El homenaje debía ser breve. En la antesala de los 800 años de la fundación de la Orden de la Merced, una de las más antiguas en el país, la Sociedad Chilena de la Lengua organizó un pequeño encuentro.

Era noviembre de 2017 y, entre los asistentes, llamó la atención la presencia de importantes autoridades: Ricardo Ezzati, Francisco Javier Errázuriz e Ivo Scapolo, tres de los hombres más reconocidos y cuestionados de la iglesia católica chilena.

Literalmente sentado entre ellos, el fraile mercedario Ricardo Morales Galindo (45) sonreía. Ya en ese entonces, mucho antes de haber sido designado por el Papa Francisco para asumir la administración apostólica de la arquidiócesis de Puerto Montt, Morales se desenvolvía con soltura entre la jerarquía de la Iglesia.

—Si hay algo que Ricardo siempre hizo bien, fue el rodearse de personas con influencia—, explica un cercano al fraile sobre su desconocida trayectoria.

En 2011, con apenas 37 años, Morales se transformó en la máxima autoridad de los mercedarios. Desde ese sitial dirigió una “limpieza” en la Orden que, como él mismo ha explicado, le valió “algunos enemigos”.

Durante su última visita a Chile, los enviados papales Charles Scicluna y Jordi Bertomeu recibieron dos cartas de exseminaristas mercedarios. Las misivas -a las que The Clinic tuvo acceso exclusivo- describen conductas reñidas con los votos religiosos, inoculación de testimonio en un caso de denuncia por presunto abuso sexual e, incluso, el pago de una mensualidad a un sacerdote para que dejase la congregación.

—Hago saber esto porque un sacerdote que hace abuso de poder y manipula conciencias no puede ser nombrado obispo de nuestra amada Iglesia—, denuncia uno de los firmantes.

Aunque el fraile niega estas acusaciones, hay un dato que las fuentes consultadas por este medio piden tener en cuenta: sólo uno de los nueves aspirantes a sacerdote dirigidos por Morales decidió seguir con la vida religiosa.
Y lo hizo fuera de la congregación.

Lucha de poder en la Orden
Es una mañana de martes en un convento diocesano del sur de Chile. El sol que se cuela por los ventanales apenas alcanza para calentar el gran salón blanco donde J., un exreligioso mercedario, recibe a The Clinic.

— Me genera mucho temor su nombramiento. Conozco su personalidad y siento que puede generar mucho daño a la Iglesia—, dice sobre Morales, mientras sorbe una taza de café.

J. es, probablemente, uno de los mejores testigos del ascenso de Morales. Antes de convertirse en sacerdote y dirigir comunidades y colegios mercedarios por Chile, J. compartió con él durante su proceso de formación en el seminario. “Me consta que asumió el control de la provincia con estrategias poco cristianas”, adelanta.

Ricardo Basilio Morales Galindo nació exactamente un año previo al Golpe Militar en San Fernando, región de O’Higgins. A los 21 años ingresó a estudiar derecho en la Pontificia Universidad Católica y, a los 33, fue ordenado sacerdote de la Orden de La Merced.

Antes de un año, el joven Morales fue electo como uno de los cuatro consejeros de la provincia mercedaria chilena. Paralelamente comenzó a asesorar la pastoral del colegio San Pedro Nolasco de Vitacura -el más exclusivo de la Orden en Chile- y, en 2008, fue nombrado Maestro de Estudiantes.

Por aquellos años, los religiosos de la Orden estaban tácitamente agrupados en dos bandos. Por un lado estaban los “Anselmistas”, es decir, los cercanos al religioso Anselmo Espinoza, entre los que se contaba Ricardo Morales. Por el otro, estaban los “Labarquistas”, es decir, los que se identificaban con el sacerdote Mariano Labarca, por entonces provincial.

— La rivalidad entre ambos era conocida. Apenas uno entraba al noviciado, los más viejos te contaban de la tirria que se tenían Anselmo y Mariano— cuenta Andrés Andaur, un exreligioso mercedario.

