Ellis Island fue por décadas la principal puerta de entrada a los Estados Unidos. Más de 12 millones de inmigrantes llegaron por ahí. Se calcula que entre 1900 y 1924, Registry Room vio pasar en torno a las 5000 personas diarias por su Great Hall. Venían de Europa y Asia –rusos, armenios, griegos, judíos, italianos…-, huyendo de guerras y miserias. En la película El Padrino II puede verse la escena en que Vito, con 10 o 12 años, llega en barco a Nueva York. Corre el año 1901 y el niño siciliano que viaja solo no puede despegar los ojos de la Estatua de la Libertad. Casi 1000 barcos y 6500 transatlánticos repletos de extranjeros recalaron ahí entre 1892 y 1957. “What is your name?”, le preguntó amablemente el policía de aduana, y como no entendía el inglés, un traductor le repitió la pregunta en italiano. “Vito Andolini from Corleone”, leyó ese mismo traductor en una tarjeta que el niño llevaba colgando. “Vito Corleone” escribió el oficial aduanero. No le pedían a nadie ni pasaporte ni visa en esos tiempos de generosidad y apertura. Apenas el 2% de quienes llegaron durante aquellos años fue deportado, y siempre por enfermedades peligrosas o delitos imperdonables.

En 1965, Ellis Island se convirtió en monumento nacional y abrieron ahí The American Family Inmigration History Center, donde hay computadores disponibles para que muchos norteamericanos de hoy encuentren los datos de sus antepasados foráneos.

Elijah Eugene Cummings, congresista demócrata por Maryland, en un discurso ante el senado estadounidense, se preguntó semanas atrás cómo era posible que su país separara niños de sus padres para internarlos en campos de concentración. “¡Nosotros somos mejores que eso!”, gritó de pronto. “¿¡Qué país es éste!?”, dijo echando afuera las amígdalas. “This is the United States of America!” concluyó al borde de las lágrimas.

Alfredo Jaar, en esta obra hecha para ser publicada inicialmente en el periódico The New York Times, arrasa con esa historia de hermandad y civilización que encarnó Ellis Island, el corazón de New York, el alma de los EE.UU. Y en su lugar vio crecer la maleza.