Textos y fotos: Sergio Marras, desde Londres

Coger el metrotren hasta la zona 7, donde cae a pique la ciudad en el campo y el Gran Londres se esfuma entre pastizales plagados de vacas charolesas y percherones gitanos, es una experiencia geopolítica intensa.

Las comunidades de refugiados políticos de la capital del Reino Unido, provenientes de las más diversas partes del mundo, se aprestan a celebrar su propio mundial de fútbol junto a visitantes de países que solo existen en la imaginación de sus habitantes o por el capricho de algún grupo dirigente que decidió no respetar las fronteras reconocidas por las Naciones Unidas.

A partir de la estación del tren, y al cabo de unos pocos kilómetros en micro, asoman las banderas que anuncian el evento; banderas prohibidísimas y reprimidas casi todas en algún lugar de la Tierra.

Al revisar los nombres de los 47 miembros de la CONIFA, el olor a pólvora es lo primero que viene a las narices. Sin gran esfuerzo, aparecen desde la memoria profunda lejanos tambores de guerras civiles que dejaron miles de muertos y pueblos arrasados.

Casi todos sus miembros han sido avasallados por los estados de los que forman o han formado parte. Abjasia, por ejemplo, fue enteramente destruida cuando se negó a formar parte de Georgia luego del derrumbe de la Unión Soviética. Lo mismo ocurre con Transnistria en Moldavia y Nagorno Kabaraj en Azerbaiyán. Hoy sobreviven gracias al apoyo militar ruso. Sólo las reconocen Rusia, Nicaragua, Venezuela y Naurú. Y, por supuesto, claro, se reconocen entre ellas.

También flamean banderas de repúblicas fallidas como la Saharaui, las de etnias sometidas como los tibetanos, los tamiles de Sri Lanka, los rohingyas de Myanmar, los bereberes de Argelia, o los uigures de Xingjiang del noroeste de China.

LOS CHICOS BIEN DE LA CONIFA
Para compensar la presencia de todas estas enormes tragedias también encontramos entre los embanderados prepotentes territorios con pretensiones independentistas como Padania, que representa una región del norte de Italia que, a pesar de tener un alto nivel de autodeterminación, hay partidos políticos que solicitan su independencia total.
También, entre las banderas de la Occitania francesa y la del melancólico Condado de Niza, campeón en el primer mundial CONIFA de 2014, realizado en Suecia, flamea el estandarte de Mónaco que, si bien es un estado soberano, que cuenta con todas las condiciones para estar en la FIFA, no le gusta ser el que siempre pierde con los más poderosos, como le sucede permanentemente a otros pequeños de la FIFA como Liechtenstein, San Marino o Andorra.
Prefiere ser cabeza de ratón que cola de león.

Los equipos que participaron en este torneo representan a 340 millones de personas de todo el mundo, y entre ellos no hay ninguno latinoamericano.
Muchos de sus jugadores militan en ligas inferiores europeas, aunque según un recuento de The Times, al menos 30 de los jugadores participantes en este campeonato han llegado a estar en las ligas superiores. Incluso algunos jugaron en la Champions League. Sin embargo, la experiencia habitual de estos equipos es la que tienen los tibetanos, sus integrantes vienen desde distintos lugares de su éxodo y solo se conocieron pocas horas antes del primer partido.
El miembro más curioso de los asistentes es Cascadia, una comunidad transfronteriza norteamericana, con raíces y pasado común; su territorio comprende los estados de Oregón y Washington, en Estados Unidos, y la Columbia Británica en Canadá. Su justificación díscola -ya que no son una etnia- es básicamente ecológica; aseguran que es un territorio demarcado por grandes ríos lo que les ha permitido tener un pasado cultural y colonial común. Entre las tres jurisdicciones juntan dieciséis millones de personas. Su nombre proviene de la Cordillera de las Cascadas que cruza los tres Estados.

LOS DESAIRADOS POR LA FIFA
Entre los países soberanos que son miembros de la CONIFA se encuentran los donuts oceánicos de Kiribati y Tuvalu, en el Pacífico Sur. La FIFA no los ha aceptado porque, según el juicio de los dueños mundiales del fútbol, no cumplen las condiciones mínimas para competir: en sus canchas no crece pasto ya que son islas de coral y, por lo tanto son disparejas; en el caso de Tuvalu, sus jugadores practican en la pista del aeropuerto y cada vez que un avión se apresta a aterrizar, previo aviso de una alarma, deben suspender el entrenamiento. Tampoco hay hoteles suficientes para recibir a delegaciones extranjeras.

