Los padres de Maha Mamo son sirios, ella ha vivido casi toda su vida en Líbano y desde hace tres años reside en Brasil como refugiada, pero no tiene pasaporte ni un documento de identificación de ningún país. Es apátrida, uno de los más de diez millones de personas en todo el mundo en esta situación.

La historia de Maha, de 30 años, es la de una lucha incansable por hallar un lugar de pertenencia y dar visibilidad a una discriminación cruel que condena a los apátridas a una vida de exclusión y frustración, sin acceso a la educación, la salud y otros derechos básicos.

“Somos personas viviendo en las sombras, no existimos”, cuenta en una entrevista con Efe en Santiago, donde esta semana participó en una reunión organizada por la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) sobre la apatridia en América Latina y el Caribe.

Su caso además es inédito en Brasil, donde próximamente puede convertirse en la primera apátrida que obtiene la nacionalidad de ese país gracias a los avances de la legislación en esa materia.

Los progenitores de Maha son sirios. Él cristiano y ella musulmana, por lo que no podían casarse en Siria porque los matrimonios interreligiosos están prohibidos.

Se fueron a vivir a Líbano para casarse, aunque no hay ningún documento o registro de la unión, solo recibieron la bendición en una iglesia.

Maha, su hermana Souad y su hermano Eddie nacieron en Líbano pero no obtuvieron la nacionalidad de ese país, que exige que el progenitor tenga sangre libanesa.

Tampoco podían reclamar la nacionalidad siria, pues los padres no estaban casados en el país. Los tres pequeños se habían convertido en apátridas, aunque por entonces no lo sabían.

Durante su infancia, la ausencia de documentos no supuso grandes contratiempos para Maha y su familia. Tuvieron algún problema para encontrar una escuela, pero el escenario de caos de la guerra civil en Líbano les permitió inscribirse en un colegio armenio.

Los disgustos y las frustraciones llegaron unos años más tarde, cuando constató que era diferente y descubrió las limitaciones que marcaban su día a día.

“Salí del colegio, tenía 16 o 17 años y quise empezar a vivir mi vida pero me di cuenta de que no podía. Vi que era muy diferente al resto de personas, no sabía que era apátrida pero sabía que era diferente y empecé a preguntarme por qué”, recuerda.

Maha quería estudiar Medicina en una universidad pública, una meta demasiado ambiciosa para alguien que a ojos del Estado y las instituciones libanesas, no existía.

Encontró una universidad privada donde pudo estudiar Ingeniería Informática y complementar su formación con un máster, pero las limitaciones diarias la agobiaban.

No podía ir a un hospital, viajar, comprar una tarjeta para el teléfono móvil y cuando salía a bailar a una discoteca con sus amigos rezaba para que no le pidieran un documento de identificación en la entrada.

Empezó a enviar cartas relatando su situación. Hizo llegar misivas al presidente libanés, al ministro de Relaciones Exteriores, al Gobierno sirio y a decenas de embajadas extranjeras en Beirut. Durante una década todo fueron respuestas negativas hasta que Brasil aceptó su caso el año 2014.

“No fue porque yo fuera apátrida sino porque ese año Brasil abrió las puertas a los refugiados sirios”, señala.

La embajada brasileña en Beirut le ofreció a ella y sus dos hermanos pasaportes especiales para llegar al país suramericano y un conocido les dio el contacto de una familia de Belo Horizonte que los acogió cuando llegaron a Brasil.

Cuando viaja al extranjero, Maha lo hace siempre con una bandera brasileña colgada del cuello. Siente que, de alguna manera, Brasil es su casa, que pertenece a ese lugar, a pesar de que allí sufrió la trágica muerte de su hermano en junio de 2016.

“Trataron de asaltarlo y él no hablaba bien portugués, no los entendió y le dispararon”, explica Maha, que aclara que no guarda ningún resentimiento hacia el país por lo sucedido.

Desde mayo de 2016 Maha tiene estatus de refugiada pero pronto recibirá la nacionalidad brasileña gracias a una nueva ley en el país que facilita la naturalización de los apátridas, pasos que están siguiendo la mayoría de los países latinoamericanos.

“La lucha comenzará cuando obtenga la nacionalidad. Hay más de 10 millones de apátridas en el mundo que no tienen voz. Creo que seré la primera persona en darles esperanza, si yo pude, ellos también pueden”, concluye.