A principios de los años 90’s la animación japonesa se tomó el mundo. No, es en serio, vivimos lo que se llama una colonización silenciosa, a través de las imágenes, que cambiaron aspectos de cómo pensamos y sentimos respecto a algunas cosas. No es casualidad que seamos el país que más acude al cine a ver los estrenos de Studio Ghibli, o incluso Yuri!!! on Ice. Pero… ¿Cómo fue que pasamos de los Picapiedras a transmitir Evangelion en televisión abierta?

Primero, fueron los monos del sábado en la mañana. Poco a poco, las historias contadas, sin arcos reales, autocopiativas y repetitivas hasta el fin, verdaderos comerciales de 25 minutos para vender figuras de acción con intentos de lecciones de vida, dieron paso a las nuevas tramas. Algunos se extrañaron, pero mirándolo en retrospectiva, ¿quién hubiera preferido las historias de Scrappy Doo, en vez de la saga épica de Los Caballeros del Zodiaco? Esto no fue accidental. Responde a una cadena de necesidades de contenidos originadas por situaciones económicas y políticas que desencadenan que hoy en día podamos reconocer fácilmente, como un ente propio, a Super Mario o Pikachu.

Durante el periodo de transición los espacios infantiles eran importantes y ganaban cada vez más fuerza. Veníamos saliendo de una dictadura que nos había dejado visualmente agotados, y se empezaron a abrir redes de comercio internacional que trajeron nuevas ideas, frescas, alternas. Las mamás, que habían empezado a trabajar en los 80’s, ahora estaban mejor situadas pero aún no había mucha conciencia frente al cuidado de los niños, se esperaba que los cuidara una nana o una abuela mientras hacían otras actividades, y éstas no veían gran problema en que estuvieran tranquilos frente al televisor, sin mayor supervisión. “Ah, son monitos” decían. No los culpo, es un síntoma más de la negligencia social, como la costumbre de dejar los bebés llorando “así forman pulmones” o que sólo el año 1992 se firmó la participación del país en la carta de los Derechos del Niño en Chile.

Bueno, estos espacios televisivos funcionaron también como una niñera, donde Tío Nicolini en Pipiripao o Marcelo de Cachureos fungieron un rol de figura paterna. Fue en el primero de esos espacios donde se empiezan a catalogar como una otredad de producción. Estas historias ya tenían tal vez veinte años siendo emitidos en el país, pero una vez más no los dañaba. Fue así que las adaptaciones de novelas europeas producidas por Japan Animation pasaron a ser parte del cotidiano, como Marco, Remi o Heidi y en escalada, se compraron más y más franquicias. Robots gigantes, Power Rangers, Candy Candy, entre otras empezaron a ser transmitidas en orden, con el final, “Tsuzuku” (“Continuará…”), en vilo.

La animación en Norteamérica a principios de ésa década vivió una de sus crisis más brutales, hasta entonces sus producciones nunca tuvieron la calidad de historia que se había logrado en su contraparte japonés, y hacia esta época, esto le jugó en contra. Los valores que intentaron imponer estaban desconectados, desprovistos de una identificación emocional que sí tenía Capitán Futuro, o Los Supercampeones. Se podría decir que perdieron la batalla. Dragon Ball y Sailor Moon fueron el Waterloo de la época. Además, el sistema los fue derivando desde la TV abierta al paradigma de creación de la TV por cable, lo que llevó a otro tipo de subsidios y políticas de creación a las que tardaron en adaptarse. El primero en ejecutar grandes cambios fue producto de la venta de Hanna Barbera a Turner Broadcasting, con el fin que formara parte de la parrilla programática de Cartoon Network. Por otro lado, la subsidiaria de los estudios Warner, la Warner Bros, durante esos años realizó varias series dedicadas al block infantil, como Animaniacs o Pinky y Cerebro, que si bien contaban con una determinada narrativa, no tenían una sucesión entre un capítulo y otro y pasan a formar parte de CN el año 1996. Más tarde, alrededor de los 00’s, se distribuirían en varios otros canales. Nickelodeon abre su propio estudio de donde salen Rugrats, Rocko o Doug. Estas nuevas ideas, más llenas de experimentos visuales y sociales expresaban problemáticas asociadas a esta nueva infancia, desprovista del heroísmo y del comportamiento como respuesta a una imagen paterna.

