“Entre el mundo de la pintura y el mundo del cómic autobiográfico está uno que siempre ha sido incómodo de habitar para mí: el de la Ilustración. Siendo alumna de Bellas Artes los profesores calificaban de “ilustrativa” a una pintura frívola y superficial, y aunque fui punk e hice muchas pinturas a propósito ilustrativas sólo para que a mis profes les diera rabia,  terminé pintando escenas autobiográficas llenas de símbolos psicológicos profundos y sublimes y comprando la idea de que ser ilustrativa era poco profesional. Años más tarde, viviendo en NYC mientras dibujaba cómics, conocí a muchos autores que además de publicar novelas gráficas ilustraban comercialmente. Pero cuando intenté hacerlo nunca me resultó. Mi escasa tolerancia al rechazo me impedía lidiar con el cliente que exige innumerables cambios y cuando intenté ilustrar para otros autores sentía que era mucho trabajo invertido en algo ajeno.  Básicamente me costaba librarme del ego del artista. Pero de adulta, divorciada y con dos hijas adolescentes, la idea de la estabilidad económica terminó por seducirme, hasta tal punto que cuando un editor me aseguró que los libros álbum eran un buen negocio, me metí a un taller de literatura infantil para aprender a escribir e ilustrar mis propios libros para niños. Pero me fue pésimo. Todos los cuentos que logré escribir eran tiesos y fomes. No pude con la inocencia infantil. No supe cómo mentir sin que se notara. Lo único bueno fue que me enamoré de las ilustraciones de los libros que me hicieron leer, sobre todo los más antiguos: las fábulas, donde animales humanizados enseñan valores y buenas costumbres en tiernas instantáneas de una adultez ideal.  Es una pena que la adultez al final no se parezca  en nada a esas ilustraciones, pero al menos existen y están en nuestra memoria. Dibujar animales es parte obligada de la infancia, coleccionarlos en miniaturas plásticas, imitar sus sonidos, disfrazarse de ellos.  Incluso su hábitat, la naturaleza, las flores y el bosque son escenarios que todos intentamos reproducir en nuestros primeros dibujos. Entonces empecé a pintar animales con cuerpos humanos, rodeados de plantas, como si estuvieran en un cuento que no existe, ese que no sé cómo escribir. Hice muchas pinturas de animales actuando como humanos sólo porque pertenecen a un imaginario infantil, un paraíso de animales que no se comen entre sí, con razón, pelucas y ropa, animales superficiales y frívolos, como las ilustraciones de las fábulas, como las pinturas que no les gustaban a mis profes, como muchas veces es la vida adulta, agotadora y demandante,  porque nos dimos cuenta que el futuro nunca fue tan profundo y ni tan sublime como imaginamos cuando jóvenes. A este proyecto  lo titulé “Fábula Privada”, será una exhibición  individual en Sala Gasco 2019 y estará compuesta de pinturas, acuarelas y dibujos.