A las 3 de la tarde de este martes lluvioso en que conversamos, Pablo Walker Cruchaga (52) dejará de ser capellán del Hogar de Cristo, tarea a la que se dedicó los últimos 7 años. Concelebrará una misa con su sucesor y amigo, el también jesuita José Francisco Yuraszeck (40), y luego compartirán sopaipillas y calzones rotos con trabajadores, voluntarios y participantes de la causa del padre Hurtado.

Ambos vienen con el corazón henchido tras recorrer los programas que la institución tiene a lo largo del país, en una suerte de “cambio de mando espiritual”. Porque como dice el capellán saliente: “El Hogar de Cristo se inspira de abajo hacia arriba. Si me preguntas cuál ha sido mi gran ganancia en estos años te respondo que la dignidad aprendida junto al más pobre. Eso. Tac. No hay más. Aquí se entiende cuando el padre Hurtado dice el pobre es Cristo, es Maestro. Y trabajar con ellos y para ellos es simple justicia, no venganza”.

En dos días más, tomará un avión rumbo a Ciudad de México, donde sacará su croquera y se largará a bocetear, a tomar apuntes y a aprender de la obra de Siqueiros, Orozco y Rivera. Estará unas semanas en eso para luego partir a Oaxaca, donde hará una residencia en la Escuela de Muralismo de la ciudad, para sumergirse en la técnica del fresco, que usaron los aztecas antes que Miguel Ángel. Le encanta esa pintura porque no es de caballete, sino de la ciudad, de los grandes espacios públicos y tiene que ver con la representación y el cuestionamiento de la identidad de las personas, de las comunidades. “El muralismo es el arte de la ocupación del territorio. El artista como los gatos, marca/pinta el territorio con su obra, con sus entrañas”.

Hablar con Walker siempre es una aventura. Uno no sabe a dónde te conducirá su discurso, en qué terminarás embarcado. Es un sacerdote que no le teme a los desafíos. “Soy cura, no tengo solo un título de cura, por eso, creo, me llamaron a hacerme cargo de la capellanía del Hogar de Cristo, en agosto de 2010. Eugenio Valenzuela, el provincial de entonces, me lo pidió y yo le advertí que no creía ser el hombre, pero como ser jesuita consiste en estar disponible, no me negué. Él me dijo ‘rézalo, rézalo un mes’. Así lo hice”.

Justo cuando lo llamaron estaba arriba de un andamio montando una obra, “Entrever”, a la que estuvo dedicado casi dos años, con la curatoría del escultor Mario Irarrázaval y la co autoría de la ceramista Simone Racz, en el Edificio de la Telefónica: un mural de 600 placas de cerámica, que pesaba casi una tonelada, donde estaban impresas las fotos que un colectivo había recopilado por Chile, pidiéndole a las personas que les mostrarán la imagen de la persona que llevaban ocultas en las billeteras. Un homenaje a los que son como “Beatriz”, que hacía caminar a Dante. Sobre un gran rompecabezas se proyectaban sucesivamente las fotos que daban un contorno único a esa piel común. “En ese juego de que en un rostro desconocido se resumieran todos los rostros amados se ilustraba la contemplación de Dios”, dijo entonces el cura artista, que se baja el perfil llamándose “apenas dibujante” y que cree que el arte religioso no es el clásico ni el que adorna las iglesias sino el que desenmascara la dignidad que está oculta en cualquiera. Una pasión que se le agiganta con el estado de la Iglesia… más ahora.

“Tengo una pena y un anhelo que me acompaña hasta hoy. Quisiera que en la Iglesia a la que amo, perdiéramos nuestra rigidez mental, que dejáramos de tener encerrado al humanismo en una lógica romana, neoclásica, extemporánea, que impide que su mensaje haga eco en los hombres y a las mujeres de las culturas y pensamientos más diversos de hoy. Nos hemos alejado del pueblo. Eso es lo que me da más pena… y rabia también. Jesús les hizo carambola a los hombres de su tiempo hablándoles en palabras francas, les hizo sentido, porque hablaba claro. Y eso es lo que no hacemos hoy en la Iglesia. Usamos una jerga eclesiástica, lo que es limitante. Holemos a naftalina, en color gris, respondiendo a una cultura octogenaria. No es justo con el Dios de la creación, “que hace nuevas todas las cosas”.

