Luciana Cadahia (Buenos Aires, 1982), destacada filósofa argentina, investigadora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), es hoy una de las pensadoras de izquierda más importantes del continente. Cadahia reside actualmente en Bogotá, y observa de cerca el histórico proceso electoral que viene desarrollándose en Colombia, el cual culminará este 17 de junio con la elección de un nuevo presidente entre dos candidatos posibles: Gustavo Petro, representante del movimiento Colombia Humana, e Iván Duque, la cara joven del uribismo en el país.
Slavo Zizek, quien ha expresado públicamente su apoyo a Petro, lo ha resumido de la siguiente manera: “En estas elecciones no se trata en absoluto de elegir entre izquierda y derecha, sino entre la esperanza y la paz, por un lado, y el miedo y el odio, por el otro”.

Estas elecciones, además, trascienden de modo significativo su marco estrictamente nacional, pues con Petro “podría venir una superación de las clásicas limitaciones de la propia izquierda en América Latina”, nos dice Cadahia, quien también ha estudiado largamente el fenómeno del populismo en la región, unos de los conceptos de la política contemporánea más llevados y traídos por los medios de comunicación.

¿Qué se juega América Latina hoy en Colombia?
-Me parece que se juegan muchas cosas a la vez. Colombia es uno de los países más importantes de América Latina, pero ha tenido una historia propia que la ha aislado y apartado del relato de la región. A diferencia de otros países latinoamericanos, sus irrupciones plebeyas han sido eliminadas de cuajo a través diferentes magnicidios a lo largo de la historia.

Esto le ha impedido a Colombia construir el imaginario de una República Plebeya -como pudo tener lugar en otros países- y ha consolidado un imaginario político construido y sostenido por unas élites débiles pero eficaces a la hora perpetuarse en el poder. La única irrupción popular ha sido el uribismo y, junto a Gramsci, podríamos decir que esta experiencia hizo emerger el rostro reactivo de lo popular.

A esto habría que añadirle el lugar geopolítico que ocupa Colombia, su cercanía con Estados Unidos y la estrategia de sus élites y los medios de comunicación para crear la ficción de ser un país que nunca se vio en la obligación de interrumpir su Estado de derecho -como sí sucedió en otros lados con las dictaduras cívico militares- y a la vez perpetuar una de las guerras más largas en América Latina. Es decir, tenemos paradójicamente un Estado Social de Derecho sin las garantías mínimas de la democracia.

Petro, una figura proveniente de los sectores populares, representa toda una latencia histórica, una historia de luchas y reivindicaciones en reserva. Su liderazgo es la posibilidad de que esa Colombia históricamente postergada salga a la luz. Intuyo que eso permitirá conectar con todo el legado latinoamericano de experiencias democráticas y populistas. Sobre todo en un momento de retroceso del progresismo latinoamericano. Y para responder de manera sintética a la pregunta: el triunfo de Petro sería oxígeno para la región y la posibilidad de reorganizar el progresismo latinoamericano desde un lugar inesperado.

¿Qué hay de cierto y de falso en el uso del término populismo empleado por los medios de comunicación?
-Me parece que los medios de comunicación usan la palabra populismo con la única finalidad de causar temor en la gente. Y también para nombrar las alternativas de gobierno que escapan al ethos neoliberal instalado hegemónicamente.

¿Es el populismo una consecuencia del liberalismo, el hijo no deseado del liberalismo, pero hijo al fin?
-Yo creo que el populismo es una especie de ejercicio de antropofagia. Como tú sugieres, tiene elementos propios de liberalismo -como puede ser la importancia de las libertades ciudadanas y la división de poderes-, pero también tiene elementos del republicanismo y del Estado Social de Derecho. Creo que los reúne a todos ellos y les añade la importancia del elemento plebeyo y afectivo, es decir, que todas estas tradiciones estén al servicio de las mayorías o de los sectores históricamente excluidos.

¿Cómo se transforma la relación emotiva que surge coyunturalmente entre un líder determinado y una parte importante de la ciudadanía en un método del saber, en una herramienta política que trascienda su propio momento fundacional, es decir, cómo proponer un nuevo sistema o una reestructuración del orden social que parta de esta base. No solo matar al neoliberalismo, que ya parece, en muchos sentidos, moribundo, sino sustituir ese vacío?
-Parafraseando a Mariátegui me atrevería a decir que el populismo organiza el sentido social de otra manera, es decir, crea una nueva mitología alternativa al mito neoliberal. Y para crear una nueva mitología, esto es, una nueva ficción que le otorgue sentido a las relaciones entre los hombres y entre ellos y las cosas, el papel de los afectos es muy importante. El liderazgo es la encarnación de fuerzas históricas y sociales. Es necesario complejizar la lectura simplificada por la cual se cree que el líder es un personaje que vendría a manipular a las masas. En primer lugar, porque se hace una lectura elitista y pasiva del pueblo. Y, en segundo lugar, porque líder y pueblo se crean conjuntamente en un pacto social que no cesa de actualizarse. A su vez, este vínculo de confianza con los líderes no tiene por qué pensarse como lo opuesto a la democracia y las instituciones, al contrario, es el vínculo que puede garantizar una nueva institucionalidad para las mayorías.

