Dice Martín Caparrós, escritor y cronista argentino, que el reciente sábado 26 de mayo muchas personas en todo el mundo, refiere millones, estábamos observando por la TV cómo el Real Madrid ganaba su décima tercera UEFA Champions League con la complicidad del arquero del Liverpool, el alemán Loris Karius. Esa tarde en Kiev, Ucrania, relata, “fue un hondo drama humano”, pues ” un joven arquero jugaba el partido de su vida” y cometía dos errores ridículos que destruían al equipo que nunca camina solo. “El joven arquero —alemán, para colmo– había fallado en el momento decisivo; millones lo vimos llorando con hipos en la tele. Millones nos emocionamos con la pena infinita del muchacho que había arruinado su carrera: lo compadecimos, nos identificamos con su inmenso dolor; la vida, sin duda, es demasiado cruel”.

Pero toda esa pena se derrumbaba al día siguiente, prosigue Caparrós. “Empezaron a circular las fotos del muchacho —muy cachas, muy bonito— con una modelo rubia subiendo a un Porsche platinado, y algo se rompió. En un mundo tan lleno de urgencias e injusticias, mi dolor por un nuevo rico que usa sus millones —de euros, de mirones— para convertirse en una caricatura barata del éxito caro me dolió. El fútbol me había engañado una vez más”.

Por eso, para el cronista argentino, y cuando en menos de 48 horas comenzará otro Mundial, “el fútbol es la mejor máquina de ficción que hemos inventado desde que un tal Saulo dijo que un tal Jesús había resucitado, desde que un tal Robespierre insistió en que una república da a sus ciudadanos libertad, igualdad y esas cosas. El fútbol no llega a tanto, pero es un gran fabricante de ficciones”.

“Produce, para empezar, la ficción de la igualdad de oportunidades: que cualquiera puede conseguirlo, que todos podemos (…) A su imagen y semejanza, el fútbol vende la ficción de la igualdad de oportunidades globales: que cualquiera podría ser Cristiano o Neymar o Dembelé. Que cualquier jovencito senegalés o colombiano, por más pobre que sea, puede tener su rubia y su Porsche si aprende a jugar a la pelota, si quiere dejar su barrio y sus amigos y apostar a la salvación individual: no buscar la forma de crecer con todos sino dejarlos atrás y transformarse en uno de los otros, triunfar en esta vida. Para eso sirven los futbolistas, la exhibición de Porsches y de rubias”.

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