A mediados de la década, Megavisión empieza a transmitir una franja infantil con Dragon Ball. Esta épica historia de artes marciales se mezcla con bromas subidas de tono, y algo de sangre. Nada comparado con los ríos de sangre que Chilevisión muestra en Los Caballeros del Zodiaco. Me voy a detener en el avance de esta historia para explicar un par de cosas casi obvias, pero que se suelen pasar por alto. Hasta ese entonces, la figura humana que veíamos era bastante abstraída, y se empieza a poner atención a esta mezcla de naturalismo con tintes de gore. En la animación de la década anterior se apelaba a que debían dejar una enseñanza moral y acá no… el combo y la patada se vuelven mero gusto, con harto chocolate. Y los niños, obvio, imitan estas conductas, generando preocupación por “la violencia que expresaban”, y para uno como niño era como “oye… le sacas la cresta a tus hijos con la correa y hablas que es violento porque pega un puñete”, es decir, había un trasfondo de reflejar en los menores una serie de faltas o conductas no ideales y asignarlas a la construcción de identidad visual que ellos mismos habían dejado por comodidad. Esta fue una temprana alerta de la diferencia en la construcción de discurso visual y asociación moral del mismo, pero no fue muy tomada en cuenta. Tampoco la emocionalidad de la historia, que reconfiguraría el mapa de comportamiento masculino, en torno a las pautas de contacto físico o demostraciones afectivas permitidas socialmente entre varones, lo que lleva a su vez a cuestionamientos de la nueva masculinidad.

Cuando Chilevisión transmite Sailor Moon no fue gran revuelo por las temáticas que traía. Sí hubo algún cuestionamiento por la sexualización del traje, que es impropio para niñas, en circunstancias que vivimos en un lugar donde se obliga a bailar cueca, un baile esencialmente de conquista, a preescolares. El problema empezó cuando los niños intentaron usar muñecos u objetos alegóricos a la serie. “¡Cómo va a usar eso! ¡Es de niña!” Le deben haber dicho “¡Tú eres hombre! ¡No puedes usar cosas de niña!” Y esta reacción es un indicador que se debe formar la idea que la niña fuerte es una excepción, una entretención y no una realidad. Bajo ese discurso, Mikami, o Lina Invers no debieran existir fuera de la representación, pero aún así tienen audiencia fiel, que recibe sin proponérselo un discurso feminista, donde siendo imperfectas, lloran, se equivocan, ríen, presentando una mujer distinta a la que existe en estas latitudes. Proponen ideas sobre lo femenino harto lejanas a las que vemos en las producciones nacionales, por ejemplo las teleseries. No es una alternativa perfecta, pero es diferente a la sobremaquillada que cae por las escaleras, o que arman grandes líos amorosos.

Además, estos protagonistas son adolescentes. O niños. Y no guionizados, como el espacio de sábado gigante de “los niños opinan”, ni versus adultos como en Snoopy. Tienen un mundo aparte, de escuela, de juegos… y un espacio donde se incita una emocionalidad compatible con un sistema económico y social, que busca sustituir lazos familiares inexistentes ahora por el desarme de la familia extendida hacia la familia nuclear. Chile tarda en asumir que los niños no ven tele con los abuelos, porque viven en otra comuna. Los desplazamientos provocados por el sueño de “la casa propia”, las distancias, las poblaciones llevan a acabar no sólo con la construcción de viviendas cercanas a las paternas, sino con la vida de barrio. Entonces… ¿Dónde aprendes a hacer amigos, si
en el colegio tienes 15 minutos de recreo? ¿Si en tu edificio no hay niños de tu edad? ¿Quién te enseña a consolar un amigo si todos en tu casa trabajan?

Ese vacío de enseñanza lo suple la tele, la gran niñera. Y esa tele estaba repleta de animación japonesa, y ahora las consolas de videojuegos. Hay una gran distancia entre cómo se saludan dos amigos hoy, cómo se escuchan. Ese cambio en cómo se comunican las emociones tiene relación directa en este otro. A principio de esa década, mis tíos eran raros porque abrazaban en público a otros hombres, porque saludaban de beso, porque se decían te extraño, y al final, es lo común. A través de Sailor Moon, Ranma 1/2, Los Caballeros del Zodiaco aprendimos no sólo una forma de consumo de muñecos y libros, sino una forma de leer otros códigos de conducta, donde Serena era la mas poderosa, a pesar de su aparente inmadurez, y Shun era el Caballero más fuerte, a pesar de su aspecto afeminado. La expresión del otro, la validez del discurso por sobre el cuerpo, y la autonomía del mismo frente a lo social, aprendido en estas producciones generaron que años más tarde estos niños realizaran la “Revolución Pingüina”, y que conforman un conglomerado social crítico, que alza la voz si es necesario, que pelea por lo que creen correcto. Los hombres lloran, y las mujeres luchan, fue la gran enseñanza de esos monitos… que hoy nos da nostalgia ver.

*Autora del libro “Otaku, cuatro décadas de cultura popular japonesa en Chile”. Historiadora del Arte de la Universidad de Chile