PASIÓN POR EL DEPORTE

Me pegó el sol en la cara, la marihuana en el alma, y la
pelota en las weas. Minuto ochenta y nueve y vamos perdiendo
siete a cero por mi culpa, por mi maldito autogol
y porque el arquero fumó marihuana, y yo soy el arquero.
Pero antes, retrocedamos un poco en el tiempo. Recuerdo
que la primera vez que pateé una pelota supe que no sería
futbolista, y que me costaría hacer amigos en los recreos.
Como mis padres no pertenecieron nunca a la cultura
futbolística, yo perdí por walkover. Fui triste e inconscientemente
aislado de una realidad país, hasta que la reconciliación
fue, definitivamente, impracticable.

La exclusión deportiva me obligó a generar una coraza
para proteger mi corazón de la soledad. Anulé mis sentimientos
y atrofié mi capacidad de sentir pasión por el deporte.
Ya nada podía penetrar esa barrera; ni los estadios
llenos, ni el plantel saliendo a la cancha, ni los cantos de la
hinchada, ni el candor ni los bombos de las barras bravas,
ni los goles de la selección en el mundial.

Para mí el fútbol se había transformado en cualquier
otro juego, como el Mortal Kombat. Si ganaba la Universidad
de Chile o Sub Zero, me daba igual. En general prefiero
Mario Kart, pero si llego y están viendo el superclásico
entre Colo-Colo y Universidad de Chile, me da lo mismo
mientras haya algo para comer o una cervecita.

No entiendo bien por qué le dicen «superclásico» a algo
que ocurre casi todos los fines de semana. En mi humildísima
opinión, se están gastando el valor semántico de la
expresión. Deberían decirle «Típica Pichanga», con mayúscula,
para que sea nombre propio. Me da risa.

Eso es lo primero que me da risa, lo segundo es
la Católica.

Pero la verdad es que me río porque soy malo para la
pelota, siempre fui el niño que elegían al final y, por lo tanto,
no culeé hasta viejo. No se preocupen, jóvenes lectores,
algún día, tarde o temprano, van a culear y será increíble.

Porque culear es bacán, siempre y cuando todos los involucrados
estén de acuerdo.

Volvamos al presente.

De un duro pelotazo, el balón fue a dar a mi entrepierna,
dejándome acunado en la miseria como un chanchito
de tierra que sabe que lo van a pisar. ¿Por qué cuando te
pegan en los testículos más que dolor como que da pena?
Como si fuera el funeral de tu mejor amigo.
«Que no te vean llorar», me dije mientras lloraba.
Siempre lo echo todo a perder. Era mi debut en la liga de
fútbol de mis nuevos amigos de la universidad y lo había
arruinado. Cuando me preguntaron si sabía jugar al arco
contesté que sí, porque sabía que no había que dejar que
la pelota entrara.

Me imaginé en una multicancha de cemento con la situación
totalmente controlada, siendo el héroe del partido
con mis arriesgadas atajadas aéreas, quizás metiendo un gol
o haciendo una chilena para rescatar a una linda niña del
público a la que le iba directo un pelotazo. «No es nada», le
diría yo, y volvería corriendo al arco antes del pitazo final.
Habíamos ganado, todo gracias a mí, pensaba mientras
contestaba que «me encantaba jugar al arco».

Pero oh, mi Dios, cuán distinta es la realidad de los
delirios de grandeza. Apenas llegué a la cancha supe que la
había cagado medio a medio: era una gigantesca explanada
de pasto y yo ni siquiera tenía toperoles. Apenas eran las
nueve de la mañana y había salido a carretear la noche anterior,
porque asumí que era un peloteo amistoso.

En el camino hacia la cancha, había decidido parar a fumar
marihuana para contrarrestar las náuseas de la resaca,
y se me había pasado un poquito la mano. No bien hube
puesto un pie en el campo de fútbol, entendí exactamente
por qué en los Super Campeones duraban tanto los partidos:
la cancha era gigante.

¿Qué estaba haciendo ahí? Me demoré unos tres años
en llegar a mi arco, que de lejos se veía normal y de cerca
parecía una generosa jaula para una familia de avestruces.

¿Qué mierda estaba haciendo ahí?

El primer gol fue el más humillante; me tiraron un pase
y no alcancé a llegar. El segundo fue un pelotazo que venía
fuerte y me tiré a propósito para el otro lado, porque tampoco
tenía guantes y la pelota oficial del partido la habían inflado
con cemento o algo similar. El tercer gol fue un poquito
más culpa de todos, porque el delantero del otro equipo, antes
de enchufarme un despiadado proyectil, se bailó a los dos
defensas. El cuarto fue un golazo, colocado en toda la esquina,
que ni siquiera intenté atajar porque no hubiese llegado.
Primer tiempo. Cambio de lado. (Ojalá uno pudiera
cambiar de equipo o retroceder el tiempo.)

El quinto fue un autogol. Despejé con chanfle en medio
de un confuso ataque de hombres sudorosos y ahí la
moral del equipo, junto con mi credibilidad y respeto, se
fue a la chucha. El sexto gol llegó en el minuto ochenta
cuando, por error, acepté jugar ochenta minutos de partido,
y el séptimo fue como esa parte de las películas en que
matan al animal para que no siga sufriendo (quizás es una
realidad para alguien, yo nunca lo he hecho).

Lo había perdido todo en la cancha. Mi orgullo, mi
honra, mis posibles nuevos amigos y ahora, quizás, un
testículo.

Mientras aún me retorcía en el suelo, escuché el pitazo
final. Fue horrible. Me paré solo para darme cuenta de que
mi técnica del chanchito de tierra había surtido un inesperado
efecto: la pelota seguía en mis manos, la había atajado.
Miré a mi alrededor y el equipo corría a felicitarme,
aparentemente nadie se había dado cuenta del fortísimo
impacto en mis gónadas.

Ya en los camarines pude explicarles y, sorprendentemente,
a nadie pareció importarle, porque mientras lo decía
estaba terminando de rolar un silbato final.

*Título: Historias en volá, Autor: Simón Espinosa, Sello: Plaza y Janés, N° de páginas: 150, PVP: $10.000