Aunque no se hablara públicamente, ambos bandos libraban una solapada lucha de poder al interior de la Orden. Con las elecciones de un nuevo provincial ad portas, dos “anselmistas” fueron nominados para visitar las comunidades de la congregación y “animar” a los superiores, previo al voto.

— Lo que hicieron en realidad—, dice J. —Fue sondear el apoyo a la idea de “derrocar” a Labarca y elegir a Ricardo en su lugar—.

Si ese fue el objetivo, el trabajo fue un éxito. En enero de 2011, y con apenas cuatro años de sacerdocio, Ricardo Morales se convirtió en el nuevo provincial mercedario. El consejo, además, quedó conformado exclusivamente por “anselmistas”. Entre ellos el propio Carlos Anselmo y Ramón Villagrán, uno de los dos “lobbystas” de Morales, quien pasó a ser ecónomo provincial o el encargado de administrar el dinero en la Congregación.

Esa misma semana, las nuevas autoridades comenzaron a elegir las destinaciones de sus religiosos. Uno de ellos fue el sacerdote Patricio Cavour, por entonces rector del colegio de Vitacura y reconocido “labarquista”, quien fue destinado a la modesta parroquia de San Felipe. Sus cercanos describen la decisión como una “provocación”. A pesar contar con magísteres en administración y gestión escolar, Cavour era llevado a una comunidad sin colegio.
Renunció, pero no fue el único.

Las denuncias del seminario
Previo a convertirse en provincial, entre los años 2008 y 2010, Ricardo Morales ejerció como Maestro de Estudiantes, el formador de las vocaciones mercedarias del país. Instalado en el enorme convento de la Orden en calle Güemes 390, La Reina, Morales supervisó a nueve aspirantes a religiosos mercedarios. Siete chilenos y dos angoleños.

Una de las cartas enviadas a Bertomeu y Scicluna, describe la relación inicial: “Aunque en un primer momento Ricardo Morales se mostró abierto al trabajo en comunidad, lo cierto es que, en los hechos, dicho espíritu se esfumó rápidamente, demostrando que toda escoba nueva barre bien”.

Entre los exseminaristas que pasaron por la dirección de Morales los relatos se repiten. Las humillaciones y el trato abusivo del día a día que describen se contraponen a los privilegios de los que él mismo, aseguran, se prodigaba.
Una de las cartas enviadas a Bertomeu y Scicluna explica: “Dentro del seminario, Ricardo nos pidió austeridad. Se nos recortaron los beneficios como comprar útiles de aseo personal en comunidad y se ordenó a los cocineros hacer comidas más austeras. Muchos comenzaron a pedir dinero a escondidas a sus familias para solventar algunos gastos. (…) pero Ricardo no hacía nada de lo anterior: renovó el auto, viajaba solo a la universidad, se compraba artículos electrónicos de lujo y estufas para sí”.

—Él vive en incoherencia, falta de testimonio. Hacía exigencias desmedidas que él era el primero en desobedecer—, comenta Álvaro Pincheira, uno de los seminaristas que vivió el período de Morales.

Pincheira recuerda un episodio particular: “A mediados de año, algunos ya habíamos hablado con Mariano Labarca y otros superiores acerca de los tratos en el seminario, y eso molestó a Ricardo. En una ocasión volvíamos junto a un hermano desde el médico, por unos lunares que podían parecían peligrosos. Ricardo nos miró despectivamente y nos dijo que los remedios eran muy caros, que le íbamos a comprar sólo uno al mes”, dice.

Otro seminarista que dejó la congregación y que actualmente trabaja como ingeniero comercial en un alto organismo público, describe su período bajo la dirección de Ricardo como un infierno. “Era imposible convivir con él. Te gritaba todos los días, no mantenía las conductas que te pedía y si hacías algo que no le parecía, te podía dejar encerrado en el convento por meses. Si le llegabas a discutir algo su respuesta era: ‘¡Aquí el que manda soy yo!’”.
En menos de un año, la mitad de las vocaciones había renunciado. Para el siguiente, no quedaría ninguna. Según fuentes de la congregación, no se han registrado vocaciones nuevas desde el año 2013.

La limpieza
Uno de los aspectos que Morales y sus aliados defienden respecto a su administración es que fue marcada por la “difícil” limpieza que tuvo que enfrentar.