Lo positivo es que la CONIFA apoya el desarrollo de sus selecciones permitiéndoles competir e incluso las asesora para que poco a poco cumplan las condiciones de la FIFA.

Entre los casos más desconocidos de estos invisibles del fútbol está el Vaticano, que si bien no pertenece a la CONIFA ni a la FIFA, juega con algunos equipos oficiales de ambas asociaciones. La Liga del Vaticano solo tiene un campeonato: la Clericus Cup, y está compuesta por doce equipos de sacerdotes, seminaristas y trabajadores de diferentes orígenes, como la recordada Guardia Suiza, el Museo Vaticano, la radio, el correo y periodistas del diario Oservatore Romano. Como en su territorio no cabe un estadio, el Vaticano se ha hecho cargo del Pio XII en Roma, que tiene una capacidad para dos mil personas.

Para el presidente de la CONIFA, el sueco Pier Anders Blind, miembro de la minoría esquimal nórdica, el eslogan de este mundial 2018 “El fútbol vuelve a casa” refuerza el objetivo de la organización que promueve que el fútbol retorne a las comunidades, al barrio y se salga de la furia del dinero.

Blind afirma que casi ningún miembro de la CONIFA podría ser miembro de la FIFA porque para ello hay que ser un estado soberano. “Nosotros somos más abiertos y damos a las etnias y pueblos indígenas de todo el mundo la posibilidad de que se muestren al mundo, muchos por primera vez. A menudo, estos pueblos han sido intimidados o abusados por sus gobiernos y, en consecuencia, carecen de autoestima. Nosotros les permitimos tener orgullo y encontrar fuerza en su identidad a través del fútbol”

Hace tres años el representante de la CONIFA, Jens Jockel, se reunió con organizaciones indígenas chilenas en Arica. Una representación futbolística de los aimaras estuvo a punto de ir al Mundial de Abjasia en 2016. El gobierno chileno les había prometido dinero para los pasajes, según Jockel. De la estadía se haría cargo la CONIFA, pero finalmente la ayuda nunca llegó.

LOS CORCOVEOS DE LA FIFA

La FIFA, como era de esperar, no se ha quedado tranquila con esta hermana menor y la ha denunciado hasta por copiarle el nombre. Los jueces de distintos países no le han dado la razón.

Los estados soberanos a los que pertenecen estos países y regiones tampoco se han quedado tranquilos con sus rebeldes y han intentado boicotear una vez más el campeonato solicitándole al Reino Unido que no le diera visas a los jugadores. También presionaron a la Asociación de Fútbol Inglesa para que no les arrendara estadios. Pero los británicos, muy apegados al business is business, declararon que al no cometerse ninguna ilegalidad no veían por qué prohibir su realización.

Por su parte, China presionó directamente a las empresas que auspiciarían la transmisión por streaming para que les quitaran la publicidad por la participación del Tibet. En este territorio que forma parte de China, cualquier atisbo de protesta o reivindicación independentista es severamente reprimido por el régimen de Beijing. Tanto el gobierno del Tibet, presidido por el Dalai Lama, como la Federación Tibetana del Futbol están en el exilio, tienen sus sedes en el estado indio de Himachal Pradesh.

El gobierno chino solo logró en parte su objetivo de sequía publicitaria ya que la poderosa casa de apuestas británica Paddy Power, principal auspiciador del evento, se mantuvo firme y no retiró su patrocinio.
También protestaron ante el Ministerio de Asuntos Exteriores británico, con distintos niveles de vehemencia, un puñado de países:

Turquía se enfureció por la participación del equipo de Armenia Occidental que representa a la población armenia que vive en su territorio. Varios jugadores de la primera división de la República de Armenia vinieron a reforzarlos convirtiéndose en su gran carta de presentación en Londres.

Chipre lo hizo por la participación de Chipre del Norte, que solo es reconocido por Turquía. Desde 1973 Chipre tiene su capital Nicosia partida en dos por un muro, menos famoso pero igual de doloroso que el muro de Berlín.
Japón se enojó por la participación del equipo de los Coreanos Unidos en Japón que representa casi quinientas mil personas de ascendencia coreana que viven desde hace seis generaciones en el país y que dicen ser apátridas. La verdad es que son ellos quienes rechazan la nacionalidad japonesa porque reivindican la coreana anterior a la división de la península, la que es claramente imposible de recuperar. Luego, no tienen pasaporte.

