Antes de prometer el cambio con Andrés Manuel López Obrador, antes de asegurar mejoras en el suministro de agua en una demarcación territorial con escasez crónica, antes de hablar sobre la inseguridad, todos los líderes vecinales y candidatos de Morena en Iztapalapa, Ciudad de México, hacen un llamado a sus fieles: que no se dejen comprar el voto. “No nos dejemos llevar por una despensa”, clama un vecino en la intervención introductoria de un mitin del partido en la colonia de San Miguel Teotongo, sobre un cerro en la periferia de Ciudad de México.

En el mismo escenario, Clara Brugada, la candidata a la Alcaldía de Iztapalapa –la nueva organización territorial de Ciudad de México ha convertido a sus dieciséis delegaciones territoriales en alcaldías–, líder vecinal hace más de veinte años, dirigente primero del PRD y después de Morena cuando López Obrador constituyó el partido en 2014, desgrana las razones por las que votar al candidato a la presidencia en su tercer intento.

López Obrador va a recuperar el campo, dice. La gasolina no va a subir de precio como con el actual gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI), los mayores de 65 años van a tener una renta garantizada, habrá una ayuda económica a las familias por cada hijo de 3 a 14 años. Se va a acabar el gobierno corrupto. Hará un censo de jóvenes que no estudien ni trabajan y les dará becas para que sigan estudiando o aprendan un oficio. Parece que lo va a solucionar todo: sus oponentes y muchos de quienes reconocen que le van a votar le critican por los tonos mesiánicos, pero el discurso funciona y un par de centenares de personas sentadas bajo una carpa arropan a la dirigente con aplausos.

Iztapalapa es la delegación más poblada de Ciudad de México, con 1,8 millones de habitantes y también una de las más humildes, con un 35% de población pobre. Es una de las que más sufre la escasez de agua, la inseguridad pública, los déficits de transporte público e incluso la vulnerabilidad de la megalópolis a los terremotos como el del 19 de septiembre del año pasado –el peor desde 1985–, que dejó más de 230 muertos en la ciudad y al menos 19.000 viviendas afectadas sólo en ese distrito, atravesado por grietas en muchas de sus colonias. Clara Brugada asegura que el territorio “siempre ha sido lopezobradorista” y destaca que, siendo una de las circunscripciones más pobladas del país, es clave para la victoria de Morena en la ciudad y la presidencia.

Cuando la candidata baja a los problemas de su circunscripción, critica duramente a sus oponentes del PRD, que actualmente gobiernan la delegación. Les acusa de condicionar la distribución de agua por camiones cisterna a la entrega de una fotocopia de credencial electoral, una forma simbólica de comprometer el voto. En otras zonas, afectadas por grietas y otros daños del seísmo de septiembre, se han hecho denuncias similares al respecto de materiales para la reconstrucción. “Eso no se vale”, insiste.

San Miguel es su barrio, donde sigue viviendo y donde se forjó como activista vecinal. Es también una zona remota de un distrito periférico: algunas vecinas comentan que en horas punta pueden tardar una hora y media en llegar desde el metro más cercano hasta sus casas. Brugada asegura que, cuando Claudia Sheinbaum gane la jefatura de gobierno de la ciudad –con rango de Gobierno estatal– construirán un teleférico que los llevará directamente.

A pesar de que en todo el país los tres principales partidos acuden en coaliciones a las elecciones del 1 de julio –donde además del presidente de la República se eligen las autoridades municipales, las dos Cámaras del legislativo y gobiernos y parlamentos de varios estados–, Iztapalapa parece solamente una batalla entre las dos izquierdas del país. A un lado, el PRD, que presentó a López Obrador a la presidencia en 2006 y 2012. Al otro, Morena, su vástago que amenaza con devorarlo. Todos los carteles son de estos dos partidos: es difícil ver los del PAN o el Movimiento Ciudadano (socios del PRD) o de los aliados de Morena, el Partido del Trabajo y los evangélicos del Encuentro Social. Apenas se ve propaganda del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el dominador histórico de la política mexicana. El partido no manda en la capital desde que su jefatura se elige por sufragio directo, 1997.