En su primer período, se abrieron investigaciones canónicas previas respecto de algunos religiosos mercedarios, entre ellos el propio Mariano Labarca.

Morales lo explica así: “Con el pasar de los años fue apareciendo una red de protección y silencio, que llevó a que casos de abusos no se investigaran, o que se toleraran a religiosos con una doble vida, con parejas dentro o fuera de la comunidad, incluso algunos de ellos con hijos”.

De acuerdo al fraile, esa situación motivó que al término de su primer mandato en 2014, el Vaticano les pidiera “seguir adelante” ya que su gestión “daba las garantías de la búsqueda de la verdad y la justicia en cada una de las situaciones”. Por eso no hubo elecciones, y el provincial y el consejo extendieron su período por tres años más.
En ese interregno surgió el caso de Juan Armando Sánchez, un sacerdote mercedario que, asegura su círculo cercano, se vio obligado a renunciar. Mientras ejercía como párroco en la comunidad mercedaria de Victoria, IX Región, Sánchez fue llamado a Santiago para esclarecer una presunta denuncia en su contra por parte de una de las profesoras de su colegio.

El proceso, como consta en una de las cartas enviadas a Bertomeu y Scicluna, presentó inconsistencias. La presunta denunciante se negó a firmar una declaración –redactada por Morales- donde se describían los hechos, y Sánchez fue trasladado a Melipilla. El año 2014, y por el “testimonio de personas honorables”, Morales le habría pedido a Sánchez dejar la congregación “por las buenas”. A cambio, le otorgó una manutención de 400 mil pesos mensuales para estudiar una carrera técnico pedagógica. De acuerdo a la misiva, Sánchez aceptó.

Morales, quien respondió un cuestionario enviado por The Clinic, niega categóricamente la existencia de una “negociación”, aunque agrega que “en el caso de exreligiosos que salieron de la comunidad y sabiendo que en la sociedad habrían de desenvolverse, se les siguió tendiendo la mano con ayuda económica, por un deber de justicia, como también se ayudó económicamente como reparación a las víctimas de algunos sacerdotes”. Morales complementa: “En algunos religiosos, eso significó que la ayuda iba para estudios y o sustentación por un tiempo”.
A mediados del segundo período de Morales, se establecieron las primeras condenas. Marcelo Méndez, un sacerdote mercedario, fue condenado eclesiástica y judicialmente por haber abusado de un menor. Actualmente cumple pena la cárcel de San Felipe. Mariano Labarca -quien fuera la máxima autoridad mercedaria a nivel mundial- terminó siendo expulsado de la Orden luego de que el Vaticano investigara denuncias respecto a relaciones que habría mantenido con seminaristas en la década de 1980.

“Una realidad difícil”
Durante la última semana, Morales realizó una visita a Roma, específicamente al hogar de Santa Marta en el Vaticano. Desde Italia, Morales se dio el tiempo para entregar su visión sobre el contenido de este reportaje.
Dice que le correspondió asumir “una realidad difícil”, al hacerse cargo de un seminario cuyos integrantes presentaban “diversos niveles de madurez humana”, o que “a ningún religioso o seminarista se le redujo el dinero para su justa mantención, ni menos la compra de medicamentos”.

—Muchas decisiones pueden interpretarse como “abuso de poder”, cuando se trata de invitar a la gente a actuar con verdad y honestidad— afirma Morales vía correo electrónico.

Algunos expertos en el quehacer eclesiástico estiman que, por la confianza que Francisco ha demostrado en él, Morales será la primera carta para transformarse en obispo de la arquidiócesis que actualmente administra.
Confianza a la que apela el final de una de las cartas entregadas a Bertomeu y Scicluna: “Estoy seguro que el Papa quiere dar solución y reparo a tantas situaciones que le han hecho un daño enorme a nuestra iglesia, como la sed de poder y dinero que gobierna la vida de muchos, pero ha quedado demostrado que él no siempre tiene toda la información fidedigna. La iglesia necesita pastores coherentes, cercanos a los más afligidos y desvalidos. Siento temor de que una persona como Ricardo llegue al episcopado”.