POR Carlos Manuel Alvarez
ILUSTRACIÓN POR @BENJAILUSTRADOR

Es la bestia oscura del Kremlin, pero en Occidente, quieran o no, todavía reciben a Vladimir Putin con música para sus oídos. El pasado 5 de junio Putin se reunió en Viena con Sebastian Kurtz, canciller austriaco, y luego fue homenajeado con una pieza de piano. Alma Deutscher, una niña prodigio de trece años a quien han comparado con Mozart, aunque ella fantásticamente se ha resistido a la comparación, compuso para el líder ruso en solo tres días una reinterpretación de la melodía Noches de Moscú con ritmo de vals vienés.

Deutscher le explicó a Putin, en alemán, que hubiese querido tener más tiempo para componerle una pieza más elaborada. Putin entendió perfectamente sin necesidad de traductor. Era ese su idioma en la década de los ochenta, cuando tenía que espiar para la KGB y también reclutar espías desde Dresde, en Alemania Oriental. Esa sensación de hombre fuerte, hombre que espía, y que espía en alemán, es el eje central de su personalidad, y todo su pasado y su presente se reescribe a partir de este punto. Putin ama leer novelas de espías, quizá porque le gusta reconocerse a sí mismo envuelto en una trama similar. “Lo que más me asombra es cómo el esfuerzo de un solo hombre puede conseguir lo que ejércitos enteros no pudieron”, ha dicho.

Hay cómics que pintan a Putin como un super héroe, en Rusia abundan los souvenirs con su imagen –botellas de vodka, camisetas o latas de caviar– e incluso hay muchos memes en Internet que pretenden burlarse de esta supuesta invencibilidad, pero aun así alimentan el mito: Putin cabalgando un oso pardo, Putin cabalgando un tiburón. Su abuelo fue el chef personal de Lenin y también cocinó para Stalin. Sin embargo, durante su niñez en un departamento comunal ocupado por tres familias en el Leningrado de los cincuenta, el Leningrado de Jruschov y de la posguerra, Putin se divertía cazando ratas, y algunos dicen incluso que llegó a comérselas.

Pero Putin también sabe matizar esa veta feroz con ciertas dosis de calculada ternura, superación física o refinamiento. Es un renacentista del músculo. Tiene su propio club de motocicletas y escala montañas escarpadas en el Kirguistán para, una vez en la cima, bautizarlas con su nombre. Pilotea aviones y ayuda a apagar campos incendiados, alimenta crías de alce recién nacidos y, cristiano ortodoxo, no ama a los homosexuales –más bien los condena, los reprime, y permite que los cacen a lo largo de la enorme patria rusa–, pero sí a los perros. Tiene un labrador negro que suele llevar a las cumbres internacionales, dicen que para asustar al resto de los mandatarios. Hay al menos una foto infinitamente reproducida en la que el labrador negro se pasea orondo por un salón de despacho, con Putin y Merkel sentados a ambos lados de una mesa con flores.

Putin sabe tocar el piano y es un devoto de las bellas artes. Cuando Alma Deutscher tocó su piececilla en Viena, no la estaba tocando para ningún petimetre. La estaba tocando para alguien que en 2013 anunció la separación de su esposa Lyudmila justo en el intermedio de una obra de ballet a la que la pareja había asistido.

Putin es también un judoca cinta negra tan exquisito que ha convertido el campo geopolítico en su tatami particular, y en esos términos lo define. Hace unos pocos días, durante su intervención en la sesión plenaria del Foro Económico Internacional de San Petersburgo, su ciudad natal, dijo que “la situación actual en el mundo se desarrolla como si todos jugaran al fútbol con las reglas del judo, y resulta un juego interesante: no es ni fútbol ni judo, sino un caos”. Está diagnosticando, pero no se está quejando. Es un caos, pero es interesante. Es decir, yo lo manejo.