Walker usa varias veces la expresión “hacer carambola”. Para él, tanto el arte como la religión o la espiritualidad, deben hacer eso en el interior de las personas. Quedar resonando, tocar todas las fibras más profundas, modificar lo anquilosado, activar la pasión. Su idea del arte es jugada, visceral, casi dolorosa. Y le viene probablemente de su madre, la poetisa Rosa Cruchaga, primera mujer en ser aceptada en la Academia de la Lengua de Chile, tras la muerte del famoso crítico literario Alone.

“TRAE TUS LOCURAS”

Pablo es el cuarto de los cinco hijos de Rosa y Patricio, un ingeniero y una artista -son dos mujeres y tres hombres, de los cuales uno, Jerónimo, el segundo, es sacerdote diocesano y los demás han creado sus propias familias-. “Lo digo siempre: mi papá sin mi mamá habría sido una lata y mi mamá sin mi papá, inviable. Él tuvo con ella una generosidad sin límites, porque a ella todo la afectaba. Ella tuvo con él una honestidad indómita. Era de una tremenda intensidad emocional. Era artista y creyente. Eso mismo la hacía una mamá muy aprensiva, por lo que no siempre lo pasamos bien como hijos, aunque finalmente nos fascinó su carácter y coherencia. Para ella la creación artística era como una herida”.

Más que vocación, así puesto, el arte suena a maldición.
-No, no, es más bien un destino. Hay una frase en las “Cartas a un joven poeta”, de Rilke, donde se dice: “No tiene derecho a escribir poesía quien pueda vivir sin ella”. Hay gente que no puede vivir sin crear. El arte es así, exigente, intenso, duro. Y el mundo tiene necesidad de tal franqueza.

-¿A cuál de tus padres te pareces más?
-Sin duda, a mi mamá. A mi papá lo admiro más. Él es el ingeniero que da soporte a los que le rodean, generoso a más no poder. Ella es ciclotímica, con una sensibilidad y empatía extremas; todo el dolor del mundo le dolía. Ellos dos, tan diferentes, me enseñaron a admirar lo que yo no soy. ¡Qué potente que haya gente tan distinta que sea capaz de apoyarse. Eso es amor! -dice, mirándose los zapatos negros destartalados, bien tarreados, típicos de jesuita.
Ciento por ciento artista, pero con el corazón permanentemente tensionado entre su vocación religiosa y su pasión plástica, Pablo Walker tiene una biografía marcada por la postergación del arte por otras tareas. Le pasó desde la universidad, donde hizo dos años de Derecho en la Católica y fue candidato en la terna del Centro de Alumnos en tiempos de dictadura. Era la oposición al gremialismo y había que ganarles. Ese afán lo combinaba con la creación de marionetas. “Me metí a derecho a mediados de los 80, movido por el deseo de recuperar la democracia, por una sed de justicia. Y, en paralelo, hacía marionetas de hilo, con ojos y quijadas articuladas. Preciosas. Las hacía con mi amigo Francisco Bassignana, que hoy es mimo y fue el primer chileno en ser estatua viva en la calle. ¡Imagínate nuestra dispersión! Él también dejó Derecho y no sé si se tituló. Al cabo de dos años, se impuso en mí el deseo de un compromiso mayor con Cristo y me metí a la Compañía de Jesús; mi amigo Francisco se fue a Europa a estudiar con Marcel Marceau”.

Los jesuitas lo aceptaron con una condición: “Que trajera mis marionetas. Eran 7, entré al noviciado con ellas en una maleta enorme y con la advertencia de que iba a sufrir mucho en la Compañía, pero lo notable fue que me animaron a no dejar mi disfuncionalidad fuera. ´Trae las marionetas, trae tus locuras’, fue el mensaje”.

