“Graben todo, en algún momento algún bastardo se levantará y dirá que esto no ha ocurrido”, dicen que dijo el general Eisenhower al entrar en el campo de Ohrdruf en abril de 1945. La verdad es que no sé si lo dijo, pero no dejemos que la falta de evidencia (la mía) nos estropee una frase maravillosamente épica. Lo que sí dijo el general –o más bien escribió–, sobre su experiencia en la Segunda Guerra Mundial fue: “He visitado cada rincón del campo [Buchenwald, al que pertenecía Ohrdruf] porque es mi obligación poder testificar de primera mano sobre estos acontecimientos por si surge algún día la creencia de que las historias de la brutalidad nazi son sólo propaganda” (Crusade in Europe, 409).

Grabar, fotografiar y documentar con todo detalle el horror con el que se iban encontrando las tropas aliadas en su avance hacia Berlín respondía a una razón: que nadie pudiera negar lo ocurrido y, sobre todo, que nadie pudiera olvidarlo.

El exterminio de los judíos sería, según Himmler, “una gloriosa página de la historia que nunca había sido escrita y que nunca lo sería”. Una aparente contradicción que no lo era tanto pues entre los jerarcas nazis, tan importante era la desaparición masiva de sus víctimas como el borrado de toda huella. De ahí lo “industrial” y lo “aséptico” de la maquinaria diseñada: una burocracia efectiva y efímera. En noviembre de 1944, Hitler ordenaba que cesara el exterminio en las cámaras de gas, su desmantelamiento y que toda evidencia fuera destruida. Una vez eliminados los últimos enterradores (también judíos) no quedaría más memoria que la de los asesinos. Los nazis deberían llevarse el secreto del genocidio a sus tumbas. Como señaló Reyes Mate “lo que hace de Auschwitz un crimen único no es la cantidad de víctimas cuanto el proyecto de olvido”.

Pasado el tiempo, enterrados los muertos, minimizado el trauma e, incluso, aceptado el olvido –“para vivir hay que olvidar”, decía Nietzsche–, ya solo sobrevive la historia. Y a su lado nuestra memoria.

Memoria y olvido son dos procesos humanos no necesariamente antagónicos. Lo que llamamos “memoria colectiva” es, según Maurice Halbwachs –irónicamente víctima de los nazis–, una construcción social en la que entran en juego diferentes factores. Para Halbwachs, esta memoria es siempre “prestada”, pues refiere a acontecimientos pasados que un sujeto no (necesariamente) ha protagonizado, a los que llega por medio de fuentes de diverso tipo y que comparte –de ahí que sea colectiva–, con su comunidad o grupo y cuyos lazos de identidad contribuye a reforzar.

La memoria del Holocausto se debe, claro, a los testimonios de las víctimas que comenzaron a hablar, salvo excepciones sonadas, bastantes años después de lo ocurrido. Pero en mayor medida fueron los descendientes de aquellas los que ayudaron a configurar una página de la historia –y de la memoria– destinada, según los perpetradores, a ser “borrada”. Marianne Hirsch denomina “postmemory” (postmemoria) a los recuerdos que nos son legados.

En el caso de la Guerra Civil española sucede algo semejante. Tenemos testimonios directos y decenas de miles de documentos sobre lo ocurrido, pero el mayor esfuerzo de recuperación y explicación se debe a las generaciones que no protagonizaron el conflicto, sino a sus descendientes.

Están los testimonios y están los documentos; aquellos que, según la frase con la que comenzamos este texto, ordenó crear Eisenhower a sus hombres. Pero en la configuración de nuestra memoria colectiva son claves también los lugares, ciertos emplazamientos a los que el francés Pierre Nora denominó “lieux de mémoire”.

Es así como a la memoria “prestada”, “reconstruida”, “social”, “histórica” o “colectiva”, según las denominaciones de los distintos autores, habría que añadir otra de carácter institucional, fruto de políticas del recuerdo que pueden llegar a ser dominantes y tienden a ocupar un “lugar” privilegiado en el ámbito público. Consensuados desde un presente, estos lugares tratan de configurar el recuerdo activo de determinados acontecimientos históricos pasados. Entre estos “lugares de memoria” estarían, por supuesto, los monumentos, emplazamientos con carga simbólica y demás imaginería pública relacionada con la rememoración de hechos de un pasado traumático compartido.

Es obvio, sin embargo, que no todos los “lugares” son iguales ni tienen la misma carga simbólica. No son lo mismo estatuas laudatorias o nombre de calles que memoriales colectivos, espacios funerarios o, por supuesto, el Valle. Por eso es conveniente realizar actuaciones específicas en cada caso.

