean el cuerpo a disposición. Se trata de la exigencia rotunda por la soberanía del cuerpo. Cuestiones redactadas en el petitorio feminista.

Algunos criticaron que la iluminación de las fotos favorecía a las gobernantes y la oscuridad perjudicaba a las jóvenes. Pero la belleza no es un juicio inmutable a los cambios sociológicos, como para alegar cuáles eran o más o menos bonitas. Pero sí hay algo que es posible leer en el gesto de la iluminación de ambas imágenes. Éstas indican el tránsito de la ética en el fin de la historia.

EL ANIMAL TÉCNICO
Lejos de toda frivolidad, la revista femenina devela un asunto de total relevancia filosófica. A través del cuerpo de las mujeres, territorio ideológico por excelencia, se da cuenta del estado de las cosas.

Las mujeres de la luz noventera y la falsedad del cabello, encarnan un tiempo en que tomar el mundo bajo las imposiciones técnicas y de mercado, prometían ser el principio del fin de las ideologías. Antes que apelar a lo verdadero, todo era posible, aunque fuese plástico.

Mi generación es una bisagra entre las dos imágenes de las portadas, fue una que supuso que podría hacer frente a este fin de la historia por la vía de la verdad. Suponiendo que ésta tenía que ver con una nostalgia paleolítica imaginada, el sueño era volver a un paraíso inexistente. Vienen los tiempos orgánicos, de los partos con dolor, el teñido californiano que deja las raíces oscuras para parecer de un aclarado natural. Son los tiempos de volver al aire libre y reciclar. Resistencia a lo rapaz de la moral industrial, pero que alimentó otra revolución en ciernes: la biologización de la política. Lo verdadero era lo natural o no era.

La aspiración a una idea de lo natural como opuesto a la técnica es una contradicción en cierto nivel, pues ambas cosas aspiran a la búsqueda de un código único de las cosas. Ambas aspiran a la idea de verdad como lo no ambiguo. Es lo que hace el genoma, el big data, el management, la protocolización del mundo. El animalismo emergente en las últimas décadas también corre por el mismo carril, ahí donde aspira a humanizar a los animales, paralelamente contribuye a animalizar al ser humano.

Kojeve y Bataille debatían respecto del destino posthistórico. Para el primero, una vez concluidas las tensiones de la historia, no quedaría más que una humanidad devenida animal. Para Bataille tal escenario era inconcebible, pues habría restos de lo humano irreductibles a la praxis animal: el arte, el amor, el humor, el éxtasis, el juego. Todas cuestiones que remiten a lo multívoco del lenguaje humano, al doble o triple sentido.

Lo cierto es que siempre se puede pretender que tales restos caigan bajo la lógica de lo literal. Como una especie de terrorismo semiótico que aspire al significado unívoco de las cosas; que tiene el fin de evitar el error y el malentendido, pero cae en la fatalidad de las verdades tiránicas. Así es como surgen programas para idear el amor programado, el juego sin trampa, el humor calculado, el arte predecible. Pero ahí, esos restos dejan de ser sagrados y pasan a regirse por la gravedad de lo determinado. Cyborgs o animales-humanos, ese futuro el fin de la historia. Al menos de un tipo de ser humano.

La revolución será feminista o no será, dice el lema. Agregaría que para que no sea un discurso más del fin de la historia, debe resistirse a acoplarse a la ideología impolítica de la técnica. Para eso hay que defender la ética: aquel lugar que implica tomar una posición sin suponer una única verdad, sin garantías, ese es el espacio sagrado de lo humano. Ni bajo la luz que encandila de verdades, ni con el fondo oscuro de la verdad última de lo tribal. La ética es a contraluz.