Parece fantástica tanta comprensión.
-Sí, habla bien de una espiritualidad que acoja todo lo humano, que acoja “la vida como venga”. Eso al tiro me provocó mucha tensión, una incomodidad que valía la pena. Tal como le sucedía a mi mamá, le tengo terror a no caber en un grupo, a ser disfuncional, a la locura, a no estar dentro del lote de los normales. Creo que eso me pone en los zapatos de quien sufre la exclusión. Es algo muy propio de los artistas, esta curiosa mezcla de envidia y desprecio por los que funcionan bien. Es una característica de mi eneagrama, del número 4.

En la Compañía de Jesús ha hecho mucho. Ha sido rector de juniorado (la etapa de formación que sigue al noviciado), encargado del acompañamiento vocacional de los novicios, capellán del Hogar de Cristo y, entre una y otra responsabilidad, le han encomendado proyectos artísticos, como ilustrar libros y diseñar memoriales, crear obras para capillas y además le han ayudado a avanzar con los estudios de arte.

“Nunca he tenido dudas de mi vocación de cura. He agradecido que se considerara positivo tener a un jesuita pintor, que hayan necesitado a un ‘loco’, pero ha habido momentos en que todo el ñeque que le he puesto no ha sido suficiente, como cuando estuve 8 años a cargo del acompañamiento vocacional y, al final, empecé a aburrirme. Una vez un cabro me encaró heavy, porque se dio cuenta de que no lo estaba escuchando. Para cualquier quehacer, hay que juntar la pasión con la misión”.

¿Dónde has sido más feliz?
-Ha habido muchos momentos. Conocer a Pepe Donoso, sacerdote jesuita, capellán de bailes religiosos, profesor de humanismo e historia del arte, fue crucial para mí. Fuimos muy amigos, aunque nos separaban 50 años. Él era tan open mind, tan abridor del mate al humanismo: literatura, danza, poesía, teatro, pintura, todo tenía que ver con Jesús. Eso fue importante. Lo mejor de todo fue cuando me mandaron a París a estudiar Filosofía del Arte. Esos han sido los años más felices de mi vida. Me tenía que pellizcar para saber que no era un sueño. Allí viví la experiencia estética, esa carambola, y la religiosa. Además de ir a la universidad, me inscribí en cuanto taller artístico ofrecía la municipalidad. Ahí un profe me calificó de “demasiado sabio para ser artista”, y me desmoralizó bastante. Otro me dijo “ ni lo intentes, serás un mál sacerdote y un mal pintor”

¿POR QUÉ PEPE YURASZECK?
Cuando aceptó liderar la capellanía del Hogar de Cristo, en una reunión habitual en el Centro Bellarmino, donde “se discierne en conjunto con otros compañeros jesuitas” contó su decisión a todos. “Y los 8 que estaban ahí me dijeron que era un error irme al área social. Que siguiera con el arte”. Pero, obediente con la misión se lanzó a la tarea que hoy mismo le heredó a José Yuraszeck Krebs. “Ya te dije, acepté porque necesitaban un cura, y yo lo soy”.

¿Qué es para ti un cura?
-Alguien con tendencia al cuidado y protección de las personas, con mucho apego a Jesús y una admiración gigantesca por los pobres. Después de haber hecho un proceso grande de desarrollo institucional, con Agustín Moreira a la cabeza, el Hogar necesitaba una capellanía con acento pastoral.

¿Qué necesidad satisface hoy el nombramiento de José Yuraszeck?
-Hoy se requiere llevar a cabo una nueva versión del vínculo entre nuestra causa y los territorios y sus comunidades. Y Pepe ha investigado y trabajado ese tema, se ha preparado y, a estas alturas, lo lleva en la sangre. Sabe que la ciudad somos todos, que hay que estar con los pies en el barro, ahí, donde se necesita.

Walker está feliz de que Cristián del Campo, el provincial de los jesuitas, considerara sus tres deseos para esta nueva etapa: “Poner a Pepe a la cabeza del Hogar, permitirme trabajar en Arte en la Universidad Alberto Hurtado y dejarme vivir en una población, donde haya que trabajar en fortalecer vínculos comunitarios y cerrar la herida que ha abierto el micro tráfico”.