En el caso español, como señala Paloma Aguilar en Memoria y olvido de la Guerra Civil española (1996), el franquismo “fue sistemáticamente pródigo en la construcción de signos externos de la victoria, pues estos también cumplían una función clave en el proceso de socialización política” (p. 115). Serían estos lugares de la memoria, los que, con el Valle de los Caídos a la cabeza, se convertirían en signos “que daban la razón de ‛no ser’ a los muertos nacionalistas, que no a los republicanos, a cuyos familiares no alcanzaba siquiera esta compensación simbólica” (Aguilar p. 116). Pese a las modulaciones y los cambios semánticos que el propio régimen quiso darle al Valle desde su construcción –desde símbolo de la victoria al de una supuesta reconciliación–, tal y como expresa Aguilar “no existen textos reconciliadores en el Valle” (p. 128) y “tanto los discursos de Franco como las discriminaciones legales que aún sufrían los vencidos y los familiares en muchos otros asuntos, desmentían el supuesto carácter conciliador de la obra” (129).

Prueba de esto es que, en el pasado como hoy, buena parte de la población española no olvida que fueron los vencidos y sus herederos los que habrían de sufrir la humillación de construir el monumento a los vencedores, o que restos de personas del bando perdedor hubieran sido enterrados en la cripta, obligatoriamente, junto a sus asesinos intelectuales. Tras más de medio siglo, “la memoria oficial no pudo imponerse a la conciencia de la mayoría, y el Valle de los Caídos es recordado como un ostentoso y desafortunado panteón que Franco se hizo a sí mismo y a los vencedores de la guerra” (Aguilar p. 130). Cabría añadir, sobre los propios vencidos.

Durante el fin de semana, en plena efervescencia mundialista y con las cajas de la mudanza todavía amontonadas por los pasillos de Moncloa ha anunciado el Gobierno de Pedro Sánchez su intención de trasladar los restos del dictador Francisco Franco de su tumba actual en la basílica del Valle de los Caídos. Será este un primer paso destinado a la resignificación y contextualización de un complejo que, todavía hoy, 59 años después de su inauguración, sigue siendo el símbolo más palpable de la represión y posterior dictadura en la que el llamado caudillo sumió a España por cuatro décadas y, cuyo recuerdo sigue siendo, pasadas otras cuatro, fuente de discrepancia y crispación política. Justo la única que no debería estar justificada en democracia.

No me detendré en qué hay que hacer con el Valle. Con anterioridad, y mucho mejor que yo, lo han escrito en estas mismas páginas de CTXT, expertos como el profesor Julián Casanova. A sus tres puntos me adhiero.

Me gustaría explicar sin embargo por qué no hay que volar el Valle, como algunos han venido proponiendo con mayor o menor fortuna y predicamento en los últimos años, deseos que se han intensificado en las redes sociales en los últimos días.

Comenzaré recordando que lo anunciado por el Gobierno no es nuevo ni sale de la nada, sino que recoge lo que estipulaba la Ley 52/2007, más conocida como Ley de memoria histórica, promulgada por el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero. Dejando a un lado lo voluntarioso de una normativa que nació sin fondos y cuyo cumplimiento quedaba al albedrío de los gobiernos de turno, la Ley incluía un apartado específico (art. 16) sobre el devenir del Valle de los Caídos. Allí se pedía la despolitización de un lugar, a todas luces, centro de peregrinación de los fascistas españoles como se puede ver cada 20 de noviembre, aniversario de la muerte del dictador.

Más recientemente la proposición no de ley aprobada por el Congreso en mayo de 2017 instaba al Gobierno a ampliar la Ley de memoria histórica para, entre otras cosas, exhumar los restos del dictador. La iniciativa presentada por el PSOE salió adelante sin votos en contra, con la única abstención del PP y ERC.

El traslado de los restos aparece también recogido en el informe de la Comisión de Expertos para el Futuro del Valle de los Caídos, creada por Acuerdo de Consejo de Ministros de 27 de mayo de 2011. Tras seis meses de trabajo, la comisión multidisciplinar, en la que figuraban, entre otros, el catedrático de filosofía del derecho Virgilio Zapatero; el historiador y monje Hilari Raguer; la filósofa Amelia Valcárcel o el historiador Ricard Vinyes, concluyó que la resignificación democrática del monumento solo sería posible tras la salida del dictador.

Poco o nada se ha avanzado hasta este momento en unas recomendaciones que, bajo el mandato de “explicar y no destruir” (18), incluían convertir el conjunto general del lugar, dejando a un lado la basílica y el monasterio, en un “centro de memoria” que dignifique y rehabilite a las víctimas de la Guerra Civil y la represión franquista posterior (18 y ss.). A su vez, y con el voto particular y opuesto de tres de los doce expertos –Miguel Herrero de Miñón, Pedro Gonález-Trevijano y Feliciano Barrios–, se recomendaba el traslado de los restos de Franco puesto que “el objetivo de resignificar el conjunto del Valle de los Caídos, despojándole de cualquier connotación ideológica y política, y atendiendo únicamente a la dimensión moral de la memoria, sólo será posible si los enterramientos se reservan únicamente, como estaba previsto, para los restos de las víctimas y los muertos de la Guerra Civil” (22).