Un poeta ruso ha dicho recientemente: “Rusia ha construido el capitalismo tal y como fue retratado en la propaganda soviética”. La periodista moscovita Masha Gessen, quien actualmente vive en Nueva York y acaba de publicar un libro titulado El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo, ha declarado que ese capitalismo ruso, el capitalismo de Putin, es una caricatura salvaje, tanto peor que el capitalismo occidental. Todavía en las elecciones de marzo de este año, donde Putin fue reelecto para su cuarto mandato con el 76 % de los votos, un video proselitista llamaba a los hombres a asistir a las urnas, si es que no querían, como castigo, tener sexo oral con otro hombre.

Luego de la elección, Putin resumió en pocas palabras el sentido de grandeza del imperio ruso, los confines de gloria que el alma eslava cree tener reservada para sí misma, algo de lo que no pueden escapar: “Estamos condenados a un gran éxito”. En 2006, de hecho, durante el segundo mandato presidencial tanto de Putin en Rusia como de George W. Bush en Estados Unidos, el Ministerio de Cultura ruso compró a la Universidad de Michigan los papeles del filósofo fascista y paneslavista Iván Ilyin, autor de cabecera del putinismo.

Ilyin fue un aristócrata moscovita expulsado del país en 1922 por Lenin, quien creía que “Dios era ruso”. Este autor, admirador confeso de Hitler y Mussolini, proponía una nueva legalidad imperial que garantizara, a través de una nación cristiana reacia al cosmopolitismo occidental, la hegemonía de Moscú sobre el mundo eslavo.
Así lo reseña en un artículo publicado recientemente en la revista Letras Libres el historiador cubano Rafael Rojas. Dice Rojas: “Los discursos del líder ruso (Putin) ante la Duma comenzaron a llenarse de citas del filósofo racistas, en cuya obra parecía encontrar la respuesta al porqué de la fatídica desintegración de la URSS en 1991, que había puesto a Moscú en desventaja frente a las grandes nacionales occidentales. Luego de la reforma constitucional de 2008 y, especialmente, luego de su regreso a la presidencia en 2012, el Kremlin estaría listo para recuperar su poder territorial y mundial”.

Prestemos atención a estas fechas. Putin fue seleccionado en 2007 Hombre del Año por la revista Time, y vaya si lo sería. Durante sus dos primeros mandatos Putin se dedicó a remover las bases de la Rusia de Yeltsin, la Rusia mafiosa plagada de magnates como Jodorkovsky, Gusinsky o Smolensky, quienes decidieron enfrentársele y lo pagaron caro, con cárcel, destierro y muerte. El más emblemático de todos, Boris Berezovsky, dueño de la línea Aeroflot y de la marca de automóviles Lada, apareció muerto en 2013 en su apartamento de Londres. Dos años después, Boris Nemtsov, su principal rival político, recibía un tiro en la cabeza frente a los muros del Kremlin.

Putin no impuso la estatización de los medios de producción ni eliminó la lógica neoliberal de la fórmula imperial de su Rusia renacida, sino que la subordinó a la línea política de su Estado antiliberal y nacionalista. Millonarios, en Rusia hay suficientes, pero tienen que obedecer. La corporación no controla al gobierno.
Luego de esa reforma constitucional de 2008, el peso de Rusia dentro de la geopolítica internacional no ha dejado de crecer. Tuvo Putin un papel protagónico en la lucha contra ISIS en Siria, ha dinamitado la estabilidad democrática de Europa con su apoyo solapado al extremismo de derechas de figuras como Marine le Pen o a los referendos aislacionistas como el Brexit, y ha llegado incluso adonde la URSS no pudo nunca llegar, luego de la interferencia de sus servicios secretos en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016.

El último gran éxito de la era Putin está a punto de materializarse, cuando el equipo de su país y Arabia Saudita den inicio este 14 de junio a la Copa Mundial de Fútbol Rusia 2018 en el Luzhniki Stadium. Moscú no era sede de algo así desde los Juegos Olímpicos de 1980, cuando el oso Misha se fue al cielo. Hoy Putin ha bajado nuevamente ese oso a la tierra. En él cabalga.