Mi nombre es Paul Alejandro Endre Saavedra y soy profesor de teología. Nací en Arica hace 43 años. Estudié en el colegio San Marcos, un establecimiento fundado por jesuitas, pero que a fines de la década de los 80’ había pasado a ser diocesano.

Desde mi adolescencia me sentí atraído por la labor pastoral del colegio. Viajes al interior de la región, recorriendo poblados en el altiplano, me llevaron a considerar una vocación como religioso. Cuando estaba en mi último año de colegio, llegó un nuevo profesor de filosofía, Barahona.

Barahona venía de Santiago. Había hecho algunos años con los jesuitas y nuestro obispo le encargó la misión de asumir las direcciones espirituales de mi curso.

Recuerdo que hacía mucho hincapié en el tema de la masturbación. Individualmente, nos preguntaba por la frecuencia, la duración y sobre qué cosas nos motivaban a hacerla. Incluso instaló una práctica que consistía en que cada vez que yo tuviese deseo de masturbarme, debía ir a donde él vivía y hacerlo frente a él.

Fui dos veces. Él se sentaba en un extremo de su habitación y colocaba una lámpara apuntando hacia mí, que debía estar del otro lado de la pieza. La luz no me dejaba verlo, pero él sí a mí.

No lo comenté con nadie por meses, hasta que me abrí con un amigo, quien me dijo que le había pasado lo mismo. Ahí se lo conté a un cura, quien se lo contó al obispo de entonces, Ramón Salas. Me hicieron declarar y Barahona se fue ese mismo año de Arica.

Al año siguiente, cuando salí del colegio, fui invitado a vivir en la casa del obispado en la calle Arturo Gallo, entre Sotomayor y 21 de mayo. A pesar de lo que me había pasado, yo quería convertirme en sacerdote. Hoy pienso que mi vocación vino dada porque ellos trataron de colocarme en sus filas, de hacerme parte. Tenerme de amigo, sin asperezas.

Ese año, además, conocí a quien sería mi pareja por algunos años. Era un seminarista, también de Arica, y quien había vuelto por unas semanas desde La Serena, que era el lugar donde llegaban jóvenes de las diócesis del norte grande como Copiapó, Calama y Arica. Una vez que terminé ese año, hice las maletas para volver con él a Serena. Era 1992, y yo estaba a punto de cumplir 18 años.

La Jaula de las locas

Apenas llegué a La Serena, me di cuenta que existían dos “bandos”. Estaban quienes eran muy estrictos y cuadrados respecto a la vida religiosa. Y luego estaban quienes vivían de manera mucho más abierta -o eso parecía- su condición homosexual.

Los veía desfilar con sus sotanas como si fuera modelos, se levantaban el hábito y fingían movimientos de penetración, ese tipo de cosas. Al poco tiempo supe que muchos de ellos estaban afectivamente vinculados, que eran pareja.

Apenas llegué, del primer grupo me advirtieron: “ten cuidado con Cox. A él le gustan cabritos”.

En ese entonces yo mantenía la relación que había iniciado en Arica, pero estaba llena de tormentos. Vivíamos en un entorno donde -al menos discursivamente- la homosexualidad era un pecado. Se referían a ella como “actos impuros”, “faltas al mandamiento” o “pecados de la carne”. Nadie me ayudó a colocarle rótulo y yo tampoco me atrevía. Sabía que en el momento en que yo me declarara homosexual, me iba a condenar. Pero mientras yo me debatía, hubo varios curas que al saber mi situación, intentaron ir más allá conmigo.

Para ellos, el que uno hubiese sido víctima de abuso no era algo que los llevara a protegerte. Éramos vistos como datos a compartir. “A este chico le gusta tal cosa”, o “con ese chico puedes hacer esta otra”.

Me consta que Cox tenía sistemas para “proveerse” de jovencitos. Al hermano menor de un amigo le pagaba los estudios, y a otros les daba techo en el arzobispado o con familias amigas. Él siempre se encargaba de subsidiar o hacerse necesario para estos jóvenes, como una forma de generar dependencia.