Sobre los restos de Primo de Rivera, dado su condición de “caído” en la contienda, la comisión dejaba abierta la posibilidad de su permanencia en el complejo, pero advertía de que “dada la igual dignidad de los restos de los allí enterrados, aquellos [los de Primo] no deben ocupar un lugar preeminente en la basílica” que ahora tienen (21).

¿Se puede ir más allá de lo recogido por el mencionado dictamen? Sí, y me remito a lo dicho por Casanova.

¿Se debe de partir de este informe como mínimo? También.

Con respecto al voto particular, decir que, más allá de las consideraciones ideológicas, evidentes en el mismo, aludir al malestar que provocaría en “una parte no pequeña de los españoles, que considerarían que la exhumación supone la descalificación de un largo periodo de la historia de España y a otra parte resultaría muy ingrato el traslado de los restos del general Franco con la dignidad que corresponde a un jefe de Estado” es hacerle un flaco favor a la madurez de la democracia española.

Más allá de revisionismos de mayor (desde Píos Moas y demás) o menor intensidad en los últimos años, no hay ninguna duda de que una de las primeras preocupaciones del franquismo fue legitimarse. Primero la guerra y después la dictadura nunca fue una “tragedia inevitable”, sino un golpe de estado planificado para eliminar a una parte de los españoles. Un plan en el que los tres años de contienda solo fueron un trágico paréntesis en un proceso salvajemente represivo que se reanudó durante la dictadura. Así, la conmemoración de la “Victoria” en la “Cruzada patriótica” y “salvadora”, pronto se convertiría según la narrativa franquista en la “Paz” para acabar siendo finalmente una (falsa) “Reconciliación” que todavía se sostiene desde ciertos sectores de la ultraderecha española.

Es obvio que el Valle no es un símbolo de reconciliación. No lo fue en origen y, como hemos señalado, tampoco lo es hoy. Sin embargo, creo que no haríamos ningún favor si de lo que se trata es de reconfigurar nuestra memoria democrática, si nos deshacemos de un monumento, por otro lado, de dudoso gusto para todo aquel ajeno a la megalomanía fascista y el credo nacionalcatólico.

No se trata de recordar nuestra historia para evitar repetirla como ingenuamente decía Santayana. A fin de cuentas, recordar no es vacuna contra nada y Auschwitz no evitó Camboya ni Ruanda. Se trata, como han señalado los historiadores estadounidenses Ethan J. Kytle y Blain Roberts a cuenta de la polémica en Estados Unidos en torno a qué hacer con las estatuas levantadas a algunos líderes confederados, de recordar que estas “son testigos mudos de la cultura Jim Crow que veneraba a los hombres que iniciaron una sangrienta guerra civil para proteger una institución inhumana. Si hacen que el público se sienta incómodo, es porque este pasado es incómodo”.

El Valle, con toda su carga estética y simbólica, es testigo mudo de una cultura que veneraba a hombres que también iniciaron una sangrienta guerra civil y, por eso, debe permanecer. Debemos dotarlo de un nuevo significado, contextualizarlo, transformarlo. Y no simplemente por su condición de “lugar de memoria” que (nos) recuerde una parte de nosotros mismos, sino porque es esta parte la que nos resulta incómoda, molesta.

Es esta sensación de incomodidad y molestia la que experimentamos al pasear por Berlín o París. En Francia, Italia o Alemania hay “lugares de la memoria” en los que el pasado nos habla, se comunica con las nuevas generaciones y se enfrenta a la actualidad. Así la Maison d’Izieu, una granja en el sureste francés que fue durante el Gobierno colaboracionista de Vichy refugio para niños judíos de toda Europa. Hasta que Klaus Barbie, el tristemente célebre Carnicero de Lyon, los envió a Auschwitz. Así en Berlín, en la misma calle que otrora fuera la sede de la Gestapo y de las SS, la Wilhelmstrasse, el turista y el ciudadano alemán puede hacer presente la topografía del terror gracias a una elocuente exposición abierta al público y a la calle. Así en la ESMA de Buenos Aires en cuyas paredes, convertida hoy en Museo de la Memoria, retumban todavía hoy los gritos de los torturados, muchos de los cuales serían desaparecidos por los esbirros de Videla, Massera y Agosti.

Así el Memorial del Campo de Argelès sur Mer, así Auschwitz.

Lugares de memoria con este sentido histórico, pedagógico y de investigación apenas no existen en España. Sobran monumentos a los vencedores y faltan emplazamientos que nos ayuden a comprender(nos), investigar(nos) con el objetivo de mejorar nuestro presente conociendo nuestro pasado. Esto es lo realmente importante, no tanto el destino de los restos de un dictador al que la historia ya ha juzgado y cuya problemática es hoy una pura cuestión de espacio. No son las cenizas, es el legado. Y este se combate precisamente revirtiendo la misma ensoñación que, desde lo alto de la colina de Cuelgamuros, un 1 de abril de 1940, el dictador mostró a varios gerifaltes de su régimen y a dos invitados de excepción: los embajadores de la Alemania nazi y la Italia fascista.

Texto de Diego E. Barros para Ctxt.es