“¿Ya saben quién es el candidato del PRD?”, pregunta el aspirante a diputado federal Víctor Varela en la “asamblea”, que se parece más a un mitin. El público da la respuesta: Ricardo Anaya. “¡Del PAN! ¡El mismo partido que nos robó en 2006!”, exclama en referencia a las elecciones presidenciales que López Obrador perdió por un margen mínimo ante Felipe Calderón. En México, al menos entre la izquierda, hay un consenso casi total de que esa escasa diferencia la propiciaron diversas formas de fraude electoral.

Entre los votantes de López Obrador, por encima de cualquier propuesta concreta sobresale el deseo de cambio: “no esperamos al mesías, pero no será más de lo mismo”, dice Catalina Vargas, veterinaria de profesión, antes de una asamblea en el barrio de San Pablo. Reclama más orden con el comercio ambulante, más seguridad e iluminación en las calles e inversiones más equitativas entre las distintas zonas de la delegación.

José Pazos, un militante de Morena y funcionario jubilado dice que quiere “un cambio total en el país” que deje atrás un sistema caduco basado en las concesiones a empresas privadas. Entre sus esperanzas para el barrio, quiere que se prevenga la violencia mediante la construcción de espacios deportivos para que los jóvenes “se aparten de los vicios”.

La persistencia en la coacción del voto

En una entrevista, Brugada insiste en sus denuncias. “La compra del voto es un mecanismo terrible, heredado de la cultura priista, que consiste en entregar una cantidad de dinero o algún regalo a cambio de que se vote al partido”. Asegura que el PRD tiene una organización en que reparte dinero a dos niveles a cambio de votos: una cantidad mayor –alrededor de 50 euros– a quienes reúnen las credenciales electorales de diez personas y otro dinero para cada uno de los que acceden a votar –15 euros–. No hay denuncias de compra de votos por parte de Morena, aunque más allá de las buenas intenciones apenas tiene poder institucional para entrar en esa lógica.

Eduardo R. Huchim, exconsejero del Instituto Electoral del Distrito Federal y coautor de un libro reciente sobre el fraude electoral –El infierno electoral (Grijalbo)–, sostiene que las irregularidades electorales son un conjunto de repertorios ideados por el PRI y, con el poder del gobierno federal aún en sus manos, se sigue aprovechando de esos recursos. “Estamos viendo un gasto descomunal para lo que se antoja una tarea prácticamente imposible, que es hacer triunfar al candidato del PRI y sus aliados”, dijo en referencia a José Antonio Meade, a más de 20 puntos del primero en las encuestas más optimistas.

“La ley está siendo violentada por parte del mismo gobierno, de los gobiernos para ser justos, en una operación enorme de compra y coacción del voto”, asegura. Además, explica que la vigencia de muchos programas sociales –en una interpretación demasiado laxa de la ley mexicana– en periodo electoral incide en las elecciones e “implica un lucro con la pobreza”. Reconoce que este tipo de prácticas también se dan entre otros partidos y asegura que “es reprobable”, pero “los recursos de los que dispone la oposición son ridículos frente al empleo de los miles de millones de pesos que se están gastando”, afirma.

En Iztapalapa, Morena enfrenta una dura batalla contra el PRD, que tiene la Ciudad de México y algunas de sus delegaciones como sus últimos bastiones de poder. Esta campaña ha contado incluso algunos ataques violentos a militantes de Morena que llegaron a hacer suspender algún acto de campaña. “Desde que salimos del PRD nos quedaba claro que ya no era la alternativa, y ahora es diferente porque la mayor parte de los liderazgos del PRD ahora se pasaron a la ola y al movimiento con Andrés Manuel. Ahora se agudiza el enfrentamiento violento porque ellos se sienten perdidos”, opina Brugada.

Con el líder disparado en las encuestas, el reto ya no es asegurar su victoria, sino la de su partido en todos los niveles del gobierno. En cada asamblea, los candidatos explican el sistema de votación: los vecinos de Ciudad de México recibirán seis papeletas y además tienen la opción de marcar uno o varios de los partidos que integran la coalición. Mientras que la candidata lo explica con una pancarta de varios metros, una señora de setenta años en las primeras filas le dice que ya están en las redes sociales, para regocijo de muchos asistentes. Los abanderados de Morena insisten en la consigna del “voto parejo”: la misma opción en las seis papeletas para lograr una toma de poder tan completa que tendrá pocos precedentes históricos para un partido con cuatro años de vida.

Por Carlos Heras, publicado primero en Ctxt.es