Argelia también llamó al Foreign Office para reclamar la participación de Cabilia, región histórica del norte del país, habitada desde siempre por los bereberes. Su situación ha mejorado y su lengua ha sido finalmente reconocida por el gobierno cuyo ímpetu de arabización lo había llevado a prohibirla. Sin embargo, en este mundial, los cabilios denunciaron presiones. Su presidente en el exilio, Ferhat Mehenni, relató desde Francia que los jugadores y sus familias fueron amenazados e intimidados por las autoridades argelinas antes del torneo. Más todavía, el entrenador bereber del Cabilia, Aksel Bellabaci, denunció a las autoridades un intento de secuestro del gobierno argelino para que no pudiera volar a Londres.

Sri Lanka y la India se quejan por la participación de los tamiles, una etnia hindú del norte de Sri Lanka y del sur de la India, compuesta por unos tres millones de personas, de los cuales un millón está en el exilio como resultado de una sangrienta guerra civil que duró décadas. El ímpetu independentista tamil fue duramente reprimido por la mayoría cingalesa, budista, prohibiendo incluso su lengua. La rebelión surgió como protesta y dio paso a uno de los grupos terroristas más feroces de la época: los tigres tamiles que inventaron los cinturones suicidas. El rostro de un tigre feroz es el centro de la bandera del equipo tamil en la CONIFA.

Zimbabue también se encrespó por la concurrencia del equipo de Matabelelandia, que representa a la etnia Ndebele. Son alrededor de un millón de personas que fueron fieramente reprimidas por el régimen de Mugabe hasta su caída. Consiguieron llegar a Londres gracias a donativos y a la venta de camisetas. Su único patrimonio antes del torneo eran dos pelotas. Su entrenador llegó a pedir en twitter que les ayudarán a llevar a los jugadores desde el aeropuerto de Heathrow al hotel. Un hincha se encargó de hacerles llegar pollo frito a sus habitaciones de la residencia de estudiantes de Colindale. Aun así, nunca dejaron de cantar y bailar cada vez que pusieron sus pies en la cancha de fútbol.

La India protestó individualmente por la presencia del equipo del Punjab, que representa a una comunidad de 125 millones, situada en el norte de la India y el este de Pakistán con miles de exiliados en Europa. Tiene un negro pasado de confrontación con otras etnias, que llevó a la muerte violenta a más de 200.000 personas. La mayoría de sus jugadores forma parte de la pirámide de fútbol de Inglaterra. Su estrella es Yousuf Butt, arquero de la selección de Pakistán.

La elección del anfitrión del campeonato recayó en el equipo londinense Barawa, formado por exiliados somalíes de la etnia Tunni, que lleva el nombre de un puerto del Cuerno de África. Su grupo ha sido perseguido y su lengua prohibida. Su entrenador, Abdikarim Farah, cuenta que sus jugadores, todos musulmanes observantes, han tenido que jugar en ayunas porque están en Ramadán. Un gran desafío adicional, según él, pero que estaban dispuestos a hacerlo por reivindicar a su etnia. Somalia no pudo protestar simplemente por falta de diplomáticos.

Los Barawa disputaron el primer partido de su historia en este campeonato. Fue ante el Ellan Vannin, el nombre en gaélico de la isla de Man, una dependencia de la Corona británica en el mar de Irlanda que forma parte de la seis naciones celtas y culturalmente se identifica más con los países nórdicos que con Inglaterra. La Isla de Man fue expulsada de este campeonato porque algunos de sus jugadores no estaban debidamente registrados. Es el equipo rebelde de la isla que se ha negado a entrar en la UEFA.

Quienes protestan alegan que los miembros de la CONIFA son un grupo de rebeldes voluntaristas que se burlan del estado de derecho internacional y que no hay que darles tribuna ni facilitarle estadios.

Conseguirlos nunca ha sido fácil para la CONIFA. En 2014 apenas logró conseguir uno y en 2016, dos. Para la Copa del Mundo 2018 pudo arrendar diez aunque todos pertenecientes a equipos de las categorías inferiores de Inglaterra. Ningún estadio de la Premier League les fue arrendado.

FIN DE FIESTA
El conocido árbitro internacional jubilado inglés, Mark Clattenburg, ha pitado el final del campeonato.
Karpatalya, representante de la minoría húngara de Ucrania gana apenas en la definición a penales y sus cientos de seguidores gritan en húngaro Magyarország, Magyarország: Hungría, Hungría.

También gritan Hungría solidariamente en rumano los jugadores del Székely, equipo de la minoría húngara de Rumania que también participó en el campeonato.

Preguntados los campeones qué esperan de su triunfo, responden que nada. Solo intentan competir para ser, para que el mundo reconozca su existencia. Quieren gritar a los cuatro vientos que el mundial de la FIFA no representa a todos los habitantes de la Tierra.