¿Qué significa crear institucionalidad populista? ¿Cuáles son los riesgos que se corren en ese proceso, los puntos flacos que hacen que un país entregado a esa transformación termine como ha terminado Venezuela?

-No sabría decirlo de manera muy precisa, ya que es algo sobre lo que todavía hace falta meditar con mayor profundidad. Sin embargo, sí creo que podríamos atribuirles algunas características, a saber: 1. Implica un vínculo virtuoso entre las demandas de los movimientos sociales y el Estado y no una concesión de las élites; 2. Se gestiona a partir del carácter inerradicable de la conflictividad; 3. Tiene un carácter plebeyo que aboga por una ampliación de derechos para las mayorías; 4. Se tramitan como conquistas colectivas y no sólo como libertades individuales.
Con respecto a Venezuela, yo creo que faltó justamente más institucionalidad y repensar un proyecto de país más allá de la cultura del petróleo. Me parece que el problema de Venezuela no fue el populismo, sino justamente la falta de él.

¿Por qué el populismo latinoamericano no ha sabido hacerse eco, a nivel regional, de cierta filosofía política de un hombre como Mujica, si es que hay tal cosa, y ha terminado tantas veces reciclando viejos tópicos retóricos del castrismo, del socialismo real, de la Guerra Fría? La pregunta es si el populismo puede ser más astuto políticamente o si puede ser capaz de transmitir una idea atractiva de modernidad que a veces parece escurrírsele. ¿A qué se debe eso?
-Respeto mucho la figura de Mujica, pero me parece que fue de los presidentes que menos cambios materiales llevó a cabo. Si pensamos en la revolución educativa en Ecuador, en la irrupción de los indígenas en Bolivia o en la consolidación de proyectos para los sectores populares en Brasil creo que allí se reflejan cambios sustantivos para la región. Incluso en la visión latinoamericana que tenía Chávez con propuestas como la consolidación del Mercosur, la creación de UNASUR o la propuesta frustrada del Banco del sur. Y, con respecto a la retórica y la estética, me parece que Maduro es quien ha caído en ese anacronismo del que tú hablas. Pero si prestas atención a Cristina Fernández de Kirchner y su deseo por femenizarse, la figura parresiástica de Correa, el temple de Álvaro García Linera, por citar unos ejemplos, veo cosas novedosas e interesantes. Yo no estoy tan segura que la figura de austeridad franciscana que propone Mujica sea la vanguardia. Igualmente creo que hay mucho por explorar sobre la estética en la izquierda. Ahí sí que todavía estamos a años luz de la derecha o de las vanguardias rusas. Creo que Podemos o ahora la Colombia Humana están haciendo exploraciones discursivas y estéticas novedosas. Habrá que esperar (o hacer).

¿Cuánto le debe Gustavo Petro al liberalismo?
Creo que Gustavo Petro encarna el liberalismo plebeyo colombiano. Es decir, recoge lo mejor de esa tradición y la actualiza con una propuesta nueva. Aquí en Colombia, a diferencia de otros países como Argentina -de donde provengo-, hay dos tradiciones liberales: una elitista y otra plebeya. Cuando uno presta atención a la tradición plebeya del liberalismo descubre la existencia de experiencias políticas muy ricas y, muchas veces, truncadas. Los negros, los campesinos y los indígenas del suroccidente -eso lo sé sobre todo por mi esposo Juan Cárdenas que proviene de esa región- siempre han hecho uso del liberalismo republicano para exigir sus derechos históricamente postergados y pujar por la construcción de instituciones en las regiones.

¿Por qué le teme el establishment liberal a Gustavo Petro?
-Temen que una figura plebeya desvinculada de los clubes campestres -lugares donde se reúnen los ricos en Colombia-, donde siempre se ha acordado la política del país, asume el liderazgo de Colombia. Temen lo que no conocen y, sobre todo, temen perder el control de las cosas.

¿Es Gustavo Petro la posibilidad de una izquierda latinoamericana más democrática, es una superación de la propia izquierda, o no lo es? ¿Por qué? ¿Cuáles son sus diferencias y puntos en común con los llamados socialismos del siglo XXI del continente?
-Creo que esa es la pregunta clave que todos nos hacemos. Sería muy arrogante de mi parte tratar de responderla ahora. Principalmente porque hace falta que Petro gobierne para saber lo que puede dar de sí su proyecto político. Pero sí me animo a conjeturar que temas como la igualdad de género, las luchas LGTBIQ o la necesidad de repensar los territorios, la relación con la naturaleza y la cultura extractivista, hacen presagiar que sí podría venir una superación de las clásicas limitaciones de la propia izquierda en América Latina. Aunque también considero que los populismos progresistas del siglo XXI ya abrieron el camino para ello.