Cox, además, mostraba un claro favoritismo sobre los sacerdotes homosexuales. Los ponía a liderar formaciones, o a cargo del Seminario, les daba puestos en parroquias importantes. Había un tratamiento distinto. Y ellos hacían uso de ese favoritismo: te corrían mano en las confesiones, las caricias duraban un poco más. Me consta que algunos formadores del seminario frecuentaban o derechamente mantenían relaciones con seminaristas.

Lo que vi y viví me hizo pensar sobre la doble vida sexual en el clero. Por un lado hay un discurso en relación al sexo y la sexualidad que la iglesia te instala en las casas de formación y que te lleva a vivir dicotomías muy profundas entre lo que uno es y lo que uno le dicen que debe hacer.

Daba lo mismo si uno era hétero u homosexual. Porque el compañero que embarazaba a una secretaria no podía salir a denunciar al que le daba besos a un niño. Ese techo de vidrio provocó un secretismo del que hoy aún padece la iglesia.

El año 1995, mi director espiritual, Francisco García Huidobro, fue ascendido al puesto de rector el seminario. Pocos días después recibí la carta de expulsión. Lo sentí muy injusto. Yo le había comentado las conductas de mis compañeros, de mis superiores, incluso le había contado -durante mis confesiones- acerca de mi orientación sexual. Sentí que me estaba castigando.

Volví por un año a Arica a hacer clases de religión en el altiplano, y luego viajé a Santiago para estudiar teología en el seminario pontificio. Allí, muchos compañeros me molestaban, diciendo que el seminario de La Serena era conocido como “la jaula de las locas”. En los años 90’, era de conocimiento de casi todo religioso lo que pasaba allá. El 2001 egresé de teología y me puse a trabajar como profesor.

Una botella en el mar

El año 2010, después de ver el primer reportaje sobre el caso Karadima, me puse en contacto con José Andrés Murillo. Me removió mucho su testimonio y desde ahí comenzamos una amistad. Yo le comenté que había un lugar disponible en el Instituto Catequístico de la Universidad Católica, donde yo enseñaba teología.

Gracias a la venia de Fernando Echeagaray, por entonces rector del instituto, La Fundación comenzó a funcionar en nuestras dependencias, en el cuarto piso. Hasta ahí llegaron James Hamilton, Cruz y Murillo.

Cuando Ricardo Ezzatti se enteró de esto, no le agradó mucho. En 2012, bajo el argumento de que ahí se enseñaban “cosas que estaban reñidas con la doctrina católica”, intervino el instituto. Nombró un nuevo rector, cambió a todo el personal y sacó a profesores de planta, entre los que estaba yo. Recuerdo que algunos de los profesores que llegaron provenían de la parroquia de El Bosque.

De alguna forma, aquello me hizo reflexionar sobre mi vida. Volví a revisar todo lo que me había pasado en el seminario, volví a sentirme abusado desde el poder. Ante eso, la única forma que encontré para sentir algo de justicia fue el intentar a contar esta historia. El libro vino como un proceso de sanación. Comencé a asumirme como un sobreviviente a través de la ficción.

Me consta que luego de que Francisco José Cox se retiró de la vida pastoral, siguió dirigiendo los retiros de algunos de los aspirantes de Schoenstatt, su congregación. Si Cox evitó la justicia fue gracias a sus redes familiares y de poder. Pero también, por lo que sabe. En el clero, el tema de la protección pasa por lo que saben el uno del otro.

Aunque puse mucho de mí y de las personas que conocí en los personajes de mi libro, muy poca gente reparó en las similitudes de mi vida con la del protagonista. No quise publicarlo con mi propio nombre. Temí por los problemas que me podría ocasionar.
Pensándolo hoy, se podría decir que ese fue mi primer mensaje. Fue como lanzar una botella en el mar.