Se irá a la población Yungay, de La Granja, con otros 4 jesuitas. Y se le nota feliz. “Sí, lo estoy. Debe ser, porque, como me decía el profe que me corrigió la tesis, “soy un ignorante entusiasta”.

En 2015, al cura Walker, ya ubicado y funcionando en su rol de capellán del Hogar de Cristo, le sobrevino un mal inhabilitante. No se sostenía en pie. Se inflamó entero. Los posibles diagnósticos eran todos pésimos: un linfoma, una tuberculosis o una enfermedad autoinmune. Al final, resultó ser una sarcoidosis, enfermedad del sistema defensivo, que lo obligó a permanecer aislado durante tres meses en la enfermería de la comunidad que la Compañía de Jesús tiene en la calle Alonso Ovalle de Santiago. “Fue maravilloso. Como sacarme la lotería. Mejor que un crucero. Un corte total. Satisfice la sed de silencio que tenía. En esa soledad me reecontré con el arte. Fue una experiencia de tocar los propios límites, de saber que estás en los descuentos, de confiar en Dios y arriesgarse”.

Y empezó de cero, a hacer palotes, elipses, paralelepípedos en grandes pliegos. Un amigo le consiguió rollos de papel kraft y palitos de sauce. Otro amigo le dio clase “Me desprendí de todo lo que sabía del dibujo. Dibujaba las cosas menos sexis del mundo, ollas, alicates, desatornilladores, cucharas. Nada de fantasías o ilusiones, simplemente aprender a ver y recibir lo que estaba delante de las narices. ¡Eso es lo que enseñaba Jesús! Fue fabuloso. Y me empecé a recuperar y a volver de a poco, a medio tiempo, para terminar lo que habíamos avanzado en el Hogar de Cristo en su proceso de re vinculación con la comunidad”.

Juan Cristóbal Romero, el director ejecutivo del Hogar de Cristo, es, además de ingeniero, un reconocido poeta. ¿Ha ayudado a la causa del padre Hurtado que un poeta y un artista trabajen juntos?
-Juan Cristobal tiene una notable capacidad de compartimentalizarse eficazmente. Puede ser muy matemático, muy ingeniero, muy social y muy poeta en fases sucesivas. Puedes serlo también al mismo tiempo. Es notable que logre producir su obra poética concentrándose en las mañanas de los sábados. Con él he tenido grandes conversas, tanto a nivel de la creación como de la justicia social en este Chile atrozmente desigual. Artísticamente, me siento muy inspirado por él. Me gusta su valoración del oficio. Juan Cristóbal domina la poesía clásica muy bien y es poco efectista. Es capaz de decir mucho con pocos elementos. Eso me interpreta. Ambos empatizanos además en la valoración de lo intangible que representa la causa del Hogar de Cristo. Creemos en que se debe generar una agenda cultural de transformación de las mentalidades exclusoras. Eso hacía el padre Hurtado, no perdonaba el que se perpetuaran las rutinas de la exclusión. Debemos enrabiarnos todos, con una rabia santa, ante la desigualdad y la injusticia. Debemos incomodarnos con innovaciones que los traiga de vuelta a lo que les pertenece. Y esto debe desencadenarse de manera muy participativa en todas acciones del Hogar de Cristo para trabajar por devolver a los pobres sus derechos y su aporte al país, reparar su dignidad vulnerada. Lo nuestro no es teoría, es práctica.
A eso apunta su breve estada en México, donde se trepará a los andamios para aprender del trabajo de los grandes muralistas y de lo que realiza el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro, una oenegé jesuita, en las localidades más pobres y vulnerables de ese país. En las comunidades indígenas, de migrantes, de trabajadores y de todo tipo de víctimas de la exclusión social. “Estaré en territorios heridos por la droga, y volveré recargado. Dios mediante”.

Los dibujos de Pablo Walker en su nueva vida – The Clinic Online

Los dibujos de Pablo Walker en su nueva vida