Joyce Carol Oates, quien cumplirá este año la buena edad de 80 años, permanece muy activa como escritora. Publica novelas más o menos cada dos o tres años, a su ritmo y no al del que quisiera imponerle la industria editorial que vende muy bien sus obras. Por momentos pienso que esos novelistas de éxito, que publican todos los años por exigencia antes de la industria que de su propia voz interior, están perdiendo la libertad de expresión. Pérdida de la libertad no porque se las coarten, sino porque las editoriales se las fuerzan. No se les prohíbe escribir, se les obliga a ello. Más mal pensado todavía, ¿no habrá más de una pluma detrás de tantos novelistas que muestran nuevas obras cada año y a veces más de una en un mismo año?

Joyce Carol Oates figura hace ya tiempo entre los nombres que tiene en cuenta la Academia sueca para otorgar el Nobel de Literatura. En su país, los Estados Unidos de Norteamérica, ha recibido el National Book Award y la National Humanities Medal. La descubrí hace algún tiempo gracias a su espléndida novela “Aves del paraíso” y la seguí luego con “La hija del sepulturero”. No disfruté con la misma intensidad un par de sus últimas novelas policiales ni tampoco el testimonio autobiográfico de su viudez del editor Charlie Gross, y debe ser por eso que fue más bien por su portada e inusual extensión, que me fijé ahora en la última de sus obras, de 2017, titulada “Un libro de mártires americanos”. Tiene 814 páginas y el motivo de su portada es o se parece a una de esas tan sugerentes como desoladas pinturas de su compatriota Edward Hoper: un hombre joven, tirado de panza sobre una cama, dormita con el rostro oculto entre dos almohadas. Tiene el torso desnudo y parece completamente ajeno a la figura principal de la composición, una mujer relativamente joven que, sentada en la misma cama y con sus brazos cruzados, mantiene la vista baja en un punto de la habitación que no está al alcance del observador. Viste una fresca tela roja de verano, zapatos livianos de color azul, y lleva el pelo recogido atrás en un moño. La imagen femenina del cuadro piensa, o bien recuerda, o acaso lamenta algún episodio reciente al que no es ajena la figura masculina que aparece recluida en el mundo del sueño.

Películas y novelas –y en esto la última de Joyce Carol Oates no es excepción-, además de proporcionar entretención y permitir que nos asomemos a personajes, mundos y situaciones distintos de los nuestros, facilitan la comprensión de nosotros mismos y de los demás y permiten advertir mejor la complejidad de cosas y de personas, volviendo más rica, tolerante y compasiva la mirada que podamos tener acerca de todo eso. Personas que leen y ven películas constantemente están en mejor posición de comprenderse a sí mismas y de examinar con mayor serenidad y benevolencia la existencia de los demás. Ellas –novelas y películas- predisponen a una mayor contención y mesura en los juicios que dejamos caer sobre los demás y en los análisis que solemos hacer de lo que consideramos fallas o faltas de nuestro prójimo. En tal sentido, películas y novelas se parecen más al Nuevo que al Antiguo Testamento, al perdón que al anuncio del fin de los tiempos, con su secuela de juicio y castigo.

Leer novelas, ir al cine, dar oportunidad a las series que nos ofrecen hoy distintas plataformas, son actividades también recomendables para jueces, legisladores y cualquier autoridad con competencia para tomar decisiones que afectarán a otras personas. La severidad de un juez, la frialdad de un legislador y la despersonalización de una autoridad administrativa pueden atemperarse gracias a la costumbre de leer novelas y ver películas en las que aparecen personajes tan vulnerables e imperfectos como aquellos individuos que esas autoridades pueden afectar con sus decisiones. El cine y la literatura educan la sensibilidad y nos hacen ver que todo –cosas, situaciones, personas- son mucho más complicadas de lo que estaríamos inicialmente dispuestos a conceder. Cine y literatura muestran los pliegues, los detalles, las imperfecciones de las superficies que en la vida real vemos comúnmente lisas y uniformes.

¿Saben ustedes qué permite mirar mejor la última novela de Joyce Carol Oates? Nada menos que el aborto y la pena de muerte. En ella un fanático religioso, autodesignado “Soldado de Dios”, asesina a un médico abortista y es condenado a muerte, mientras las familias de ambos experimentan una convulsión que expresa muy bien nuestras actuales y encendidas discusiones sobre uno y otro tema, aborto y pena de muerte. Dos temas que tienen fuertes implicancias de orden moral, que es de donde provienen nuestras diferencias acerca de uno y otro. En sociedades abiertas, en sociedades que han llegado a la mayoría de edad y no están ya en manos de ningún tipo de tutores religiosos, filosóficos ni políticos, las concepciones del bien, de lo que es una vida buena y de los caminos para realizarla, son siempre diversas, incluso disonantes, rivales, y es esa variedad la que nos demanda la práctica de la difícil virtud de la tolerancia. Virtud difícil en su versión pasiva –resignación a convivir en paz con quienes tienen creencias, ideas y modos de vida que reprobamos- y ni qué decir en su versión activa, es decir, en la disposición a entrar en diálogo con posiciones y maneras de pensar discrepantes de las nuestras, a dar y a escuchar razones, y disposición incluso a modificar nuestros puntos de vista originales como resultado de ese encuentro y diálogo.

El filósofo norteamericano Richard Rorty sostuvo en vida la bella y sugerente imagen de la conversación de la humanidad. Una conversación que no tiene por fin el hallazgo de una verdad universal o de un sentido único de las cosas y los problemas, sino, más modestamente, el de ocuparse de asuntos contingentes, a medida que estos se van presentando, para acordarles respuestas provisorias que lo más probable es que en el futuro ocasionen nuevos problemas. Respuestas que muchas veces carecen de un específico contenido y se limitan a convenir las instituciones comunes que en adelante van a arreglar nuestras diferencias.

Cualquiera sea la desconfianza que nos merezcan los seres humanos individualmente considerados, deberíamos mantener la confianza en la humanidad, en el conjunto, mientras esta efectivamente converse junto a la hoguera y los que allí hablan y escuchan no interrumpan el diálogo y partan cada cual para su lado. Por tanto, hay que llevar leños a esa hoguera para mantener así el atractivo de la conversación y evitar que el frío o el sueño invadan a los presentes y los alejen del lugar en que conversan. El papel de la literatura, del cine, de la filosofía, sería llevar leños a la hoguera y sentarse allí también a participar en la conversación.

¿Que la última novela de Joyce Carol Oates tiene muchas páginas? Tanto mejor. ¿Que la autora se toma su tiempo? Tanto mejor. ¿Qué el libro pesa lo suyo? Sí, es cierto, pero las manos también deben trabajar cuando se trata de un buen libro que sostener con ellas.