“Fue surrealista. No sé cómo nadie no se dio cuenta de que estaba ebrio. Hablé de cualquier huevada. Por eso uno tiende a pensar que estoy loco, pero no”.

Así relata Rafael Garay a Revista Sábado el momento en que la prensa se abalanzó en la puerta del departamento donde cumplía prisión domiciliaria en Rumania, cuando ya se había descubierto el mundo de irregularidades financieras que cometió el ingeniero.

Cuando le preguntan si siente vergüenza por todo lo realizado, Garay evade y dice que “Más que eso me doy cuenta de que veo un gallo con una inteligencia normal y pienso cómo cresta no me di cuenta, cómo no pedí ayuda cuando fui diagnosticado el 2007 con trastorno límite de personalidad, por qué no seguí el tratamiento. Pero fue porque no confiaba en mi entorno. Para todas las personas con las que me rodeé, yo era el proveedor”.

Hoy, en el anexo Capitán Yaber, Garay se dedica a limpiar los papeles con caca que el resto de los presos lanza desde los pisos superiores, labor muy distinta a la vida de lujos que llevaba antes de todo el escándalo que protagonizó.

“Uno de los grandes temas que tenemos con usted es su grado narcisista. No me convence para nada que él no sea un peligro para la seguridad de la sociedad”. Este fue el argumento de la jueza para desestimar su cuarta petición para acceder a la prisión domiciliaria.

Más adelante sostiene que “Todo lo que es relacionado a plata, al éxito, a lo que yo le di tanta importancia, no tiene ninguna ahora. Me sané de algo que es súper difícil de entender”, mostrando, como muchas veces, una supuesta distancia intelectual. “El trastorno de límite es un trastorno de personalidad en las relaciones interpersonales, la autoimagen y la afectividad, básicamente porque no tienes pilares afectivos. Crecí en un hogar violento. La única forma que me inculcó mi padre era que el éxito se medía por una cuestión monetaria” precisa.

Luego habla sobre sus salidas a locales nocturnos y su búsqueda de mujeres, señalando que “no era conversar con dos o tres presonas, era con 15. Yo llegué a sacar a la gente que atendía en la barra, a sentar a los guardias, imagínate lo solo que me tengo que haber sentido. Porque al final del día, y a pesar de que muchas mujeres han declarado, en realidad no me iba con ni una. No era lo que iba a buscar. Lo que iba a buscar era socializar. Ir a pagar por socializar.

Sobre su relación con el alcohol dice que “en cuarto medio comencé a tomar sistemáticamente viernes y sábado. Tenía dos episodios de inconsciencia a la semana. (…) siempre quedaba tan ebrio que a la chica que me gustaba no le podía ni hablar”. Palabras más, palabras menos, añadde que “Yo soy un tipo que iba a una discoteca y no sacaba a bailar a una mujer poque era súper tímido. Esta imagen que muchos tienen, de un tipo muy seguro, es un constructo. El problema es que esa diferencia te va haciendo pedazos”.

Respecto a su falsa calidad de economista, Garay dice que en algún minuto dijo la verdad, que era un doctorando y no un economista titulado, pero que la prensa habría preferido llamarlo así para abreviar y que él no se dio la molestia de corregir.

“No le daba importancia. De cualquier manera estoy híper calificado para hablar de los temas que hablé. No solamente por lo que estudié de manera formal, sino por las horas que yo le dedicaba al análisis y al estudio. En diez años jamás recibí una crítica técnica. Mis estimaciones eran precisas. Llegué a tener mejores estimaciones que las del Banco Central” señala con un ego que nunca baja.

Consultado por las críticas públicas que hacía sobre las estafas en las que terminó siendo protagonista, Garay responde que “pensé que nunca me iba a pasar. Yo bicicleteé al final, porque me quedé sin ingresos. Esos años fueron un desastre no solo porque estuve en un psiquiátrico: me había quedado sin ingresos. Pero antes de eso, los ingresos que más generaba la compañía, eran las utilidades. Si yo no me hubiese tomado ese dinero, que es lo que realmente hice, ese 18% (la promesa de rentabilidad anual que ofrecía a sus clientes9 estaba completamente cubierto. Pero me gasté las utilidades. Y parte del capital. Hoy se me imputan 1.240 millones, pero me gasté más de 2.000 millones ¿De dónde saqué el resto?”.

Contando que parte de los ingresos que tenía la empresa no provenían necesariamente de operaciones con los fondos de sus clientes sino que de charlas, asesorías y otras actividades realizadas por Garay, el hombre explica que “El capital lo dejé inmovilizado y no lo usé, derechamente por lata. No quería perder tiempo en otras cosas mientras el capital estaba y las utilidades se generaban”. Luego dice que cuando llegó a una etapa crítica decidió “voy a tomar un poco prestado y voy a gastar y luego me voy a recuperar, y resulta que cada vez fue peor cada vez gastaba más. A comienzos de 2016 podría haber dado vuelta los resultados, pero no podía. No podía porque yo no podía. Si tu tenís un gallo que está alcoholizado, que no quiere vivir, sencillamente no se puede”.

Cuando le consultan si se siente un estafador, lo niega. Señala que un estafador es el que vive haciendo estafas y “yo me mandé una cagada que se llama estafa, por lo tanto estafé. Pero no he tenido esa conducta antes, ni la voy a tener después”.

Respecto a su amigo Iván Núñez se arrepiente de cualquier cosa negativa que haya expresado en meses anteriores. Iván es una buena persona. Yo sé que me tiene que odiar. No entendería una reacción distinta. Creo que es súper humano que me odie ahora y el resto de mi vida. (…) Lo que no voy a reparar nunca es haber perdido a uno de los mejores amigos que tenía y a un gran tipo”.

Más adelante vuelve a referirse a su alcoholismo señalando que se llegaba a tomar nueve botellas de vodka a la semana y que en abstinencia alcohólica se bebía una botella entera de Listerine. Sobre lo mismo asegura que aprendió a mentir muy bien para que su entorno no se diera cuenta de la crisis que tenía con el alcohol.

Luego habla de su plan de suicidio con un mega viaje internacional, que incluye una relación que no le gusta definir con una rumana, con la que viajó desde Francia a su país en un auto. La idea era suicidarse el 27 de septiembre lejos, para que la mujer que estaba embarazada de Garay no encontrara su cadáver. Cuando llegó el día, Garay asegura que preparó una serie de jeringas con morfina, pero que finalmente la mujer rumana lo interrumpió e impidió su suicidio.

La misma mujer, señala Garay, lo tenía vuelto loco en su arresto domiciliario. “Me hizo la vida imposible. Por la plata. Eso me llevó a tener que desalojarla con la policía”.

Cuatro días antes de intentar suicidarse la policía emitió una alerta roja vía Interpol para buscarlo. Sobre esto Garay comenta que “estuve todo octubre metido en un bar con sujetos que no sé que chuchas hablaban, pero ahí estaba, tomando de la botella, obviamente invitándolos a todos. Hasta que me encontré con la policía rumana en un café y me dijeron ‘¿Usted sabía que hay una alerta roja en su contra'”.